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La primavera pasó, dejando un hermoso recuerdo de hierba bañada por el rocío y coloridas praderas revoloteadas por las abejas, donde las mariposas bailaban al compás de la silenciosa música de los rayos del sol. Estación en la que el viejo castaño albergó una vez más a mirlos y petirrojos entre sus ramas, las cuales volvían a reverdecer después de la crudeza del invierno. El árbol observaba el crecimiento de sus amadas hojas con la misma dulzura con que una madre loba amamanta a sus cachorros.

Los calores del verano le brindaron la oportunidad de ofrecer su sombra a los animales que venían a acogerse bajo su regazo. Las hormigas correteaban por la dura piel de su tronco, produciéndole un agradable cosquilleo. El astro sol propició que florecieran sus tallos, que pronto se convertirían en frutos, los cuales ofreció generosamente a ardillas y jabalíes. El viejo castaño, cuyas ramas se convirtieron en zona de juegos para aves y roedores, era uno de los árboles más hermosos y queridos del lugar.

Pero llegado el otoño, el rostro del buen árbol comenzó a formar una mueca de preocupación; sus hojas amarilleaban. Si bien el pálido color le otorgaba una belleza especial que resultaba en la admiración de montañeros y caminantes, él lo tomo como una señal que anunciaba el tiempo en que los erizos preparaban sus madrigueras y los lirones sus nidos. Sabía que se acercaba el invierno, el cual se mostraría inmisericorde con sus frágiles hojas, y traería consigo el cortante frío que tanto molestaba a su corteza.

Miró a las nubes, quienes siempre habían sido bondadosas con el castaño, ofreciéndole refrescantes lluvias en abril y cobijo momentáneo durante el caluroso agosto, y les suplicó que una vez más tuvieran compasión de su follaje y se contuvieran de verter sobre él su húmeda carga mientras durara la gélida estación. Las nubes deliberaron entre ellas y consideraron su situación, decidiendo atender a su ruego. Le aseguraron, pues, que harían cuanto pudieran para evitar cualquier molestia al afligido árbol.

Rogó también a la montaña, amiga suya y compañera desde tiempos inmemorables, si sabía de algún modo en que pudiera evitar los fríos vientos del invierno que siempre se incrustaban en su gruesa, pero delicada corteza. La montaña, consciente de cuán beneficiosas son las raíces del castaño para mantener la tierra bien sujeta y firme, quiso devolverle el favor y tuvo una idea para ofrecerle protección. Dejó caer una enorme roca que rodó hasta posarse junto al árbol, la cual le serviría de parapeto contra las tempestades que siempre atacaban desde el norte.

Por último, se dirigió a los pájaros, que habían tenido la dicha de anidar entre sus ramas, cuyos polluelos habían sido favorecidos por el cobijo de su espléndida fronda, y les pidió que arrancasen hierbas altas y resistentes con las cuales sujetar las hojas a sus ramas para tratar de frenar su caída. Les enseñó cómo hacer resistentes nudos, y las aves, agradecidas, se preocuparon de que no quedara ninguna hoja que no fuera reforzada.

Así, el castaño esperó la llegada del invierno con renovado optimismo.

Pero el giro implacable del planeta hizo disminuir las temperaturas y obligó a las nubes a dejar caer su agua en forma de nieve, cubriendo de blanco las ramas del apenado árbol. El astuto viento del norte consiguió esquivar la gran piedra que había dejado caer la montaña y arremetió con ímpetu contra el castaño, colándose el frío en su interior por su agrietada corteza. Y la escarcha que se formaba de madrugada deshizo los hilos que tejieron los pájaros para proteger sus hojas.

¡Oh, sus hojas, sus queridas hojas! Una a una cayeron, acompañadas del dolor y la angustia de un árbol que vio truncadas sus esperanzas. Una vez más el invierno ganaba la contienda, quedando el castaño desnudo ante el paisaje y desamparado en la intemperie. Aprendió con frustrante resignación que en esta vida hay inviernos que, por mucho que nos esforcemos, no podremos evitar. El viejo castaño comprendió que solamente nos queda aceptarlos y prepararnos para su llegada.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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