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Quiero hacer una breve pausa para explicar qué significa para mí esta sección “Con Moraleja”.
Convencido estoy de que no existen las palabras neutras. Consciente o inconscientemente todos vertimos un mensaje en nuestras palabras que habla mucho de nosotros mismos, de lo que pensamos, de lo que sentimos, de lo que anhelamos… muchas veces sin ni siquiera pretenderlo. Nosotros queremos escribir nuestro relato y al final el relato acaba hablando de nosotros. ¡Palabras traicioneras que uno escoge con tanto esmero para que después te hagan eso…!

Toda historia lo hace. Una novela negra, por ejemplo, puede enseñarnos acerca del placer de la venganza o de las consecuencias de la misma. Los dramas suelen tener muchos matices psicológicos que nos hablan del bien y del mal, enfocados según la filosofía del autor. Un evasivo relato de aventuras puede enseñarnos cosas tan diversas como apreciar otras culturas y costumbres, pensar que uno puede salirse con la suya en todo tipo de pillerías o guiarnos a tener el coraje de enfrentar nuestros miedos. ¡Aún el texto más tronchante y paródico puede incitarnos a reírnos de nosotros mismos o a burlarnos de los demás!

Consciente de ello, pretendo escribir historias “Con Moraleja”, con intención. Me gusta la idea de transmitir algo más allá de un simple texto. Me fascina que una simple historia tenga la capacidad de remover conciencias o llevar a la reflexión, cosa que demuestra que la historia no es tan “simple” como a simple vista parecía. Si algo así consigo, me doy por satisfecho.

En esta categoría me propongo escribir fábulas, cuentos, relatos breves y reflexiones en forma de metáforas; algunas tristes, otras hilarantes, casi todas intentando buscar un punto de fantasía que las haga alejarse de la realidad, aunque de realidad pretenda hablar. Pero, siguiendo la estela de los cuentos clásicos, finalizando con una moraleja reflexiva que trato de adaptar a los tiempos y la cultura que me ha tocado vivir.

Y que nadie se preocupe, que ni este texto de hoy queda sin moraleja. Y, por si alguien no la ha captado, es la siguiente: Que las palabras tienen vida, más allá de lo que nos proponemos. ¡Cuidadito con ellas!

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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Comments

  1. Yo también soy de esa opinión, te sientas, situas las letras sobre la superficie elegida y ellas mismas explican lo que quieren. También adoro las historias con mensaje al final, de hecho utilizo ese método a menudo. El secreto del seňor Evol es un ejemplo.
    Gracias por tu columna

     
    1. Tienes razón. A veces las letras nos “obligan” a lo que tenemos que escribir. Te aseguro que son muchas las veces en que me he puesto a escribir con una idea en mente y el texto, una vez leído, me obliga a tomar un rumbo diferente al que había pensado. Ellas son así, caprichosas… Aunque al fin y al cabo siempre hablamos a través de ellas.

       

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