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Los visillos son viejos, semejan papel de fumar y es ahí donde reside su encanto. Vislumbran lo que hay tras ellos tamizando la visión y haciéndola misteriosa. Vas adivinando un paisaje tan decrépito como ellos mismos, pero cargado de belleza.

Los amaneceres despejados de nubes que permiten un nacimiento solar claro son los más hermosos que mis ojos, decorados con lentes, hayan observado jamás; un cuadro lleno de luces y sombras que invitan a la serena reflexión.

El veintidós de enero hará un año que me mutilaron; desde entonces. mi vida ha dado un giro espectacular, de la actividad al reposo, de la prisa a la pausa, y ahora me pregunto cómo pude estar tanto tiempo sin darme cuenta de lo que me rodeaba, sin pensar en las pequeñas cosas diarias, sin sentir lo que mi corazón dictaba.

– ¿Cómo te encuentras hoy? – una voz me saca de la meditación. Es Concha, amiga de la infancia y quien me cuida en sus ratos libres. No sé de dónde sacará esa vitalidad que hace mover el mundo de su entorno con armonía, y poner cada cosa en el lugar que corresponde sin inmutarse, sin dar mayor importancia y con total naturalidad.

-Me encuentro bien. Esta hora es la mejor, por lo que me levantaré – contesto sin estar en absoluto convencida de lo que digo, pero qué menos que obsequiar a sus oídos con una mentira piadosa por tanta preocupación y cuidados que me dedica.

– No hay prisa. Te traeré el desayuno y, más tarde, nos dedicaremos a realzar tu belleza. ¿Qué te parece? – me mira con la ilusión reflejada en sus ojos y su sonrisa de ciruela madura.

-No me acuerdo desde cuándo me pongo guapa. ¿Cómo se hace?

– No te acuerdas porque nunca lo has hecho. Una monja de clausura es más coqueta que tú, querida amiga. Lo tuyo no ha sido sacar sino más bien tapar – estoy sorprendida de su confesión, de esta sinceridad a destiempo.

– ¿Y me lo dices ahora, después de treinta y siete años? Me parece una desfachatez por tu parte – estoy indignada y he levantado la voz sin querer.

– Nunca me lo preguntaste y yo te acepté siempre tal como eras, casi perfecta si no hubiera sido por la ausencia de mujer que había en ti – ha sentenciado y ambas nos hemos quedado calladas.

– Me he sentido llena de amor, por lo tanto, no puedes echar en falta lo que ya tienes, ¿no? – vuelvo a la carga sin dejar que medite una respuesta.

– Has dado amor, has recibido, pero como persona, no como mujer. ¿Has tenido necesidad de salir y comprar ropa para gustarte a ti misma? ¿Conocer gente y salir a divertirte? Dime, no agaches la cabeza y te excuses en la enfermedad para no contestarte a estas preguntas – sé que ha vuelto a mentir y se lo agradezco, ahora ya todo esto carece de trascendencia

– Para mí eso era y es banal, no tiene importancia y sí lo que va dentro. He dado y me han dado. ¿Qué más puedo pedir? ¿Cuánta gente muere sin saber lo que es el aprecio, el cariño? Yo mañana moriré y me llevaré todo un mundo de sensaciones gratificantes – mi voz se apaga de repente con un recuerdo y me sonrío amargamente. Todos me conocen, eso dicen, pero ignoran una trastienda que he guardado para mí durante años, sin querer compartir-… No discutamos Concha, por favor te lo pido – mi tono es de súplica.

– De acuerdo, tú ganas, pero seguiremos. No sé cuánto tiempo vivirás, para qué te voy a engañar, pero mientras nos queden fuerzas a las dos, vas a ser egoísta por una vez en la vida y saldrás ahí fuera a gozar y aprovecharás cada momento para ti, sin pensar en nadie más.

