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La fama que tenía el prestigioso seminario no era fortuita. De sus aulas habían salido algunos de los más reconocidos teólogos del momento. Su examen de acceso no se presentaba fácil para los vocacionados; solo alumnos muy aventajados tenían el privilegio de obtener una plaza entre sus aulas. Los profesores que impartían las clases eran auténticos eruditos en la materia que a cada uno le correspondía.

Sin embargo, a pesar de lo impresionante de tal currículum, ningún estudiante estaba preparado para la sorpresa de ese año, cuando uno de los profesores anunció, a mitad del curso, que se veía obligado a dejar las clases debido a una enfermedad; y que, en su lugar, tendrían a un sustituto de excepción. Con un asombro general que se apoderó de toda la sala, los alumnos escucharon que quien vendría a completar lo que quedaba del semestre no era otro que el mismísimo Jesús de Nazaret.

La noticia produjo en los estudiantes una mezcla de entusiasmo, respeto y orgullo. ¿Cómo lo habrían conseguido? No tenían la respuesta, pero era algo inusitado, una oportunidad única. La materia que le correspondería impartir era la de Hermenéutica, es decir, el estudio e interpretación de las Sagradas Escrituras. Por este motivo, los alumnos comenzaron a aplicarse aún más, si es que aquello era posible, en el estudio de dicha asignatura. Algunos de ellos sacrificaron horas de sueño, mientras que otros hicieron un ayuno voluntario a la hora del almuerzo para dedicarse a la lectura. Unos cuantos repasaban cuadernos y notas a la hora de la homilía. Y la biblioteca se convirtió, cómo no, en el segundo hogar de la mayoría de los estudiantes, donde pasaban de mano en mano diferentes versiones de la Biblia, comentarios exegéticos y transcripciones de los Padres de la Iglesia. Ninguno quería dejar una mala impresión en el Maestro; la sola presencia de tan eminente personaje estimuló a que cada uno se convirtiera en un pequeño experto en la materia.

Llegó el momento en que comenzaría la tan ansiada primera clase. Los alumnos estaban emocionados; algunos de ellos no habían podido dormir la noche anterior. El Maestro entró en el aula en medio de un silencio reverente. Todos se pusieron en pie. Tanto el decano como el rector asistieron a la presentación, por otro lado innecesaria, del ilustre profesor que el seminario tenía el honor de acoger entre sus aulas. Finalmente, dio comienzo la clase. Todos estaban expectantes. Jesús miró a su alrededor; parecía escudriñar cada cuadro en la pared y cada rincón de la sala ante la atenta mirada de todos los presentes. El silencio fue roto por su voz profunda y tranquila, aunque llena de autoridad:

— Salgamos fuera.

El alumnado siguió al Maestro, sin dilación y con sumo respeto, por los pasillos, bajando las escaleras y atravesando la puerta principal para salir al aire libre y caminar por los jardines que rodeaban el edificio. No fueron pocos los que tuvieron el mismo pensamiento: “Ciertamente el Señor prefiere la naturaleza a las construcciones humanas. La obra del hombre no le impresiona. Solo hay que recordar cómo habló, y tan certeramente, acerca de la destrucción del templo de Jerusalén. Sus discípulos estaban asombrados de las inmensas piedras del santuario, pero él profetizó que no quedaría una sobre otra. Sin duda, la creación de Dios es el mejor ambiente para hablarnos de las cosas que son trascendentes y eternas”.

Pero cruzaron también la floresta del seminario, saliendo a la calle, más allá de las verjas de la institución. Pronto se hallaron transitando por la vía pública, en medio del bullicio de gente comprando y vendiendo, y del ruido de un tráfico incansable regido por las luces de los semáforos. A pesar de la extrañeza de algunos, aún había varios avispados estudiantes que tenían pensamientos similares: “Con casi total seguridad, nos dirigimos a una plaza o algún otro lugar público; como cuando el Señor pidió a Pedro que apartara su barca para predicar desde allí a todos los presentes. Jesús siempre estuvo rodeado de gente que le seguía y le apretaba. Aquello que tiene para enseñarnos no es para nosotros solos, la gente tiene que escuchar su mensaje. Será una gran predicación, como en el Sermón de la Montaña. Y nosotros, como sus discípulos, escucharemos sus enseñanzas de primera mano, siendo así colaboradores en su obra de evangelización.”

Los estudiantes comenzaron a repasar todo cuanto habían aprendido en estos días. ¿Les hablaría de homilética o de soteriología? ¿Los introduciría a temas tan complejos como la predestinación o el mileniarismo? Las epístolas de San Pablo y el significado de las fiestas levíticas discurrían por sus mentes junto con los proverbios de Salomón y el simbolismo de Cantares. No querían que ninguna pregunta que el Maestro pudiera hacerles les pillara desprevenidos. Tan ensimismados estaban en sus pensamientos que no se dieron cuenta de que se habían adentrado en los barrios más pobres de la ciudad. Los drogadictos yacían en los portales de deteriorados bloques de pisos. Los alcohólicos zigzagueaban apoyándose en las farolas, con dificultad para tenerse en pie. Un puñado de niños sucios, descalzos y con la ropa raída dejaron de jugar con una lata oxidada para mirar al extraño grupito que llegaba. Una mujer salía de su casa con signos de violencia recibida por parte de su cónyuge. El olor de la basura esparcida por el suelo los despertó de repente. Miraron a su alrededor preguntándose por qué estaban allí. El Maestro se dio la vuelta y los miró con ternura al tiempo que les dijo:

— Hoy vamos a repasar la parábola del Buen Samaritano.

Aquel año ningún estudiante aprobó el curso.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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