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Vosotros sois la luz del mundo. (Mt.5:14)

 

No lo niego; cuando mi padre me dio el Teho Arvoitus sentí la tentación de correr por los caminos que se extienden hacia el este del Lempea Joki y esconderlo en alguna cueva de las montañas de Reunus. Pero enseguida comprendí que debía tomar una dirección muy diferente. No sé cómo explicarlo; no fue un plan premeditado ni tampoco escuché ninguna voz en mi interior. Pero en el momento en que mis manos tocaron el mineral, supe qué era lo que tenía que hacer.

Me aseguré de que no hubiera ningún guardia en las inmediaciones del jardín antes de atravesarlo. Eso no era problema; todos habían salido fuera de casa para investigar sobre el posible paradero de la piedra. Aún así, traté de moverme con el mayor sigilo posible. Cada pisada sobre la hierba me parecía tan sonora como el mugido de un harka.

Después me deslicé por los callejones más oscuros, aquellos cuyas sombras pudieran ocultarme con mayor facilidad. De vez en cuando escuchaba algún ruido cercano que me hacía escabullirme y saltar el primer muro que encontraba. La penumbra eterna estaba de mi lado, claro. Pero cargaba sobre mis espaldas la misma mochila con la que Mooli trajo el mineral a casa por primera vez, y temía que comenzara a brillar repentinamente, soltando haces de luz por entre los agujeros del cuero gastado.

Sin embargo, conforme me acercaba al centro de la ciudad, la luz del Pináculo hacía que cada vez me resultara más difícil ocultarme. Por eso cambié de estrategia y me mezclé entre el gentío, que salía de sus casas, bien para ir a trabajar o bien porque les llamaba la atención la presencia de los guardias indagando e interrogando a cuantos se encontraban a su paso. Traté de parecer lo más natural posible mientras caminaba, mirando de reojo por si alguno se me acercaba. Por fortuna eso no ocurrió.

Llegué hasta la base del Pináculo. La gran columna piramidal se alzaba orgullosa sobrepasando cualquier tejado para acabar con una triunfante y enorme llama en su cúspide. Y se veía más alta que nunca. Palpé las enormes rocas que sostenían el pilar para familiarizarme con las hendiduras e imperfecciones que me permitirían sujetarme. Exhalé un largo suspiro y comencé a trepar.

Sentía vergüenza, sí; pero sabía que no iba a detenerme. Escuchaba cómo la gente se agolpaba en las proximidades haciendo comentarios sobre mi extraña ascensión. Incluso escuché que alguien me identificó como el hijo del Piha Mies Mooli. Lo ignoré, sintiendo un calor en mi espalda que fortalecía mis músculos para seguir adelante. Entonces me di cuenta de que el interior de la mochila estaba brillando. El Teho Arvoitus impartía su luz atravesando el cuero como si fuera una fina cortina de seda, llamando la atención de todos, incluidos los guardias que empezaron a gritar ordenando que me detuviera.

No quise mirar abajo pero supe que me perseguían. Oía cómo escalaban detrás de mí, cómo resbalaban y gritaban asustados, y cómo deliberaban si era mejor seguirme o esperar a que cayera cuando me quedara sin fuerzas. Pero lo cierto es que continué sin apenas notar cansancio alguno, acercándome a la llama como una polilla que es atraída por un candil. No tenía claro qué sería de mí al llegar arriba, solo que cada vez notaba más calor, el cual se iba haciendo insoportable.

Alcancé el nivel de donde salía la potente llamarada que llevaba lustros alumbrando todo Tumma. Noté que se me quemaban las cejas y enrojecía toda mi cara. No sé bien cómo pude sujetarme, con una sola mano mientras hacía presión con las rodillas; la cuestión es que usé la otra para sacar el Teho Arvoitus de la mochila y, lanzando un grito que tenía más de miedo que de guerra, incrusté el mineral en el mismo orificio por el que salía la llama. No tuve tiempo de notar cómo mi brazo se chamuscaba. En ese momento una explosión de luz, extremadamente brillante, impulsó mi cuerpo hacia atrás, precipitándome al vacío sin remedio. Y a partir de ahí todo se volvió borroso hasta que perdí el conocimiento.

Quienes presenciaron aquel acontecimiento no se ponen de acuerdo. Unos dicen que caí, pesado como una piedra, pero no me hice daño alguno. Otros notaron como si se ralentizara el tiempo durante mi caída, provocando un aterrizaje suave y delicado como el de una pluma. Y aún algunos aseguraron que el viento me atrapó, elevándome en el último instante, antes de estrellarme contra el duro suelo. Así ocurre con los milagros, que se hacen tantas versiones de ellos que uno no puede llegar a saber con certeza cuál es la verdad. Pero que existen, lo podemos comprobar por los resultados.

Desperté en casa, con el cuerpo vendado y lleno de quemaduras pero ningún hueso roto. Me levanté con cierta dificultad, sobre todo por la confusión que aún nublaba mi mente. Percibía una iluminación extraña en la habitación, proveniente de una ventana abierta que dejaba entrar, además, una agradable brisa que traía el olor de aire nuevo. Me asomé y vislumbré la punta del Pináculo, irradiando sobre la ciudad con un fulgor intenso, como la luz de las mañanas que debieron conocer los Ancestros antes de los Días de la Ruina. Su tonalidad variaba por momentos entre el amarillo, el violeta y el anaranjado; colores que había visto antes en una piedra que guardábamos sobre la repisa de la chimenea.

— Supongo que ahora está donde debe estar —oí la voz de mi padre a mis espaldas.

Me giré y allí estaba. Ciego, sin capa roja ni ningún otro ornamento que indicara que una vez fuera el Piha Mies Mooli. Quise decirle algo pero las palabras no salían de mi boca. Se dio media vuelta y, ayudado por un bastón, salió de la habitación, saludándome con una mano.

— Has hecho bien, hijo; has hecho bien —le escuché decir mientras se adentraba por un pasillo que lo hizo desaparecer en la penumbra.

Esta es, oh hijo mío Lintu, la primera parte de nuestra historia, a partir de la cual me nombraron príncipe sobre Tumma y gobernante de la región de la Penumbra Eterna. La historia de un humilde minero de las grutas, tu abuelo, que estuvo involucrado en el comienzo de sacar a nuestro pueblo de la oscuridad. Sí que es cierto que no acabaron ahí los problemas; que el nuevo esplendor de la ciudad atrajo nuevos enemigos porque, cuando se enciende una luz, las tinieblas siempre se esforzarán por apagarla. Pero lo más importante ya había sucedido. Que el Teho Arvoitus ya no era el poder de uno, ahora era la luz de todos; la Luz de Tumma.

 

GLOSARIO PARA CURIOSOS:
(Todas las palabras extranjeras usadas en este texto provienen de un idioma nórdico, concretamente el finlandés. A continuación transcribo una traducción aproximada de cada una de ellas.)

Tumma:  Oscuro
Hiiri:  Ratón
Lintu:  Ave
Mooli:  Topo
Harka:  Buey
Lempea Joki:  Río Manso
Kani:  Conejo
Teho Arvoitus:  Poder Misterioso
Juttu:  Cosa
Pyha Mies:  Hombre Santo
Reunus:  Frontera

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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