– Te has olvidado de algo Concha. ¿Tú no tienes una escala de valores? Es lo más importante para cada uno. Lo que para ti puede ser importante, no lo es para mí y así sucesivamente. Soy feliz incluso en este abandono, esperando plácidamente a la muerte que me espera. Ya no quiero más.

– Déjame ayudarte, Ana. ¿Te crees que no me he dado cuenta la barrera que has puesto siempre entre las dos? Yo te lo he respetado y, ¿sabes otra cosa? Te perdoné hace muchos años – su cara se llena de tristeza. No debiste conformarte con haber vivido una vez y después respirar solo con aquella vivencia.

– ¿De qué me hablas? He sido siempre tímida, no lo he podido vencer. Reservada con mis cosas, no me ha gustado marear a la gente con mis bobadas- ahora, la que miente soy yo.

– No es eso, Ana, sabes bien de lo que te hablo – nos hemos mirado fijamente y ella ha salido cabizbaja por la puerta.

Te puedes alejar del pasado, pero ahí está siempre para recordarte sobre qué cimientos construiste la persona que llevas dentro, y por mucho que digan, no se olvida. Es la caja de las esencias que, al abrirla, expande su aroma. Y es bueno hacerlo, de vez en cuando, para no olvidar de dónde vienes y a dónde vas. Me educaron en la religión católica, estudié en un colegio de monjas y después fui a la Universidad. Reconozco que he sido bastante timorata y, al morir mi madre, yo recogí su legado acrecentando esta faceta aún más en mi carácter. Yo era una mujer virtuosa que en vez de conjugar en mi bolso barra de labios y rosario, sólo llevaba este último.

Mi personalidad se desarrolló en pleno fragor franquista y lo que a unos les hizo rebeldes a mí me imprimió la faceta sumisa. Acaté con ignorancia los gustos de mi padre que, al quedarse viudo, se refugió en la hija soltera e hizo de mí la extensión de la esposa difunta.

Mis salidas se reducían al principio a ir a clase, visitar a los pobres. Los viernes, al rosario y la salve mariana, y las mañanas dominicales con misa a las doce con el progenitor. A la salida, conversaciones triviales con sus amigos tan mayores como él o más. Hacía de madre, ama de casa, y compañera de un anciano. ¿Acaso en ese mundo donde mi vida se desenvolvía, había cabida para trapos, pinturas y juerga? Fui tres veces a una discoteca con mis compañeros de carrera y me aburrí como una ostra; ni sabía bailar, no fumaba, no bebía, acostumbrada a escuchar a Bach, aquellos sonidos me eran totalmente ajenos. No tenía opinión entre aquella gente cuyas charlas favoritas eran cómo derrotar al fascismo, cuando en el salón de mi casa el lugar de honor lo ocupaba una foto de Francisco Franco; según mi padre, nuestro benefactor.

Mi vestimenta era tan mojigata como mi vida. Faldas por debajo de la rodilla, blusas abrochadas hasta el cuello y collar de perlas, más del estilo de una mujer de 60 años y no de una chica de 22. Esto no quita, que yo tuviera mis sueños, encontrar varón protector que dirigiera mi vida por la senda del bien, formar una familia, cuidar de ella. Pero no siempre se cumplen los sueños y, menos, cuando tu corazón reposa en aquello que no es tuyo.Y ahora, en esta postración y dejadez, tengo todas las horas sin reloj para recordar ese mi ayer que me ha hecho vivir hasta hoy.

El ayer…

”-Saca la mano por la ventanilla. Notarás que se convierte en un avión arrastrado por la fuerza del viento, que flota en el espacio – Pepe está hoy muy animoso y aunque no me mira pues va conduciendo, se nota el tono de voz alegre.

-Parecemos dos niños de pecho. Anda, párame en la siguiente esquina, me acercaré andando. Te lo agradezco mucho porque hoy podré estar un poco más con ellos.

