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Si la luz que hay en ti son tinieblas, ¿qué no serán las mismas tinieblas? (Mt.6:23)

 

¿Cómo describir los días que siguieron? Extraños.

El alcalde no parecía estar muy contento con nuestra casa; quiero decir, la humilde morada de un trabajador de las minas no era un lugar adecuado para guarecer el Teho Arvoitus. Por eso decidió su reconstrucción, para convertirla en algo poco menos que un palacio; tal y como ahora la conoces, Lintu. ¿Te imaginas, hijo mío, nuestro hogar repleto de andamios y tablones? Carpinteros, albañiles y canteros entraban y salían como hormigas de su hormiguero. ¡Apenas podíamos movernos sin chocarnos unos con otros! Aunque cabe decir que hicieron un trabajo formidable. Varias veces me pregunté de dónde salía el dinero para pagar todas estas operaciones, pero parece que el alcalde lo tenía todo bien calculado.

También las visitas del mago fueron constantes. A veces me daba la sensación de que dormía en nuestra casa, pues muchas veces iba yo a la cama y, al levantarme, todavía estaba allí. ¿Había marchado y regresado? Nunca lo supe. No me gustaba nada la presencia del mago en nuestro hogar, pero parece que era necesaria. Mi padre, ignorante de todos los aspectos que su nueva vida iba a requerirle, necesitaba instrucción y continuamente se reunía con él en privado. A mí, su mirada penetrante y oscura me producía escalofríos pero, al menos durante ese tiempo, su relación conmigo se limitaba a ignorarme como si fuera un simple trasto, un juttu o cualquiera de los andamios que se amontonaban por allí.

Y cuando ya el edificio estaba tomando forma, empezaron a presentarse nuestros convecinos. Primero se acercaron nuestros allegados y amigos; querían felicitarnos, agasajarnos. Incluso algunos, con quienes no habíamos tenido ningún trato durante años, parecían ser nuestros hermanos más queridos de toda la vida. Fue un tiempo en que aprendí a diferenciar entre la admiración sincera y la adulación interesada.

Pero lo extraordinario vino después. ¡Toda Tumma vino a meterse en nuestra casa! No todos a la vez, claro. Pero no había día en que uno o dos habitantes de la ciudad no vinieran para echar un vistazo al Teho Arvoitus. Aquel extraordinario mineral que custodiaba el agraciado minero, había despertado el interés de todo el pueblo de una manera que ninguno esperábamos. Venían para ofrecernos regalos que mi padre se vio obligado a aceptar, según creo, por consejo del mago. El antiguo almacén de carbón sirvió para guardar, al menos temporalmente, la ropa, alimentos y perfumes con que éramos obsequiados. No tardamos en necesitar ampliarlo para dar lugar a todo lo que nos ofrecían. Pero aún más, también acudían a mi padre para pedirle consejo. De nuevo fue el mago quien le sugirió que debía recibirlos con la capa escarlata puesta, pues era su señal de identidad, y le recordó que cualquier asunto que él no supiera responder podía conferírselo a su sabiduría, mucho más acostumbrada a tratar con los complicados problemas del pueblo.

Me imagino cuán difícil debió ser este tiempo para él. El minero de las grutas había desaparecido para dar lugar al Pyha Mies Mooli, el elegido sobre quien reposaba el poder de Tumma. Él, que siempre fue un hombre huraño, reservado y sencillo, ahora ocupaba nada menos que el corazón de todos los acontecimientos que se gestaban en la región. Muchas veces me pregunté qué estaría pasando por su cabeza…

Recuerdo una ocasión, en que el sueño no quiso acompañarme, que descubrí a mi padre en la sala principal, observando la piedra apoyada sobre la repisa de la chimenea, rodeada por un irregular marco de andamios de madera. No se percató de mi presencia. Sus ojos, visiblemente cansados, estaban absortos en el brillo del mineral, que parecía refulgir con mayor intensidad cuanto más se lo miraba. Su luz centelleante cambiaba de tonalidad de manera casi imperceptible, adornando las paredes de colores suaves y proyectando pequeñas sombras oscilantes que parecían bailar al son de una música inaudible. Era como si la roca quisiera transmitir algún mensaje, como si tratara de comunicarse. Mooli extendió su mano con la intención de acariciarla, mas no se atrevió a hacerlo, como si tuviera temor de tocar lo que repentinamente se había transformado en algo tan sagrado y, al mismo tiempo, tan lejano.

¡Qué contraste ese momento de apacible soledad con el día a día al que había de enfrentarse! Multitudes se agolpaban para contemplar el Teho Arvoitus, para sentir su calor, para tocarlo… Y él debía estar en medio de todo aquello. Seguramente por eso enfermó gravemente, lo cual supuso, en cierto modo, un oportuno descanso de sus  indeseadas obligaciones. Pero pasaba mucho tiempo y no mejoraba. Apenas lo pude ver un par de veces, postrado en cama; sudaba de fiebre y recitaba versos ininteligibles, frases incoherentes y palabras sin significado alguno. Los médicos trataron de tranquilizarme diciendo que todo estaba bien, pero sus rostros me anunciaban que no tenía remedio. Y después de eso, no me dejaron volver a verlo. De hecho, prohibieron el paso a su habitación a todo el mundo. Solo sus hermanos y el comité formado por el alcalde, el mago y el señor de las tierras del valle podían visitarle, aunque no recuerdo que estos últimos lo hicieran.

Mientras tanto, el mineral fue trasladado a una estancia especial, un cuarto construido especialmente para custodiar el objeto en ausencia de su cuidador. Lo depositaron sobre un altar hecho a base de cojines bordados de lana gruesa y cerraron la puerta, la cual disponía de un pequeño ventanuco. Ese día su luz brillaba menos y, estoy seguro, menguaba por momentos. Entonces tuvimos que volver a encender las lámparas de gas.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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