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El plenilunio es en extremo ruidoso pero pocos, muy pocos saben descifrarlo. Millones de almas se asoman con dificultad entre los perfiles de la ciudad moderna para espiar el misterioso espejo de luz. La mayor cantidad de avistajes termina en parrafadas repletas de lugares comunes en las redes sociales. Lunas llenas del amor y la melancolía, de Piscis o Capricornio, incomprendidas para todos excepto para aquella que, misteriosamente, tiene los ojos de lunamante.
“Mira”, me señala, “ahora se ha formado un bosque y la luz acompaña a aquel que busca pero no sabe qué”. Yo sólo veo la luna entre las nubes, como un huevo frito blanco entre burbujas. “Ahora”, prosigue, “el héroe llega a casa”. Así me ha revelado a lo largo de los años, de manera algo indirecta pero certera, mi completa historia personal de pasiones y accidentes, de elecciones y peligros. Jamás ha querido cobrarme por su esfuerzo: “lo que uno dice es del aire”, sentencia.
“La luna sin nubes es de más difícil interpretación, pero no es muda. Hay que leer en sus rasgos, esos que forman sombras. A medida que comienza a menguar se va perdiendo el volumen de su voz, por lo cual hay que apurarse”. Todavía no alcanzo a comprender si escucha o ve, o quizás las dos cosas y de manera sinestésica, inaccesible a los sentidos convencionales.
Ella prefiere los días que se anuncian “de nubosidad parcial”, porque la luna llena dibuja paisajes cambiantes, escondiéndose y revelándose detrás de las nubes, como jugando a las sombras chinescas.
La lunamante -conozco su nombre pero me lo reservo- descubrió los mensajes del cielo nocturno en su adolescencia, cuando buscaba con anhelo señales de Dios. El Señor callaba, pero la luna comenzó a revelarle ideas que se convirtieron en historias con un poco de imaginación pero aun más de perplejidad. Con el paso de los años y luego de haber acumulado algunas desdichas -el arte de la interpretación de los signos necesita de cierta introspección, y es bien sabido que la felicidad no se asoma al interior- perfeccionó aquello que ahora llama “Lunamancia”, o arte de leer las revelaciones de la luna llena.
Su vida, más que la de cualquier otra mujer, está regida por los ciclos lunares. Transcurre con cierta normalidad durante las fases previas y posteriores al plenilunio, momento en el cual abandona todo, duerme de día y lee de noche en el cielo. En este acto se la ve dichosa, casi siempre, algo preocupada a veces, horrorizada en ocasiones, pero la mayor parte del tiempo goza con su visión. “A mí me da felicidad lo menos pensado”.
Ella supo antes que nadie que yo partiría un día y sin retorno. Una noche miró la luna y luego miró a mis ojos. En los suyos se reflejaba el brillo, reflejo a su vez, del sol escondido. Lo que supo, como aquella luz que había recorrido distancias impensables, venía de un lugar inaccesible. Sonrió con cierto esfuerzo y me contó despacio el derrotero de mis próximos años.
De vez en cuando me llegan sus mensajes, donde me confía algunas lecturas, que son profecías nada ambiguas del futuro cercano. Sospecho que sólo me cuenta aquello que sabe que puedo soportar. Yo miro al cielo las noches de luna llena pero aunque la luna sea la misma, aquí cuenta historias diferentes que yo no puedo comprender. De todos modos siento una íntima alegría de que, como aquella noche en que nos despedimos, nuestros ojos reflejen la misma luz que viene dando saltos desde otro rincón del universo.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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