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Domingo amaneció demasiado temprano. Eran las cinco de la mañana cuando su madre escuchó ruidos en la habitación contigua. Quiso incorporarse, pero sus huesos no se lo permitieron. El frío era demasiado atronador en aquella casa que tenía fisuras por todas las esquinas y, el poco calor que había, se escapaba a volar con la niebla. Sin embargo, Dionisia seguía dando gracias a Dios por tener un techo y saber que sus dos hijos aún seguían vivos. La guerra ya la había quitado bastante, ahora tenía que procurar que lo que la quedaba estuviera a buen recaudo.

Ella, apenas podía trabajar y se limitaba a conservar esas cuatro paredes para sus polluelos. El invierno venía muy crudo. Faltaban alimentos, sobraba hambre, pero las esperanzas seguían prendidas en el corazón de Dionisia. Sabía que algún día esa guerra terminaría, dejarían de fingir y vivirían en paz. Todos los días, sin que lo supieran sus hijos, se acercaba a la puerta de la parroquia y, a la salida de misa de una, se ponía en la puerta a mendigar; siempre regresaba con algo, aún quedaba gente caritativa.

Domingo, con diecisiete años, era el limpiabotas del bar Central, el más reputado de la ciudad, y Teresita, con quince años, había entrado a servir en casa del abogado Díaz, muy afamado, aunque un hombre sobradamente tacaño. Pero Dionisia se conformaba con pensar que la niña estaba recogida y, aunque casi no la pagasen, tomaba un plato caliente al día. No así Domingo, que cada día estaba más escuálido. Lo poco que ganaba apenas les permitía comprar unas patatas y algún huevo. En el bar, de vez en cuando, le daban un poco de leche que en vez de tomársela él, se la llevaba por las noches a su madre. Dionisia añadía agua y con mendrugos de pan duro se tomaban un tazón cada uno.

Desde que muriera su marido, a principios del treinta y siete, en manos de los republicanos cuando volvía junto a Sebastián, su hijo mayor, todo había ido de mal en peor. Ni siquiera sabía dónde los habían enterrado. Sólo se acercó una pareja de la guardia civil a entregarle la documentación de su marido e hijo y comunicarla su fallecimiento acusándoles de desertores, además… Cuántas mentiras tuvo que escuchar y soportar aquellos días. Estuvo a punto de morir de pena y, si no llega a ser por los dos hijos que la quedaban, Dionisia se hubiera dejado morir.

De esto había pasado veintiún meses de calvario…

Domingo sacó a su madre de aquellos recuerdos. Apareció con el rostro encendido y una vela en la mano.

-Madre, hoy es el gran día.

– ¿Ya estamos con esas, hijo?

-Madre, usted, déjeme a mí hacer. Hoy antes de que termine el día, todo habrá cambiado para nosotros y nos iremos los tres muy lejos de aquí.

-Sigue soñando, Domingo, y la torta que te vas a llevar se te romperán los huesos de por vida.

-Madre, le repito que aquel hombre era un ángel, un mago, un duende un…, bueno, da igual. Nunca le había visto por el bar. Me dijo que venía de tierras lejanas y cálidas. Después de limpiarle aquellos zapatos que parecían espejos, metió la mano en el bolsillo y me entregó el décimo de lotería. ¿Le leo el número, madre?

-No, Domingo, no. De sobra me sé el número, 36.758… Llevas mes y medio repitiéndomelo. Tengo miedo, hijo. Como te pesquen con el décimo, pensarán que lo has robado. ¿No lo comprendes, Domingo?

-Madre no se puede vivir con miedo. Estoy harto. Hoy nos iremos de aquí. Ya he preparado todo. Teresita no irá a trabajar.

-Domingo, no quiero que sigas, ¿de acuerdo? Teresita irá a trabajar a las ocho, como todos los días.

-No voy a discutir con usted, Madre. El hombre me lo dijo bien claro.

– ¿Qué te dijo, hijo?

-No se lo puedo decir, Madre. Todo lo sabrá en su momento- Domingo se inclinó para dar un beso a su madre y salió precipitadamente para regresar con la manta de su cama para ponérsela a su madre. Con amorosa actitud tapó a su madre y como despedida sentenció: Madre a las once estese lista. A los diez treinta y cinco minutos nuestro destino habrá cambiado para siempre- y con estas palabras se dio la media vuelta y salió de casa.

Dionisia meneando la cabeza, rezó una plegaria a Dios para que protegiera a su hijo y cerró los ojos un rato más, la dolían demasiado los huesos.

Se despertó asustada cuando oyó las diez campanadas de la iglesia. Sin darse cuenta se levantó como una paloma que inicia el vuelo. Se sentía ágil, feliz, como si los años hubieran desaparecido de su dolorido cuerpo. La casa estaba en silencio y, aunque la pobreza era la misma que hacía unas horas, aquellas paredes a Dionisia la parecían muy distintas.

Las campanas de la parroquia dieron las medias y unos minutos después, una luz extraña se pegó a la ventana desvencijada de la habitación de Dionisia. Ésta la miró como si la hubiera estado esperando desde hacía mucho tiempo; sonrío y cogiendo el hatillo se fue a la cocina. Se sentó con la calma que sabe que un fin está próximo y cunado las campanadas no habían terminado de dar las once, el chasquido de la puerta de la calle la hizo girar la cabeza. Se puso de pié sonriendo a Teresita y a Domingo. Los tres se abrazaron y salieron de aquella casa para siempre…

Domingo, su madre y hermana caminaban despacio, en cualquier momento aparecería el autobús que le dijo aquel hombre. Apretaba los billetes con su mano con temor a que se fueran a volar mientras rememoraba las palabras de aquel extraño “Domingo, pronto te cambiará la vida. Toma este décimo de lotería y estos tres billetes de autobús. El veintidós de diciembre a las once cogeréis un autobús hasta Burgos. Ingresarás el décimo en esta dirección. Allí te darán unas instrucciones. Síguelas. Pronto estaréis en Méjico. No digas nada, eres el elegido…”

 

Una radio no deja de sonar, unas voces infantiles cantan números, en especial el premio gordo, el 36.758. Es el veintidós de diciembre de mil novecientos treinta y ocho en una España de vencedores y vencidos; aún faltaban unos meses para que terminara aquella guerra de hermanos contra hermanos.

Sin embargo, para algunos, aquel día fue el principio de una esperanza… Y es que, en navidad en aquel entonces, entre disparos, odios y muerte, aún pudo subsistir la magia.

Photo by Gonmi

Mª Ángeles Cantalapiedra
¿Qué voy a decir de mí?No soy seria, me gusta la vida, reírme, viajar... Soy de Valladolid, pero no vivo allí, que no sé decir ya si no es escribiendo. He ganado algún premio y me he sentido la reina del mambo pero cuando han dado las doce campanadas pues vuelvo a la realidad. Tengo dos novelas publicadas SEVILLA...GYMNOPÉDIES, que ha recibido el premio en la feria del libro de Madrid 2016 como MEJOR AUTORA NOVEL. En 2017 publiqué MUJERES DESCOSIDAS y en 2018 AL OTRO LADO DEL TIEMPO, premio Sial Pigmalión de narrativa... Y nada más, que si alguien me necesita pues estoy por ahí zascandileando. http://angelesysuscuentos.blogspot.com/ http://mellamolola.blogspot.com/ http://contartecosas.blogspot.com.es/
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