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Los cuervos observaban con atención desde el tendido eléctrico. Abajo, un grupo de vecinos se reunía para conversar. Gestos sospechosos, miradas suspicaces, palabras alzadas en la medida justa.

Las aves echaron a volar. Sobrevolando fachadas y tejados, recorrían las calles a su antojo. Desde las alturas disponían de un completo campo de visión de lo que ocurría en las esferas terrenales. De tanto en tanto, descendían con sigilo, ayudándoles sus negras plumas a camuflarse en la oscuridad de los callejones. Ningún objeto brillante fue lo que les atrajo, pero de alguna manera supieron que se hallaban frente a su objetivo. Se acercaron al hombre por la espalda, pausando sus movimientos, esperando el momento oportuno para actuar.

Pero no comenzaron por los ojos. Con un aleteo preciso se abalanzaron sobre su cabeza, arañándole el cuero cabelludo con sus garras, mientras algunas le pellizcaban la nuca para arrancarle jirones de piel. El hombre se giró asustado, no acertaba a ver a su enemigo, no comprendía qué estaba sucediendo. La confusión, unida a la sangre que le bajaba por la sien, comenzaba a nublarle la vista.

Inmediatamente descendieron para arremeter contra su pecho, despellejándolo con la intención de sacarle las entrañas; sus afilados picos buscaban el corazón. El hombre hubo de estrechar con fuerza su tórax para evitar que los órganos se le desparramaran sobre el sucio suelo. ¿Por qué le atacaban donde más duele? Pero no era capaz de pensar en respuesta alguna, tan solo podía retorcerse de dolor mientras las aves exponían sus vísceras a la intemperie.

La acometida no terminó ahí, sino en los brazos y piernas que los pájaros picotearon sin compasión para evitar que el hombre pudiera huir o defenderse. Así quedó, tirado en el suelo, inutilizado para la sociedad por unos pajarracos inmisericordes que le devoraron vivo sin aparente razón alguna.

El grupo de vecinos, antes mencionado, pasó por allí y le vio sobre un charco de sangre, incapaz de mantenerse en pie. Y se dijeron unos a otros que algo tenía que haber hecho, ciertamente, para merecer ese infortunio; que los hechos acaecidos confirmaban lo que, momentos antes, entre ellos estaban hablando; sintiéndose indiferentes y, sobre todo, completamente inocentes de lo sucedido. Y continuaron su marcha, susurrando de nuevo con gestos sospechosos y miradas suspicaces, mientras los cuervos les seguían, atentos desde los cables del tendido eléctrico, esperando a saber cuál sería su siguiente víctima.

Sé que esta historia parece macabra y cruel. Pero bueno, así es el chisme, la burla malintencionada y la crítica sin fundamento. ¿O no?

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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Comments

  1. Excelente Juan, me has sorprendido en este registro, ha habido momentos que me has recordado obviamente al gran Poe, también como es lógico me ha venido a la mente el no menos grande Hitchcock, pero a medida que he ido llegando al final en cuanto a simbología me has evocado al inigualable Buňuel.
    Gran mensaje como siempre y muy bien narrado, es de esos textos que dejan poso.

     
    1. Muchas gracias, aunque creo que exageras con las comparaciones. Inevitablemente la historia sí que me llevaba a pensar en “Los pájaros”, y debo confesar que Poe se me pasó por la cabeza, por su fama como escritor de cuentos de terror pero debo confesar que no he leído nada de este autor. Tampoco he visto ninguna de las películas de Buñuel (sí, lo sé; lo que me he perdido…)
      Pero muchas gracias por el comentario. Saber que gustan los escritos (al margen de comparaciones o falta de ellas) siempre es el mejor aliciente para seguir y disfrutar escribiendo. Y viniendo de ti que, lo confieso, admiro tus letras, lo valoro aún mucho más.
      Muchas gracias por la lectura y los ánimos.

       

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