Me vienen a la cabeza varias historias. Pero todas ellas ya están contadas.

 

Geraldo entró en su despacho con ademán complacido. Aspiró el aire, que percibió tan limpio y nuevo como los libros sin estrenar de quien va a comenzar un nuevo curso. Se acercó a los enormes ventanales que ofrecían una vista privilegiada de la ciudad. Las calles de Sao Paulo resultarían estridentes y bulliciosas si no fuera porque aquellos cristales aislaban totalmente la estancia del mundanal ruido exterior. Aunque la zona donde se ubicaba el edificio se hallaba rodeada de arboledas y plantas que, además de ofrecer un agradable paisaje, alejaban el denso tráfico formando un oasis artificial en la estrepitosa urbe. Había llegado a lo más alto, y se lo merecía. Sus altas calificaciones y su doctorado en la carrera de Medicina fueron solo el comienzo. Especializado en Cirugía, parecía tener un don, una habilidad especial que daba a sus manos la insólita precisión de un maestro relojero. Este hecho le permitió ir subiendo puestos en su profesión rápidamente, demostrando su talento en los mejores hospitales del país. Pero cuando le llegó la oferta de una prestigiosa clínica privada, no se lo pensó dos veces. Podría dirigir a un selecto equipo atendiendo únicamente casos de políticos, empresarios y quienes pudieran pagar los altos costes del servicio que la entidad ofrecía.
Jugueteó dando vueltas a la silla antes de acomodarse sobre ella, repantigándose hacia atrás, sintiendo la tentación de apoyar sus piernas cruzadas sobre la mesa. Observó embelesado los títulos y diplomas que colgaban de la pared como si fuesen las obras de arte más preciadas del Louvre. Sobre la mesa, un par de retratos familiares destacaban el lujo de su vivienda y su flamante deportivo, a la vez que acompañaban una fotografía enmarcada del día de su graduación. Togas y birretes, y varios rostros que recordaba vagamente. Sonreía al mirar su porte, el de un joven que ya advertía que estaba dispuesto a comerse el mundo. Repasó uno por uno a sus compañeros, tratando de ubicar en su memoria dónde escuchó por última vez que se encontraba cada uno de ellos. Sin saber muy bien por qué, detuvo su pensamiento en Fabio. ¿Qué habrá sido del pobre loco? No había más que apreciar su mirada esquiva tras unas horribles gafas apoyadas en una prominente nariz, para darse cuenta de que no era más que un soñador sin futuro. Idealista hasta la médula, no había sido capaz de mantener un trabajo estable por más de tres años en ningún hospital. Hasta donde él supiera, nunca había obtenido un puesto importante y le perdió la pista hace ya más de una década.
Aunque es normal que le perdiera la pista. Su trabajo como voluntario en Sierra Leona le había hecho invisible a prácticamente todos sus conocidos y familiares. Alejado de los grandes medios de comunicación, luchaba anónimamente tratando de paliar los dolores de una agonizante guerra que todavía sangraba heridas en sus gentes. La presión y el horror a veces parecían superarle. Pero llevaba demasiados años allí; se había hecho a la idea de que para él ya no había alternativa posible. Las miradas de esas gentes, su dolor, su desesperanza… habían ahondado en su corazón. Era el lugar que él había escogido. Atrás quedaron las togas y los birretes. Él también estaba en la cima de su carrera.

 