-La buena samaritana. Te llevaré hasta la misma puerta, señorita. Es un placer hacer de chofer. Casi no nos vemos, ya ni te acercas por casa – de pronto ha frenado el coche y se ha vuelto hacia mí. Me he paralizado y, asustada, he preguntado:

-Pero, ¿qué haces, loco? ¿Así voy a llegar pronto? – mi tono quiere ser de broma, pero deja traslucir preocupación, no sé por dónde puede salir, temo conocer la respuesta.

– ¿Hasta cuándo vas a estar huyendo? – está muy serio. Me mira con sus ojos de pestañas pobladas y retiro los míos, soy incapaz de sostener la mirada.

– Pepe, por favor, no me preguntes esas cosas. Si te he molestado, disculpa. Lo único que no deseo es interferir en tu camino, no hacer daño a nadie.

– Y, ¿no es peor negar la evidencia? Conozco tus sentimientos desde hace mucho tiempo, cómo los acallas y, ¿sabes lo mejor? Son correspondidos. No lo he podido evitar. Día a día, calaste en mi sin querer y he aprendido a aceptarlo, ser consciente de que vivo entre dos aguas.

– Me voy. No volvamos a hablar de esto, no nos lleva a ningún sitio – no me ha dejado terminar la frase; su boca se ha juntado a la mía como dos imanes que no podían separarse. Mi primer beso con 28 años. He sentido una amalgama de sensaciones tan hermosas que no me arrepiento y que Dios me perdone. Posteriormente, sin decir nada, me he bajado del coche. He caminado como un zombi, he dado vueltas hasta que me he serenado y, al fin, he entrado en la casa…” ¡Qué recuerdos, gracias Dios mío!

Ya no duermo, tengo miedo a cerrar los ojos y no despertar jamás; sólo con la luz del día descanso, adormezco entre las pastillas y mi espíritu serenado se mece en bonitos ensueños, la esperanza y el amor vienen a buscarme y yo me entrego a ellos. Cuando despierto y veo dónde estoy, no puedo evitar llorar, dejarme arrastrar por la melancolía, renegar del presente y quisiera salir corriendo pues noto que hasta mi fe me ha abandonado. Me tranquilizo y cojo entre mis manos temblorosas el rosario, mi único consuelo al que me aferro con las fuerzas que me quedan; rezo sollozante el Padre Nuestro, implorando piedad a este Dios que siempre ha estado a mi lado, pero él permanece mudo a mis súplicas y el coraje se acrecienta aún más si cabe; sólo un dolor en el costado, me hace olvidar mis requerimientos.

Cuando me tranquilizo y ya consciente vuelvo a cerrar los ojos, pero en esta ocasión para seguir meciéndome en el ayer… “Todos tenemos un día especial en nuestras vidas y yo tuve el mío. A partir de ahí, dejé de ser para todos, incluida yo misma, la eterna solterona; llevaba una doble vida muy bien compaginada: trabajo en el instituto, el cuidado de mi padre anciano, mis queridos pobres, a los cuales seguía visitando dos veces por semana y mi amado Pepe. Nadie se percató de mi cambio ostensible, mi actitud abierta y dicharachera.

Una vez a la semana, me transformaba en otra persona; me quité las gafas y me puse lentillas, me corté el pelo y aprendí a maquillar mi rostro. Me convertí en una obsesa por la lencería, sentía verdadera pasión por ella, por la ropa insinuante de mis formas.

Mi vida de pareja era inusual, pero rica y variada como los colores en la paleta de un pintor; ingentes cantidades de placer y emotividad llenaron mis horas. Ingredientes emocionales como las palabras de Pepe que me susurraba constantemente…, hacían de mí una mujer cargada de sex appeal.

Mi actitud seductora, que aún me pregunto de dónde la saqué, elevaba nuestra temperatura íntima; una combinación de misterio, complicidad, desinhibición, admiración mutua, nos hacían recorrer un camino juntos y percibir otras facetas del amor tan puro y honesto, que no sentimos arrepentimiento ninguno.

