Ninguno enciende una luz para esconderla debajo de una caja. (Mt.5:15)

 

Hay un refrán en Tumma que dice que a los rumores los empuja el viento, y a los curiosos el tiempo. Pues así fue; no pasó mucho tiempo hasta que los curiosos se agolparon a las puertas de nuestro jardín. Algo ocurría en la casa del minero Mooli: no salía humo por la chimenea, a pesar de que el fuego es básico para mantener el calor en las viviendas de nuestra fría región. Los vecinos se encargaron de esparcir el rumor de que por las ventanas se veía una luz extraña, que no correspondía a la propia de las lámparas de gas. Y los trajes de la familia se veían más limpios que los del resto del pueblo; es lógico: hacía ya tiempo que ninguno de nosotros bajábamos de nuevo a las minas en busca de carbón. ¿Para qué, si ya no nos era necesario encender un fuego? Pero es que incluso nuestra piel parecía más blanca y tersa. ¿Lo había hecho la piedra? Los de Tumma querían saber qué estaba ocurriendo.

Tal fue el revuelo que se acercaron también las autoridades, que fueron los únicos a quienes mi padre permitió entrar. Quienes vinieron fueron el alcalde con sus tres principales consejeros: el acaudalado señor de las tierras del valle, cuya voz, debido a su posición, era de vital importancia, el capitán de la guardia oficial y el mago. Mooli no tuvo más remedio que revelarles el secreto.

Las reuniones con estos personajes, desde entonces, se sucedieron. Casi todos los días se acercaban a casa para hablar con mi padre y sus parientes de mayor edad. Yo era demasiado joven como para que me permitieran asistir a esos encuentros pero no faltaron los días en que me escondí detrás de los gruesos cortinajes de las ventanas o espiaba tras la puerta, aunque no entendía mucho de qué hablaban, pues usaban una jerga que no acababa de comprender. En esos momentos, el capitán colocaba varios guardias en la puerta para impedir que ningún vecino se colara; y es que alguno saltó la valla para acercarse a hurtadillas a la vivienda. Pero la penumbra del eterno crepúsculo le traicionó y quedó enredado por la pierna en la sorprendente mata de una hortaliza desconocida que había crecido en el jardín desde que enterramos allí el mineral.

Finalmente, tras mucho tiempo de deliberaciones, el alcalde convocó una reunión junto al Pináculo, en la plaza central. Fue una congregación multitudinaria, a la que asistió toda la población. Construyeron una plataforma para la ocasión, cubierta por una alfombra de delicadas pieles blanquecinas, sobre la que colocaron unas pomposas sillas adornadas de terciopelo granate tachonado. Estaban estas dispuestas para las autoridades de la ciudad y para los tres más ancianos de mi familia, ofreciendo el lugar principal a alguien que aquel día sudaba nervioso por estar allí: mi padre.

La luz de la llama temblorosa del Pináculo que caía sobre nosotros me parecía tan diferente de la que emanaba de la piedra que mis ojos se habían de adaptar a lo que ahora me parecía casi oscuridad. Y es que los últimos días no había salido de casa, siendo la luminiscencia del mineral la única que había penetrado en mi cerebro. Me preguntaba cómo sería la vida del pueblo si todos pudieran acceder a esa luz.

Por fin el alcalde se acercó al borde de la plataforma para dirigirnos sus palabras. Con su traje negro, ajustado y adornado con una banda tricolor, por cuyo cuello asomaba una estrafalaria corbata naranja, y ataviado con un ridículo sombrero de copa que pretendía pasar como nuevo, daba una sensación más grotesca que honorífica. Tan solo le superaba en pomposidad el mago, vestido con una túnica morada adornada por sus bordes de estrellas doradas y coronado con una mitra celeste que solo usaba en las fiestas más solemnes. De facciones magras y mirada penetrante, a muchos intimidaba con su sola presencia, entre los cuales, lo confieso, me encontraba.

Tras un largo monólogo sobre la historia de nuestro pueblo, procedió el alcalde a manifestar que los Ancestros nos habían bendecido, otorgándonos un objeto sagrado de cualidades sobrenaturales, que sería para Tumma su nuevo emblema y señal de una vida de prosperidad.

— Este día —prosiguió— será recordado por las siguientes generaciones como el comienzo de un tiempo de trascendencia para la historia de nuestro país.

Algunos de entre la multitud aplaudieron y los más entusiastas vitorearon sus palabras. Pero la gran mayoría permanecía expectante y extrañada, sin lograr entender a qué clase de objeto se refería o cuáles eran sus cualidades. Aunque el discurso no resultó mal encaminado y muchas de sus palabras acabaron cumpliéndose puntualmente.

Entonces el mago hizo traer la piedra, transportada sobre una plataforma acolchada que cuatro individuos sostenían por sendas barras de madera. No brillaba demasiado, debido a la luz del Pináculo. La mirada del pueblo estaba pendiente de cada paso hasta que llegó a la tribuna al ritmo de una tuba que marcaba un paso casi fúnebre. El mago tomó el mineral y se acercó a mi padre, a quien ordenó levantarse con solo un gesto de la cabeza. Puso la piedra en sus manos, a la vez que alguien le colocaba una capa escarlata forrada de algodón y le hizo levantarla por encima de su cabeza. Hubiera él deseado que en ese momento la tierra se abriera y se lo tragara con la plataforma entera, pero Mooli sabía guardar las apariencias y la compostura. Por fortuna para él, no estaba previsto que durante la ceremonia tuviera que decir palabra alguna. Pero sí fue el mago quien, acercándose solemne a la multitud, bramó:

— ¡Inclinaos ante el Teho Arvoitus, el poder de Tumma!

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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