“Los consejos de Hugo” empezaba a ser una página muy conocida en las redes sociales. Hugo había dado sus primeros pasos como youtuber subiendo videos de gatos por internet, pero la verdadera revolución para él fue descubrir cuánto gustaban las frases motivadoras y de ánimo en Facebook. Comparando la cantidad de “me gusta” y los comentarios que recibía en los diferentes posts, pudo entrever que lo que más interesaba a la gente eran los temas relacionados con el hogar y el cuidado de los niños. Interesado, comenzó a leer diferentes artículos de psicología familiar para enriquecer todo aquello que estaba compartiendo. Fue así que comenzó su aventura como blogger, convirtiéndose el suyo en uno de los sitios más visitados sobre este tema. Y con ello, vino también un trabajo inesperado que le llevaba a pasar muchas horas frente al ordenador: lo que había comenzado como un simple y divertido hobby, se había transformado en una gran responsabilidad, pues sentía que mucha gente dependía de él y de sus consejos. Incluso había quienes le escribían por e-mail, preguntándole por asuntos personales. Era un buen comunicador y ya estaba pensando en sacarse el título de coaching profesional. Sentía ese cosquilleo que le decía: “lo que estoy haciendo gusta a la gente, les hace sentir bien” y eso le impulsaba a buscar otra frase, otra cita, otro texto que provocara reacciones de emoticonos sorprendidos y felices.
Cansado, estiró los brazos y apagó el ordenador; salió del pequeño habitáculo que le servía de despacho con la intención de disfrutar de una merecida cena. Los niños saltaban tirando al suelo los cojines del sofá; el televisor encendido no había sido capaz de contenerlos. En la cocina, una mujer oculta tras el humo y el vapor de agua hirviendo peleaba contra sartenes y platos a medio fregar.
-¿Aún no está la cena? –espetó él- ¡Mira qué hora es! ¿Por qué no te pusiste a hacerla antes?
La mujer comenzó a proferir gritos pero él evitó el conflicto sentándose frente a la tele y cambiando al canal de noticias.
-Papá, ¿juegas con nosotros? –preguntó una de las saltarinas criaturas.
-He estado muy ocupado, hijo, y ahora debo descansar. Otro día…
-¡Siempre dices lo mismo! –sentenció con frustración su voz aguda-. ¡Nunca tienes tiempo…!
Y con un severo reproche le mandó callar. Otra noche que cenaron silenciosos escuchando únicamente el monólogo de la presentadora del noticiero. Otro día que se fueron los niños a dormir sin un paternal beso de buenas noches por tener la osadía e impertinencia de no comprender el complicado y ajetreado mundo de los adultos.
No era como Manuel, alguien que nunca leyó su página, quizá porque ni siquiera entendía muy bien qué era aquello de internet. Llegaba tarde a casa, cansado de una larga jornada preparando mortero, levantando muros y picando regatas. Con la ropa sucia y el cabello polvoriento, fue directamente al cuarto de baño para darse una breve ducha de agua caliente que hubiera deseado que durara más. Pero sabía que había de ir rápido porque el tiempo para la cena llegaría muy pronto y apenas tendría unos minutos para estar con sus hijos. Les repasó los deberes y escuchó todas esas historias casi intrascendentes que les pasaron en el cole. Después de cenar los acostó leyéndoles un cuento. Al salir, ayudó a su mujer a terminar las tareas que quedaban pendientes en la casa. Se acostó rápido y trató de dormir lo antes posible. Sabía que al día siguiente le esperaría otro duro día de trabajo. Y al llegar a casa de nuevo, estaba dispuesto a repetir el mismo patrón.

 

Mi vecina es una mujer respetada por todo aquel que la conoce. Es tremendamente culta y educada. Si visitas su casa verás que no hay vestigios de desorden. Ha educado a sus hijos en la más saludable cordialidad; no hay quien pueda reprocharle nada. Es, además, una mujer viajera y lugares como Turquía, China, India, Perú o Las Azores conocen las pisadas de sus botas de tacón. Eso le ha permitido adquirir un buen conocimiento sobre las culturas de otros pueblos, a los que respeta y considera con exotismo. A pesar de lo que pueda parecer, ella no presume de privilegios, ni vive como una estirada en ninguna mansión de lujo; es más, nos cruzamos a menudo cuando vamos a comprar al mismo supermercado y siempre me saluda con un amable gesto.
Allí, en la puerta de dicho comercio, suele sentarse una pobre mujer, siempre con la mirada fija en el asfalto, llena de arrugas y vestida con ropas que hace tiempo que no ven una lavadora. Un letrero mal escrito a sus pies invita a los transeúntes a echar un par de monedas sobre un pañuelo extendido en el suelo. Está acostumbrada a que la gente le ignore al pasar por su lado. Pero mi vecina siempre la observa con una expresión de lástima, farfullando para sí sobre lo mal que está el mundo y que los servicios sociales deberían hacer algo por esta pobre gente.
Terminada de hacer su compra, entró su sobrino en el mismo establecimiento. Con su chaqueta de cuero, melena desgarbada y cuatro piercings distribuidos entre orejas, nariz y labios, era la oveja negra de la familia; mi vecina no podía ni mirarle a los ojos. Su rostro cabizbajo denota que las cosas no le van muy bien. Viene a comprarse solo lo necesario: una barra de pan, tres latas de atún y un par de latas de cerveza. Al pasar, ve a la señora pidiendo limosna. Lo que parece una mirada furtiva le conmueve las entrañas. A la salida, lleva consigo dos bolsas de plástico, depositando suavemente una de ellas junto a los pies de la maloliente mujer. Al reposar sobre la acera, la bolsa deja entrever su contenido por la abertura: una barra de pan, un tetrabrik de leche y algo de fruta. La mujer alza el rostro para darle las gracias emocionada, pero el hombrecito es demasiado tímido como para detenerse en una conversación. Tan sólo se despide con un gesto de la cabeza, desapareciendo rápidamente entre la multitud. Esta noche, la mujer podrá cenar.

 

 

Ninguna es nueva; ya han sido contadas. Todas me recuerdan a la historia que contó aquel antiguo Maestro acerca de un hombre atacado y herido, de sacerdotes indiferentes que pasaban por su lado y de samaritanos bondadosos, extranjeros despreciados, que se detienen en el camino para ayudar al que está en apuros. Me recuerdan que no son los títulos los que cambian vidas, sino los hechos; y no es la teoría, sino la práctica, lo que los nuestros necesitan; tampoco es la emoción, sino la acción, lo que marca la diferencia; y finalmente, que no son los hábitos los que hacen monjes, sino aquellos que practican lo que se predica.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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