Las estrellas alumbraban los sueños del caballero, conocedoras de su afán por deshacer entuertos y amparar al necesitado. Próximo estaba el amanecer que le brindaría tal ocasión.

Sonó el despertador muy temprano, como de costumbre. Se levantó decidida, sin prestar atención a su cuerpo adolorido ni hacer caso a las ojeras que vio en el espejo. Sabía que el cumplimiento de los horarios era muy importante; debía ceñirse a la rutina.

Era sábado. De veras que se hubiera quedado más rato en la cama, después de una semana intensa de trabajo. Pero se había prometido a sí mismo cumplirlo todas las semanas; era el día en que tocaba cambiar la corbata por una nariz de payaso.

La habitación estaba hecha un desastre, como la de casi todos los músicos. Aquella buhardilla alquilada resultaba inspiradora pero apenas le dejaba espacio para él y su guitarra. Tocó unos cuantos acordes antes de almorzar.

Parecía la entrenadora de un equipo de fútbol, dando órdenes a diestro y siniestro. Pero claro, con cuatro hijos en casa no era cuestión de dejar las cosas al azar. Hoy salían dos de excursión, una a la biblioteca y otra a un curso de formación.

Se vistió, ciñéndose la cota de malla, asiendo el escudo y envainando la espada. Preparó los aperos de su cabalgadura y salió a recorrer las villas, consciente de que aquella era región de bandoleros.

La cocina ocupaba una gran parte de su tiempo. Todo debía estar muy bien preparado. Hoy había puré para desayunar, pasta al mediodía y arroz para la cena. En el comedor le esperaba la anciana. Le saludó amablemente y se sentó a su lado con el plato sobre su regazo.

Los pasillos blancos del hospital siempre le causaban respeto. Pero una vez entró en la sala de oncología, el personal le recibió con una agradable sonrisa. Entró en un pequeño cuarto donde gozaría de un momento de intimidad. Sacó, entonces, de su bolsa un pantalón bien ancho y una camisa de colores.

Mientras cruzaba las calles de aquel barrio marginal trataba de no detener la mirada en los hombres que yacían en el suelo, víctimas de sus borracheras de fin de semana. Se sentó en el banco de piedra de un descuidado parque y afinó el par de guitarras que le acompañaban en esta ocasión.

Aunque por fin los niños se habían marchado, todavía quedaba mucho por hacer. Teléfono en mano, comenzó a llamar a unos y a otros, organizando detalles y asegurándose que todos traerían lo necesario. Quien la hubiera visto, sin duda, habría pensado que se trataba de una profesional.

El destino quería que el caballero cumpliera su misión. Unos bandidos atacaban a un campesino amenazándole con robarle todas sus cosechas. Lanzando gritos para llamar la atención de sus adversarios, arrancó al galope contra ellos. Les haría saber que, mientras estuviera de su mano, no tendría cabida la injusticia en su presencia.

La hora del baño era el momento más difícil, pues debía levantarla casi a pulso. La enjabonó y secó con mucha paciencia, recordando que fueron las manos de la anciana las que una vez le brindaron protección y cuidado a ella misma, cuando tan solo era un bebé. Ahora, el maldito alzhéimer solo permitía esos recuerdos a una de las dos.

Los niños no paraban de reír. Por un momento no importaban las monótonas batas verdes ni el dolor de las agujas ni la pérdida del cabello. Tan solo ver las caras de sorpresa cada vez que el payaso sacaba un ramo de flores de los sitios más inesperados. Hasta las enfermeras sonreían sin cesar ante cada gracia del absurdo personaje.

Pronto se vio rodeado de jóvenes del barrio. Entonces les prestaba una de las guitarras para que practicaran. A los chicos les encantaban esas clases gratuitas y no se las perderían por nada del mundo. Ya tenían pensado montar un grupo. Amenizaron el resto de la tarde con el ritmo de unos tambores improvisados por cubos.

El comedor social enseguida se llenó de gente: personas solas y familias enteras transitando entre perolas, platos y sartenes. Todos encontraron el suelo limpio y las mesas preparadas. A nadie le faltó un plato de comida ni un vaso de agua; ni tampoco una sonrisa o una conversación en caso de que fuera necesaria.

El caballero se despidió del agradecido campesino. No le dijo su nombre. Tampoco le importó. La gloria no era el fin por el que lidiaba. Ofrecer caridad a quien no tiene oportunidad de defenderse era toda su recompensa.

Tampoco su madre se acordaría, al día siguiente, de todo el esfuerzo que había hecho. Pero le bastaba con saber que una vez más había recibido atención impregnada de cariño.

Ningún periódico estaría interesado en divulgar la noticia del oficinista que se disfrazaba de bufón. Pero todo lo que necesitaba se lo llevaba del hospital: el recuerdo de las sonrisas de los niños.

Posiblemente no llegaría nunca a ser famoso. Pero confiaba en que el interés por la música evitaría, en cierta medida, que los adolescentes se involucraran en la mala vida de las calles.

Y jamás recibiría un sueldo mientras trabajara como voluntaria. Pero su corazón se henchía lo suficiente cada vez que observaba el rostro de alivio de algún indigente satisfecho.

Sus hazañas no quedarán registradas en los libros de historia ni ningún juglar cantará sus gestas. Se trata de caballeros sin nombre, paladines desconocidos, justicieros enmascarados, héroes anónimos.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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