No era el momento de cruzar el umbral. El simple hecho de entrar en ese barrio, del que conocía sólo el vacío de las tardes de domingo, me predisponía de un humor turbio. Algunas cuadras antes de llegar comenzaba a anhelar profundamente estar en ese mismo día, algunas horas después, caminando en la dirección contraria. Pero fatalmente me enfrentaba a aquella casa de principios de siglo, edificada para la ostentación de una familia poderosa y hoy mal maquillada de establecimiento geriátrico de lujo.
La enfermera cerraba la reja tras de mí y desaparecía en las sombras. No había retorno. El olor del caldo de verduras, ácido, eternamente cocido en un caldero gigantesco, era la primera sensación dominante. Me ganaba la náusea. Las defensas, que tan precisamente ajustaba desde la mañana, desaparecían. Poco a poco los ojos se acostumbraban a la penumbra. Aparecían las primeras formas, el sonido de un televisor con interferencias, el mal disimulado olor del orín y los desinfectantes, “el olor de la vejez”, como decía el abuelo Justo.

El fue siempre un “decidor”, según su propia definición. Un ocurrente, tal vez un sabio, sentencioso y certero la mayor parte de las veces. Me había hablado de “La Sala de Espera” hacía un par de años.
Antes de llegar a las habitaciones había una gran sala de acceso, donde los residentes pasaban horas y horas sentados, rumiando los leit motifs que los acompañarían hasta el final. Normalmente, los ancianos no se escuchaban, en algunos casos ni se veían. Se habían dicho ya todo o lo que les quedaba por decir era irrelevante o incomprensible. Los sábados y domingos se mezclaban entre ellos algunos parientes compasivos, que halagaban a padres, abuelos y tíos en voz alta, obteniendo como única respuesta unos ojos ya asomados a territorios alejados.
“La vejez es esa Sala de Espera. Todo el tiempo tenés la sensación de que esperás por un momento al que no querés llegar, y estando en eso te aburrís, te angustiás, o te volvés estúpido”, sentenciaba el abuelo.
Yo había sido más bien parco con las visitas. Adoraba a Justo, el único en la familia que no consideraba la imaginación como una enfermedad. Pero ahí yo no lo reconocía. Había perdido el olor a lavanda y a vermouth, la fuerza de su apretón de manos, el arreglo de sus cabellos, la coherencia de sus fantasías; ya no era él.
El abuelo había estado mal en los últimos tiempos. “Definitivamente mal”, según el médico. Un par de días antes de aquella visita me llamó la enfermera que lo cuidaba porque Justo apenas sobrevivía las noches y temía que se lo llevaran los calores de la estación. “¿Qué tiene? Vejez, y todo lo que viene con ella”, dijo el médico.
Aquel día entré a su habitación. No pude evitar pensar que era un fracaso formar una familia, adquirir bienes, gozar, sufrir, proyectar e ilusionarse para terminar en ese tétrico camastro de geriátrico. Justo estaba despierto, aunque muy demacrado.
“Venga, hijo, no se asuste del abuelo.”
Acerqué una silla a la cabecera de su cama y traté de no sentir el olor de ese cuerpo a punto de perder el combate.
“Sabe, no me queda mucho tiempo y tengo que hablarle de algo serio”, dijo.
Quise interrumpir, pero apoyó un dedo en mis labios.
“Shh, espere. No me dejan muchos momentos despierto, así que tengo que aprovechar. ¿Sabe?, hay algo que me preocupa. Aunque escucho los cuchicheos de las enfermeras y los médicos, aunque usted me venga a ver con lo poco que le gusta este lugar, yo no me voy a morir todavía.”
“Claro que no, abuelo, ¿quién le dijo eso?.”
“Estoy muy enfermo, pero la cabeza la tengo bien, gracias a Dios. Y me doy cuenta de que no dan dos pesos por mi recuperación. Pero yo sé que no es mi hora, y es eso lo que le quiero confiar.”
Me preparé como cuando era niño y el abuelo Justo estaba por revelar una de sus maravillosas historias.
“Vea, cada familia tiene un don y una cruz. La nuestra no es la excepción. Nosotros, y esto es algo comprobado por generaciones, sabemos un tiempo antes cuándo vamos a morir. Lo que no sé es cómo nos enteramos, pero que lo sabemos, lo sabemos. Tampoco sé si ese es nuestro don o nuestra cruz.”

Mi padre, la mañana del día en que murió, se asomó a mi habitación y me miró largamente, creyendo que yo dormía. Desde mi posición podía ver su silueta recortada en el vano, a contraluz, en lo que se me ocurrió más tarde era una despedida prolongada, tierna. No era habitual, es más, no lo había hecho nunca antes. Durante años me arrepentí de mi simulación y de no haber saltado de la cama para abrazarlo. No volví a verlo con vida.

“Y a pesar de las evidencias, hijo, nada ni nadie me hizo el guiño, y acá estoy. Preocupado, porque ya estaría siendo hora.”
Después de un silencio prolongado, Justo cerró los ojos, y tal vez por el esfuerzo, se durmió.
Afuera se hizo noche. Generalmente me iba al atardecer, pero esa vez me quedé esperando a que el abuelo despertara. Lo hizo a esa confusa hora en la que el sueño distrae a los hombres sanos para que la muerte ataque.
“Abuelo, soy yo, Martín.”
“Mmm. Parece que me dormí.”
Me sentí obligado a decirle algo que lo consolara, e ignoro porqué, ese era el momento.
“Abuelo, escúcheme. Ahora usted me va a dar un abrazo y se va a dormir. Y cuando despierte nada de lo que encuentre va a ser parecido a lo que ya conoce, salvo las caras de alguna gente que usted quiso bien. Abuelo, me despido, lo quiero mucho. Usted se va a morir esta noche.”

Y así fue. Justo tenía razón. Mi familia conoce esa pequeña parte del Misterio. Y no es poca cosa.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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