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Cuando cruzó aquella puerta Ciro comenzó a vivir su historia: fue el primer paso hacia el mundo desconocido de los adultos que es, en definitiva, como los niños imaginan que se crece.
La puerta conducía a un vestíbulo pequeño, cuadrado, con puertas idénticas en los otros tres lados. Tenía la personalidad de esos sitios arquetípicos donde se elige una opción que conduce a la salvación, o alguna de las que conducen a la perdición. Ciro ya sabía cuál era la puerta deseable: la había cerrado a sus espaldas.
Su padre eligió para empezar la que estaba a su izquierda. Conducía a un ambiente decorado como una sala de recibo, austera pero elegante. Las paredes eran de boisserie, el piso estaba alfombrado y había dos grandes sillones verdes de cuero enfrentados, separados por una mesita sobre la que sólo había un cenicero. En el extremo opuesto de esa habitación una puerta daba a la calle. Por un momento, a Ciro le costó reconocer que ese acceso a casa fuera el mismo que conocía desde afuera.
-Acá papá recibe a los clientes. Gente que viene de todos lados; papá es muy conocido en su trabajo.
Con una risotada contenida, muy germana, el Señor Nacht quiso disculpar su inmodestia.
La segunda puerta del vestíbulo, la que se enfrentaba a la puerta prohibida, daba acceso a un baño con algunos detalles no convencionales. Tenía un placard dividido en dos: de un lado se colgaban los delantales para el laboratorio y del otro lado ropa de calle, más bien la ropa que Jürgen usaba en su hogar. El orden era impecable, y el ambiente olía a ese jabón que era el olor de su padre en la cena. Allí cada día se libraba el combate entre los restos de tufos químicos y el olor de la humanidad.
Finalmente, la cuarta puerta llevaba al terreno más temido. Hasta el momento, lo que Ciro había visto no tenía nada de particular, nada que confirmara sus peores prevenciones. Pero detrás de esa última puerta le esperaba un mundo extraño para cualquiera, y absolutamente incomprensible para su edad.
La habitación inmediata parecía una sección de un museo de ciencias naturales en escala. Las paredes estaban ocupadas por nichos de diferentes tamaños cerrados con puertas de cristal. Cada uno de ellos estaba destinado a un espécimen, y dependiendo del tamaño, llegaba a tener dos o tres niveles en altura. Allí adentro aún parecían palpitar pájaros, gatos, conejos, reptiles, perros, y hasta un puma en el nicho más grande, a ras del suelo. En una de las paredes, algo capturó la atención de Ciro fugazmente pero su padre no le dio el tiempo a detenerse y precisar la imagen.
-¡Y ahora: el laboratorio!. ¡Nadie, ni siquiera tu madre vio nunca el laboratorio! —anunció Jürgen, con cierta pomposidad.
Y así atravesaron la última puerta.
El laboratorio era un cubo blanco, donde aquello que no era de azulejo era de acero. La atmósfera estaba dominada por el olor que sólo por accidente se había filtrado en el lado español alguna vez y que Ciro asociaba directamente con la muerte. A pesar de estar todo ordenado, había tantos elementos y tan ominosos, que comenzó a marearse y ya no pudo entender -ni escuchar- las explicaciones detalladas que su padre le daba sobre los elementos de su oficio. Serruchos y cuchillas de formas perversas, frascos con líquidos de diversos colores, algunos de ellos con trozos orgánicos, agujas hipodérmicas, gasas y otros artefactos acerados de diseño extravagante y utilidad incomprensible desfilaban frente a sus ojos como un catálogo del horror.
En el centro de la sala, bajo un artefacto que iluminaba con luz de día, una camilla estaba mal disimulaba por un biombo. En el fragmento que alcanzaba a verse, una sábana cubría una forma.
Un cuerpo humano.
No podía ser otra cosa, el niño lo sabía, y por algo su padre lo ocultaba. Una persona que se volvería estatua de carne para ser puesta tras una vitrina, en la colección de Jürgen o en la de algún lunático que coleccionara cadáveres incorruptos. Sin esperar a confirmar esa sospecha, Ciro salió corriendo de allí. Ya no toleraba la visita a ese lugar, ya no quería ver a su padre. En ese punto el asesinato y la taxidermia se confundían en su mente y se equiparaban. Algo muy malo pasaba allí adentro. Y era preciso huir.
En la fuga volvió a la antesala del laboratorio: el cuarto de exhibición. La curiosidad pudo más que el espanto y se acercó a la vitrina que había captado su atención anteriormente. Se detuvo ante ella y quedó pasmado con el descubrimiento. Sus pies se volvieron de piedra y ya no pudo moverse.
Lo último que vio Ciro antes de desvanecerse fue un nicho diferente, destacado, portador del máximo trofeo. El paño que cubría las paredes era de terciopelo rojo, y no azul como en el resto. Su padre había reservado un lugar de honor para algo que lucía, parcialmente, como un bebé. No había sido conservado fingiendo lozanía sino que su aspecto era el de una momia cuya piel había sido estirada por los siglos hasta volverse cuero marrón. Dos cuencas oscuras donde habían estado sus ojos, y una sonrisa sin labios daban a lo que había sido el rostro una expresión que reunía los dolores de la muerte.
Como una lente que recorre en cámara lenta un muestrario de fenómenos, su mirada infantil descubrió que, a medida que se acercaba a la cintura, la piel cambiaba de textura y se ponía escamosa. En lugar de extremidades, el cuerpo se volvía cónico y terminaba en una aleta caudal. Como la de un pez.
Ciro estaba viendo a un monstruo y su mente se defendía pensando en una trampa, en una horrible broma de su padre.
-Ese es mi “marmachler”, Ciro, mi tesoro.
Estas palabras llegaban desde muy lejos, como voces que lo llamaban desde la superficie mientras él se hundía en un mar oscuro, sin memoria.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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Comments

  1. Si esto es el “fragmento” de algo, no puedo imaginar como será el “completo”. Debe ser una joya que por fuerza tendrá que salir a la luz, esperaremos. No tardes, que tienes que escribir otras tantas.