Andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas; porque el que anda en tinieblas, no sabe a dónde va. (Jn.12:35)

Nuestros ojos hubieron de habituarse de nuevo a la luz tambaleante y tenue de las lámparas de gas. Este hecho produjo cierta desazón entre nosotros; nos habíamos acostumbrado al resplandor del Teho Arvoitus, a su calor y, de alguna manera difícil de explicar, a su presencia. Volver a estar rodeados de semioscuridad en la casa se nos hacía extraño. Pero ninguno habló de ello. Nuestras cabezas ya estaban demasiado preocupadas con la evolución de la enfermedad de Mooli.

No sé cuánto tiempo pasó, si uno o dos meses, o tal vez tres. Yo seguía intranquilo por no tener noticias nuevas ni poder ver a mi padre, cuando me despertó un escalofrío. Era como si la temperatura hubiera bajado, de repente, en toda la casa. Tardé en reaccionar. Por un momento me quedé sentado sobre mi cama, dilucidando si había tenido alguna pesadilla. Me calcé mis botas de cuero de harka y bajé las escaleras alumbrado por una pequeña linterna parpadeante. Todo se hallaba en el más absoluto silencio. No sabía bien qué buscaban mis ojos, pero enseguida se posaron sobre la puerta tras la cual debía dormir el mineral. No se veía luz alguna a través del ventanuco. ¿Se habría apagado ya para siempre? Mis manos temblaban al acercarlas al pomo de la puerta, pues conocía la prohibición explícita de abrirla. Pero era necesario hacerlo para descubrir lo que ocurría: el Teho Arvoitus había desaparecido.

No tardó en armarse un revuelo en el edificio. El mago gritaba y gesticulaba echando chispas; si ya daba miedo cuando estaba tranquilo, ¡imagínate la sensación que me producía en ese momento! El capitán de la guardia oficial se llevó una buena bronca por no cumplir, supuestamente, con sus obligaciones. ¡Con tanta gente entrando y saliendo del edificio, cualquiera podría haberlo robado! Encargó que se registraran todas las inmediaciones de la casa, hasta varios kilómetros de distancia, para atrapar a un posible culpable. Pero a nadie se le ocurrió que el objeto pudiera estar todavía entre nosotros.

Convencido de que la piedra aún debía estar brillando, comencé a buscar por las habitaciones de la casa, mirando en cada rincón por si alguna luz desvelara el escondrijo donde podría hallarse. No dejé ninguna estancia sin visitar, salvo la de mi padre. Ahora que todo el mundo estaba ocupado buscando el mineral, nadie podía impedirme entrar a visitarle y revelarle lo ocurrido.

El cuarto despedía el olor característico de haberse mantenido cerrado durante mucho tiempo. La penumbra me permitió distinguir un revoltijo de mantas sobre la cama, ¡pero mi padre no estaba entre ellas! ¿Adónde había ido? ¿Seguía enfermo? ¿Lo habían trasladado? ¿O tal vez…? Rápidamente abrí la ventana, no sé si con el propósito de ventilar la habitación o con la esperanza de descubrir a Mooli atravesando el terreno del jardín. Y a decir verdad, no iba del todo desencaminado. Mis ojos se posaron sobre la construcción que se elevaba justo enfrente: el antiguo almacén de carbón.

La enorme puerta de madera se abrió sin dificultad. Una montaña desordenada de objetos se elevaba hasta casi tocar el techo. Me hice hueco entre vitrinas donde se acumulaban joyas, jarras y platos, percheros en que colgaban todo tipo de lujosos ropajes, cuadros extravagantes de marcos tallados en la madera más fina. Un haz de luz de colores cambiantes me guiaba por entre el laberinto de presentes que habíamos acumulado. Sus destellos se colaban entre copas de cristal, rebotaban en espejos y proyectaban sombras de armaduras, relojes, esculturas y otros objetos de lo más extraño.

Y, por fin, llegué a donde estaba. Su luz destellaba resplandeciente, como si estuviera contenta de hallarse en las manos del Pyha Mies. De espaldas a mí, me pareció que estaba tan concentrado en el mineral que no se dio cuenta de mi presencia.

— ¡Padre! —grité—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo es que…?

No terminé la pregunta. Al acercarme pude observar sus ojos enfocados en un punto indeterminado. Sus pupilas habían perdido el color. Estaba ciego.

— Solo… Solo quería verla una vez más.

Absorto, no podía articular palabra. Pero tampoco fue necesario; tras una pausa, retomó su respuesta, pareciendo más bien que reflexionaba en voz alta, en lugar de hablar conmigo.

— Bajé por primera vez a las grutas cuando contaba cuatro años. Sentí miedo. La oscuridad te envuelve en cada esquina si no estás cerca de la lámpara que sirve como única guía en ese lugar, lúgubre y frío. Es por eso, hijo, que no quise que bajaras cuando tuviste la edad para formar parte del trabajo de la familia; preferí que te quedaras arriba, ayudándome con el transporte del carbón. Pero pronto me di cuenta de que la luz que se vislumbraba arriba no era muy diferente de la de abajo.

Sus manos acariciaron el Teho Arvoitus con cariño mientras tomaba aire para continuar.

— Pero ese día… ¡Ese día todo fue tan diferente! Mis ojos se abrieron por primera vez a un nuevo tipo de resplandor. Un resplandor que, de alguna manera, alcanzaba a iluminar algo más que las simples retinas de mis ojos. Un resplandor que iluminaba por dentro y por fuera.

Hizo una nueva pausa y, por primera vez, giró su rostro hacia mí, extendiendo sus manos para ofrecerme su preciado tesoro.

— ¡Qué estúpido soy! He tratado de retenerla; hubiera querido que fuera solo para mí. Pero la piedra no ha nacido para estar encerrada. No entiendo por qué no me había dado cuenta. Sácala de aquí.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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