Compartíamos gustos por paseos bajo la lluvia recia, conversaciones de arte, caricias sin objetivo y al final del día nos despedíamos hasta la siguiente vez. Éramos dos románticos, dos chiflados sin atisbo de culpabilidad…”

Siento la puerta de la calle y miro el reloj; se me ha pasado el día sin sentir. La voz de Concha es acompañada por risas bien conocidas.

– Te traigo el elixir de la inmortalidad Ana – Juan se presenta ante mí como un huracán. Acaba de cumplir 21 años y detrás de la cara de niño travieso, hay un adulto con un don especial y es el saber transmitir como su madre, las ganas de vivir, la fuerza para resurgir la alegría de donde nada hay.

– ¿Desde cuándo eres alquimista? – le miro muerta de risa y veo la misma expresión de Pepe cuando era joven.

– No preguntes aquello que es secreto de la ciencia. Tomate el brebaje que mañana vamos a ir al cine juntitos.

– ¿Qué me dices?, ¿contigo? ¿Qué vamos a ver, si se puede saber, y de dónde voy a sacar las fuerzas?

– Irás, para tu información, con el chico más deseado en un metro a la redonda. Veremos “Drácula, mordisco de caníbal” y tu debilidad será sostenida por mis musculosos brazos. ¿Alguna pregunta más? – todos hemos reído con ganas.

Juan se ha tumbado a mi lado y se ha puesto a leerme un capítulo más, como cada día, del nuevo libro que compró Pepe en la Cuesta de Moyano; es tan empalagoso que produce diabetes, enfermedad que aún no tengo, pero antes de que termine de leerlo, seguro que la tendré. El empeño de estos seres tan queridos, que son hoy mi familia, por hacerme feliz, pierden el norte y olvidan que aborrezco los libros con historias blandas, quizás porque yo lo sea detrás de la careta que llevo.

Respiro hondamente y me siento tan feliz en este momento, que busco tras los visillos raídos la última luz del día, y doy gracias a mi Dios particular de no abandonarme en mi final.

Estoy muy cansada. La casa se ha quedado prácticamente en silencio, sólo se oyen los pasos cautos de Concha.

-Me voy, llámame si me necesitas- me besa en la frente y al llegar a la entrada de la habitación, se vuelve y con una amplia sonrisa, cargada de ternura-… Gracias Ana por devolverme lo que más quiero en este mundo.

-Gracias, a ti, por prestarme tu tesoro…

Una amistad más fuerte que el tiempo, que un sentimiento. Dicen que yo no era egoísta y la que no la era verdaderamente es aquella que nunca me reprochó nada. He sentido cómo la puerta de la calle se cerraba, he esperado unos segundos y después he apagado la luz.

A través de los visillos, veo las luces de la noche. Son tan bellas que cierro los ojos para siempre con esta visión…

EPÍLOGO

Sobre una tarima centenaria yace un sobre amarillento por el tiempo; allí ya no queda nada sino este triste papel abandonado. Jacinto, el encargado de “Mudanzas España”, recorre las habitaciones vacías, cerciorándose que todo esté en orden tal como los dueños desean. Al entrar en lo que era el dormitorio principal de la vivienda, justo en un esquinazo de la habitación, hay un pequeño bulto; se agacha y comprueba que es un sobre. Lo abre y lee:

Santa Clara, Cuba, 31 de marzo 1966

Mi querida y dulce Ana:

Si pudiera reflejar en esta carta el sentido de la palabra añoranza, no habría suficiente papel en el mundo para cubrir esta definición. Esta tierra es muy hermosa, sus gentes son entrañables y acogedoras, sin embargo, al cerrar cada día los ojos, sueño con España, los crudos inviernos de la meseta castellana, las tascas por doquier, el ruido sobre el mármol frío y gris, de las fichas de dominó en el bar de mi pueblo, las calles atestadas de coches, la pasma corriendo tras de nosotros. Fíjate bien, hasta las paredes desconchadas y los barrotes de la cárcel.

