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Siempre me gustaron las películas que se desarrollaban en época navideña. ¡Ah! Y que todo estuviera nublado de nieve. Entonces comenzaba a soñar que esos personajes eran de verdad y que yo formaba parte de sus vidas. Reía, lloraba, me enamoraba…, siempre con ellos. Mi madre me dijo que el día que despertara de aquel mundo irreal iba a sufrir, sufrir mucho y de verdad. Pero ese mundo que ella me decía que era el verdadero no me gustaba y como no me gustaba, me fui alejando de la realidad. Tanto, que un buen día no reconocí mi vida y mi familia se vio abocada a encerrarme en un sanatorio de esos que llaman manicomio o psiquiátrico o clínica para enfermos mentales, qué más da.

Mamá no pudo ir a verme; era demasiado fuerte para su corazón. Papá iba a veces, pocas, con una tarrina llena de tortitas hechas por la abuela. La verdad no sé para qué iba. En vez de consolarme, le consolaba yo. Él sabía que no estaba loca y se avergonzaba de no haberme defendido frente a mis detractores. Era incapaz de mirarme a los ojos y yo, entonces, me empezaba a apiadar de él, se me olvidaba el rencor por lo que me habían hecho. Le acariciaba, llorábamos juntos y volvía a sentirme dentro de una de mis películas favoritas. Cuando se iba, me tenían que volver a medicar con una de aquellas pastillas horribles que me hacían perder la noción del tiempo y dormía, dormía mucho y cuando mis ojos se despertaban, no sabía quién era yo, ni siquiera en mi fantasía. Total, le prohibieron que volviera a verme y en su lugar enviaron a mi hermana mayor. Sólo dos años nos distanciaban y parecía que fueran siglos los que separaban a mi mente desquiciada de la de ella. Al final de sus visitas me dejaban tan noqueada que los médicos determinaron que sus visitas eran nocivas para mi salud mental.

Poco a poco dejé de tener visitas familiares y yo empecé a recobrar mi estabilidad emocional. Me pasaba los días mirando por la ventana. Ésta daba al mar y aunque estuviera separada de un gran muro alto y blanco, mi ventana aún era más alta y veía ese inmenso océano azul que cambiaba según la estación o el color del cielo, pero siempre era profundamente azul… Y comencé a mirar la vida con ojos de azul. En las tardes de lluvia me gustaba acompañar al mar en su tristeza y, de paso, ponía orden y sosiego en la trastienda de mi alma. Así emprendí el larguísimo camino del conocimiento sobre mí misma y a que enfermeras y médicos me declararan no peligrosa. Eso no quiere decir que me dejaran suelta fuera de aquellos muros altos y blancos y cuando me invitaron a abandonar mi habitación y pasar a una planta más baja me negué pues allí no volvería a ver el mar. Caí presa de una crisis nerviosa…, y me volvieron a medicar con aquellas odiosas pastillas pero cuando desperté, desde la cama vi el azul de mar; mi pequeña gran batalla la había ganado. Estaba en un punto de mi vida en que tenía control sobre mis sentimientos.

Así pasó el tiempo, no sé cuánto. En ese mundo de Babel no existían relojes ni calendarios, sólo yo y el azul del mar.Pero nunca obtuve la libertad aunque sí ciertas licencias. Volví a ver películas de ambiente navideño y grandes amores. El mundo de las selvas amazónicas, tierras de inmensos pastos, el desierto…, todo lo vi a través de aquellas películas con licencia de mi psiquiatra. Un buen día, me dio por hacer garabatos en un papel. Me había venido a visitar una gaviota, ¡cómo me impresionó! Me estuvo cantando una bella melodía aunque muy triste. Y me dio por imaginar que aquella ave estaba sola, perdida y decidí transcribir en una servilleta sus penas. A la mañana siguiente cuando bajé a desayunar, en mi mesa encontré un bloc con una nota que decía “Para que sigas escribiendo sobre tu gaviota” Apenas desayuné y me precipité escaleras arriba. Moví la mesilla de noche justo al lado de la ventana y me puse a escribir rodeada de un cielo azul que pintaba al mar de cobalto; así nació mi primer cuento.Cuando lo hube terminado, lo leí en alto. En una parada, alcé la vista del papel y en la poyata de la ventana estaba la gaviota; sus ojos me dieron las gracias. Lo sé.

Desde entonces han pasado muchas lunas; así cuento el tiempo mientras los hilos de plata nacen sobre mi cabello. Ya no me llamo Ana Isabel sino Azul. Soy escritora y dicen que mis cuentos se leen en medio mundo; el otro medio no quiere saber de mí.  Vivo en un sanatorio para locos mientras la brisa del mar azul penetra hasta el fondo de mi alma.

Photo by Elvira Nimmee

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Mª Ángeles Cantalapiedra
¿Qué voy a decir de mí?No soy seria, me gusta la vida, reírme, viajar... Soy de Valladolid, pero no vivo allí, que no sé decir ya si no es escribiendo. He ganado algún premio y me he sentido la reina del mambo pero cuando han dado las doce campanadas pues vuelvo a la realidad. Tengo dos novelas publicadas SEVILLA...GYMNOPÉDIES, que ha recibido el premio en la feria del libro de Madrid 2016 como MEJOR AUTORA NOVEL. En 2017 publiqué MUJERES DESCOSIDAS y nada que si alguien me necesita pues estoy por ahí zascandileando. http://angelesysuscuentos.blogspot.com/ http://mellamolola.blogspot.com/ http://contartecosas.blogspot.com.es/
Mª Ángeles Cantalapiedra

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