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Lo apunto mientras corre, y me distraigo pensando en su cabeza como si fuera una cosa separada de su cuerpo. Es un planeta, una pelota amplificada cien veces en la mira telescópica, que rebota arriba y abajo, que amenaza con salirse de cuadro. La mantengo en foco, con algún punto vital en el centro de la cruz. No sé aún si la muerte entrará por uno de sus oídos, por el centro de su frente, por la nuca.
Lo veo venir desde lejos, siempre a la misma hora de la mañana, trotando desde el faro hacia el centro. Pasa frente a mi puesto sin advertir la amenaza y lo sigo hasta que se pierde de vista. Y vuelve, con una precisión notable, en cuarenta y cinco minutos. Cada día, los dos seguimos esta rutina, sólo alterada por la lluvia, con propósitos diferentes. Cada día, decido no matarlo. Ya hay un nexo, sin duda, un hilo de muerte tendido entre los dos. La conciencia de la situación y la posición relativa con respecto al arma (el que apunta y el que es apuntado) definen nuestros roles.
Hace unos días lo esperé en vano. Era un día de sol impecable. Me desesperó considerar un cambio de rutina. En nuestra situación podía equivaler a semanas de búsqueda en la ciudad. O a la pérdida definitiva del contacto, si él escapaba. Pero no podía ser así. Era imposible que me hubiese descubierto, yo me cuidé muy bien de desaparecer de las calles.
El riesgo de cometer un descuido alteraría el equilibrio: él se podría convertir en el observador. En el cazador.
Al día siguiente apareció trotando desde el sur, como siempre, y me alegré. Como si él pudiese valorarlo, no lo apunté con el fusil. Simplemente lo miré pasar, dudando sobre cuáles eran mis reales sentimientos. Jugué a premiarlo, me parece.
Esta vigilancia y la decisión postergada de su ejecución ya lleva meses. Desde aquella mañana en que lo vi por primera vez, saliendo de un supermercado.
Ese día el azar de una caminata sin rumbo me había llevado a la periferia de Mar del Plata. Me interesó vagamente explorar ese barrio que había sido nuevo antes del abandono. Casas de estilo lejanamente normando habían quedado sepultadas por la maleza. Me atrajeron, de aquel lugar, su prematura decadencia y las lomas pronunciadas en donde estaba construido, que hacían que cada paso ofreciera una nueva perspectiva. Desde los puntos más altos podía verse el mar, asomando dificultosamente entre los edificios costeros. Mirando hacia el norte las calles descendían, deliberadamente señoriales, hasta confundirse, entre laberintos, con barrios más humildes. Al final de una de estas calles, estratégicamente ubicado en el centro de una rotonda, encontré el supermercado. Habituado al movimiento imperceptible de las cosas naturales, reconocí instantáneamente lo que mi mente aprobó sólo más tarde: un hombre se movía cargado de paquetes. Me oculté para observar la escena, que no podía ser sino una fantasmagoría, un recuerdo estereotipado, un imposible. El hombre subió a su auto como un paseante dominguero. Y se marchó, sin saberse descubierto.
Cuando pude reaccionar, minutos más tarde, atiné a correr hacia el mar, hacia mi casa. El terror me impedía concluir si me alegraba o me apenaba saber que ya no estaba solo, que alguien más había sobrevivido el salto al vacío.
El vacío. Así prefiero llamar a lo que no fue un acontecimiento sino todo lo contrario: el fin de todo acontecer.