¿Qué será de mis colegas? ¿Fui un cobarde? ¿Hice bien? Todas estas preguntas revolotean constantemente por mi cabeza, el enorme sacrificio que os he sometido a todos y nada me habéis reprochado; por el contrario, me animasteis, apoyasteis mi decisión, disteis luz a mis temores para que saliera por la vía correcta y dejara el camino que hundiría mis pasos.

Me consuela pensar que la vida de esa serpiente que ha arrastrado a muchos a dejar nuestra tierra, pronto terminara, no es inmortal. ¿pero cuándo? Aquí trabajo no falta, se hace con ilusión y este espíritu comunista y justiciero que arrasa mis entrañas, encuentra buen cobijo. Concha secunda todas mis ideas con el ánimo que siempre la ha caracterizado ¡Qué buena es! Mi agradecimiento hacia ella no tiene límite; su bondad me acongoja y cuando no puedo superarla, ella me brinda una sonrisa de las suyas, que mueven cimientos…, y continúo la andadura.

Puede ser eso, una clase de amor indiscutible lo que siento por su persona, pero bien sabes por experiencia, que no es un amor que supla todos los vértices, aristas de un ser humano, que necesitamos algo más. Tú, mi dulce amor, bien me has enseñado lo que es el sacrificio, el silencio, el darse a los demás sin pedir nada a cambio. Ahora, yo trato de imitarte y a duras penas lo logro y cuando es así, descanso satisfecho y te brindo a ti este pequeño triunfo. Lo malo es, en este cálido lugar, donde la sensualidad forma parte del ambiente, se despierta el hombre que llevo dentro; me refugio en el cuerpo de Concha buscando la mujer que mora a miles de kilómetros de aquí. Lloro sin consuelo, no me avergüenzo reconocértelo, sabes que para ti no hay secretos en mi mente ni en mi corazón, amor perfecto donde los haya. Concha me acaricia y seca las lágrimas que resbalan sin fin; ella calla y con ternura me consuela a su manera.

Tengo el presentimiento de que la he preñado, una semilla que era destinada para ti; si es así mi sospecha, toma a esa criatura como tuya, pues, en el fondo de mi ser, mi actuación tenía una destinataria, tú. En la pena, he de ser justo y tomarme como una persona con suerte en toda su extensión; hui de España por mis convicciones políticas, me amparó una tierra hermana y como hombre, me aman las dos mujeres más maravillosas de la faz terrestre, cada una en su estilo, seres extraordinarios.

Gracias a ambas y pido a un ser superior, si es que este existe, que me dé años y salud para agradecer y corresponder todo lo que me ha dado. Espero verte pronto, pues tu foto de tanto mirarla, se desdibuja la imagen.

Siempre tuyo, Pepe

Jacinto, dobla el papel y lo vuelve a meter en el sobre; está cayendo la tarde. Por la ventana, cubierta por unos viejos visillos, entra una luz reconfortante.

Photo by pegatina1

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Mª Ángeles Cantalapiedra
¿Qué voy a decir de mí?No soy seria, me gusta la vida, reírme, viajar... Soy de Valladolid, pero no vivo allí, que no sé decir ya si no es escribiendo. He ganado algún premio y me he sentido la reina del mambo pero cuando han dado las doce campanadas pues vuelvo a la realidad. Tengo dos novelas publicadas SEVILLA...GYMNOPÉDIES, que ha recibido el premio en la feria del libro de Madrid 2016 como MEJOR AUTORA NOVEL. En 2017 publiqué MUJERES DESCOSIDAS y nada que si alguien me necesita pues estoy por ahí zascandileando. http://angelesysuscuentos.blogspot.com/ http://mellamolola.blogspot.com/ http://contartecosas.blogspot.com.es/
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