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Lamentos de aquellos a quienes se le ha negado la justicia. Lamentos de niños que van a morir de hambre. Lamentos de padres que perdieron a sus hijos en la guerra. Lamentos de los oprimidos por causa de la ambición de los que ostentan el poder. Lamentos de aquellas mujeres que son víctimas de una cruel desigualdad. Lamentos de ancianos que se sienten solos al llegar el final de sus días. Lamentos de la tierra que sufre la contaminación en aras de un falso progreso. Lamentos del cielo que llora el mal en el corazón de los hombres.

Lamentos y más lamentos, hay un mar de lamentos, mas entre el rumor de sus aguas el poeta pudo oír el eco de estas palabras: “Mi deseo es que seas feliz, a pesar de todo”. Enjugó sus lágrimas, levantó la cabeza, suspiró, se esforzó en dibujar una sonrisa en el rostro y siguió caminando. Si su alma esta rota, llorará en la soledad y el silencio hasta que se inunde de la luz de un nuevo amanecer. Si las esperanzas han muerto, sacará fuerzas de la debilidad impulsado por el amor que desde el principio le fue profesado, amor fiel que nunca ha fallado.

Las palabras del poeta son palomas portadoras de un mensaje. Si llora, sus lágrimas hacen brotar en la sequedad la verde hierba. Alza tus ojos y mira el esplendor en los campos, es la visión de un futuro en el que todo mal ha sido desarraigado. El que escribe desde el corazón busca un hombro donde apoyarse, en ocasiones el dolor hiere las alas y abate el vuelo. El niño que va a morir sin un bocado de pan que llevarse a la boca, sonríe. El anciano canta una alegre canción aún en medio de su soledad. Los que fueron torturados han dejado de odiar y han aprendido a amar. Todos ellos son la inspiración del poeta.

¡Salvad al poeta, no le dejéis morir! Sus palabras nacen del sentimiento humano y en ellas hay semillas de esperanza. Los habitantes de la ciudad hicieron correr la voz: “El poeta yace enfermo en la cama. Más grande es el dolor de su alma que el de su cuerpo, porque la belleza ha desaparecido de delante de sus ojos”. Unos le llevaron aceite, otros harina, las viudas encerradas en un frasco las esencias de los bosques. Niñas con flores enredadas en sus trenzas le trajeron en sus manos el canto de los pajarillos.

Conmovido abrió la boca el poeta: “¡Jamás vi en la tierra tanta belleza, ahora podré ser feliz, a pesar de todo!”. A una todos levantaron entre lágrimas la voz: “¡No mueras poeta, no mueras! Tú eres el último de los poetas, si tú te vas desaparecerá de la tierra la belleza”. Y la lágrima que veloz corría por la mejilla del escritor un anciano entre sus dedos la recogió, luego a un hombre con corazón de niño la entregó, y éste en honor al poeta entre el trigo dorado la sembró.

Juanjo Conejo

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