En una hora confusa de la noche del tres al cuatro de agosto se impuso al rumor apagado de la ciudad nocturna un ruido infinito en intensidad, desordenado, un clamor de explosiones y un martirio de metales que duró, quién sabe, algunos minutos, quizá algo más. Y luego, la progresión trabajosa del silencio, retardado por caídas libres y pequeños cataclismos esporádicos. La cama, el edificio, no sé, algo se movió y me arrojó a un rincón de la habitación. Allí esperé, en cuclillas y con las manos sobre la cabeza, hasta que las primeras luces y el dolor de los músculos entumecidos me animaron a cambiar de posición. Sin la seguridad de querer ver me acerqué a la ventana y me asomé al extravagante espectáculo que ofrecía la nueva condición de Buenos Aires. El horizonte, impreciso normalmente, aparecía puesto de un humor indefinible, desdibujado en un raro tufo amarronado, que se prolongaba en ocasiones hacia el cielo en columnas de humo gigantescas. Edificios cercanos al mío habían sido rebanados por el impecable tajo de un avión en su caída, esparcido en pedazos por los techos que rodean a la iglesia de San Agustín. El fuego lo salpicaba todo en lenguas irregulares. No quedaban vidrios sanos. Algunos lugares, en cambio, parecían intocados por el desastre. A nivel de tierra, quince pisos más abajo de mi departamento, puntapiés de gigante habían estrellado autos contra postes de alumbrado y vidrieras de comercios.
No había gente en las calles, sólo algunos perros que corrían enloquecidos.
Nadie gritaba ni pedía auxilio.
Era una pesadilla muy vívida, lógica en detalles pero incoherente en el todo. El animal urbano que fui recurrió a la única confirmación posible de la verdad: la televisión. Nada, la transmisión se había suspendido.
Me vestí y salí al pasillo. Tampoco parecía haber movimiento en el edificio. Toqué el timbre de mis vecinos pero nadie salió a abrirme. Bajé por las escaleras y llegué a la calle sin cruzarme con una sola persona. Me pareció una broma de mal gusto el que todos estuvieran ausentes en tal oportunidad. Avenida Las Heras era un pandemonium de vehículos destruidos y nadie se hacía cargo. Nadie.
Nadie.
Repetí esa palabra cada vez más aterrorizado, al caminar durante horas, buscando en una ciudad arrasada por la inercia alguien a quien preguntarle por lo que había pasado. Imaginé en mi delirio que cada habitante de Buenos Aires estaba escondido detrás de una columna, un cantero, una puerta entreabierta, esperando una señal para sorprenderme. Caminé hasta Tribunales donde me detuve, agotado, sorprendido por la sospecha de haber perdido la razón. La locura, supe entonces, es una sensación como el hambre, un dolor que se apodera de uno y que apenas se puede moderar.
Sentado en Plaza Lavalle traté de pensar ordenadamente, pero me asaltaron nostalgias urgentes. No podía ser cierto que todos hubiesen desaparecido.
Mi madre. Tenía que ir a buscarla. Corrí hacia un auto, uno de los pocos en el lugar que no estaban destruidos, tal vez porque había estado fuera de servicio a la hora de… aquello. Las llaves estaban puestas en el contacto y en su interior podía olerse la presencia reciente de quien había sido su dueño. Se mezclaban un perfume dulzón de desodorante con tabaco de pipa mal apagado. A partir de entonces me volvería muy sensible al reconocimiento del paso humano por los objetos, lo que conservo como procedimiento sistemático contra la locura: así sé que existieron. Aunque no puedo explicar la razón y la forma por la que ya no están.
Se hacía difícil circular por la ciudad. Había que esquivar los amontonamientos de autos, colectivos y camiones, evitar calles inutilizadas, postes caídos y vidrios esparcidos por explosiones internas. (Ese fue un detalle revelador: no había posibilidad de hablar de un bombardeo; en todos los casos las explosiones parecían provenir del interior de las casas, de calderas, tal vez garrafas. Nunca pude comprobar que haya existido un agente exterior, algo así como aquella bomba neutrónica, de la que decían que eliminaba gente dejando intactos los edificios). Cuando llegué a la casa de mi madre, ella no estaba. Revolví hasta que encontré una foto que llevé conmigo, previendo que ya no regresaría. Allí tuve mi primera debilidad: lloré sentado en su cama. En estos años lo hice frecuentemente, la mayor parte de las veces recordando aquella primera gran ausencia.
Las horas, los días siguientes, casi no los recuerdo.
Estuve sumido en una suerte de embotamiento físico y espiritual. El aire enrarecido de la ciudad me ahogaba, pero era nada comparado con el letargo que me producía la repetición obsesiva de preguntas sin respuestas. ¿Por qué razón yo había sobrevivido a semejante catástrofe? ¿Los demás habían muerto? ¿Dónde estaban sus cuerpos? Preguntas que se repetían con ligeras modificaciones hasta que caía dormido, para sumergirme en pesadillas no demasiado diferentes de la vigilia. En una de ellas, la más recurrente, yo caminaba con mi sombra por delante, que no era una sino muchas, empeñadas en no reproducir mis movimientos. Algunas de estas sombras crecían amenazantes, otras huían, despegándose de mi pisada.
En un período oscuro, que calculo en días, tuve que decidir si rendirme a una extrema indefensión o imaginarme, para sobrevivir, como un Robinson Crusoe con el mundo como isla. Elegí sobrevivir.
Me quedaban los vastos recursos que la civilización había abandonado como a juguetes rotos. Podría escoger dónde vivir, qué comer, qué objetos poseer.
Así fue que llegué a Mar del Plata, una ciudad que desde pequeño soñé como propia, donde no me perseguirían los fantasmas ni la ominosa sensación de derrumbe que pesaba sobre Buenos Aires. Tomé posesión de una casa junto al mar, una mansión centenaria, casi un castillo, que llené de perros y gatos, de música y libros. Comencé a coleccionar motocicletas y objetos de arte que habían perdido su valor de intercambio. Simplemente los tomé prestados de aquí y de allá.
Durante el primer año ni siquiera tuve que preocuparme por la comida. Cuando me harté de los alimentos frescos, o cuando dejaron de ser frescos, recurrí a enlatados que se conseguían con facilidad. El mundo se había convertido en una gran alacena, pero empezaba a tener mal olor. En el segundo año comencé a sembrar, aprendí a pescar y a criar algo de ganado en un campo vecino a la ciudad. Allí descubrí el placer de demorar algunos atardeceres con mi perro preferido: Viernes.
Aunque perdí el hábito de hablar comencé a escribir y, bueno, al cabo de tres años me convencí de que no era una vida tan mala. Establecí jornadas de trabajo, divididas en el ordenamiento de la calle (despejé casi toda la ciudad de autos chocados), la recolección de alimentos y la limpieza de mi casa. Como recreo me concedí largos paseos de exploración, el curiosear dentro de las casas para tratar de establecer la historia de sus habitantes y el saqueo selectivo de curiosidades.
Un día acabó el suministro de energía. Perdí confort, es cierto. Lamenté especialmente la pérdida de la música. Me acostumbré también a eso. Quedaba mucho combustible aún para andar en auto, más del que yo podría consumir en toda mi vida, pero perdí la posibilidad de extraerlo. El hombre en verdad fue muy endeble en sus descubrimientos. Antes todo funcionaba gracias a un esfuerzo colectivo muy ajustado.
La vida de la naturaleza sigue con su lógica interna más allá de la desaparición de los hombres. Los seres vivos crecen y se corrompen fatalmente. No se suspendieron la lluvia ni el invierno, la ley de gravedad o las fases de la luna. Por una extraña razón yo soy el heredero de una parte del mundo, tal vez de todo, y pensándolo bien, es tan inexplicable como la razón por la que llegué a él. Alcancé esta comprensión luego de mucho sufrimiento. Valoro el haber sido escogido, aunque ignoro por qué y por quién.

Y cuando me había acostumbrado a esta idea, apareció él.
Siento que el propósito del vacío se derrumba. Si hay otro, hay otros, no es posible que seamos solamente dos. Y dos hombres no sirven para comenzar una nueva civilización. Es más, creo que no existe esa Intención: el hombre fracasó y sólo debe quedar uno para ser testigo. Esta es una prueba. Debo evitar que los otros comiencen a reunirse, a depredar, que terminen convirtiendo a la Tierra en una película barata de guerreros postnucleares. Estoy convencido de mi misión y me preparé en consecuencia. En los últimos meses elegí las armas más modernas y certeras, aprendí a usarlas y me convertí en un cazador. Durante meses busqué al otro, aprendí sus rutinas y aquí estoy, listo.
Ya amanece. Pronto llegará él.
Espero tener el valor.

Photo by anieto2k

 

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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