Este es mi pequeño homenaje a la que considero una de las mejores películas de Disney/Pixar, Del Revés (Intensa-Mente para Latinoamérica). Animo a leerlo, escuchando al mismo tiempo su espléndida banda sonora, de Michael Giacchino.

 

Alegría fue la primera que se despertó, mucho antes de que los primeros rayos del sol iluminaran el cielo del mundo de Riley y se asomaran por su ventana. Recorrió la sala de control, en su mente, combinando saltos y danzas, incapaz de contener su propia energía lo que, como de costumbre, interrumpió el sueño de los demás.

— ¡Alegría, por favor! —refunfuñó Ira, caldeando las brasas de su cabeza al tiempo que se limpiaba las lagañas—. ¿Podrías dejar de revolotear como un colibrí por toda la habitación mientras los demás dormimos? ¡Hay emociones que necesitan más de seis horas para calentarse!

— ¡Meeh! ¡Y los chirridos de tus pies resbalando por el suelo! —Asco se levantó con su habitual humor, sazonado de limón agrio—. Se te mete en los oídos y te pone la piel de gallina… ¡Comprenderás que es muy poco estético, y una tiene que cuidarse!

— Chicos, calmaos. Si ya es de día —les respondió, siempre positiva—. Bueno, casi de día; o sea, solo faltan tres horas para que salga el sol… ¡Pero tenemos que hacer los preparativos! ¡No podemos descuidarnos! ¡Hoy tiene que ser un día estupendo para Riley!

— ¡Oh! Estaba soñando con aquella película del perro que se moría —Tristeza, más que levantarse, daba vueltas en el suelo, remoloneando, en lugar de ponerse en pie—. Ahora me va a costar mucho volver a continuarlo donde me quedé…

— ¡Vamos, vamos! ¡Hay mucho que hacer! Para empezar, deberíamos escribir una lista de las cosas que quisiéramos que nos sucedieran hoy, y después otra con las maneras en que podemos conseguir que esas cosas sucedan, y luego… —insistía Alegría.

— ¡Nah, nah, nah! ¿Y dejar de lavarnos la cara, peinarnos y acicalarnos por la mañana? —interrumpió Asco—. ¿Desde cuándo has perdido el sentido sobre lo que es importante en la vida?

— ¡Eh! ¿Y qué hacemos con este? —Ira señaló a Miedo, que aún dormitaba en su cama, plácido como un bebé—. ¡No puede ser que algunos de nosotros estemos ya pencando, mientras otros duermen a pierna suelta!

Tan solo le rozó con el dedo índice en la espalda; suficiente para que se despertara con un enorme salto acompañado, cómo no, de un grito de histeria.

— ¡Aaaaah! ¡Es el oso! ¡Quiere obligarme otra vez a comerme la pizza de brócoli!

— Por lo menos esta noche no has soñado con el payaso que te persigue durante una fiesta… —le consoló Tristeza, por fin levantada.

— Mmmm… Fiesta… —meditó Alegría antes de gritar entusiasmada—. ¡Eso es! ¿Cuánto hace que no nos invitan a una fiesta? ¡Pues organicemos una nosotros mismos! Voy a transmitir la información para hacer los preparativos necesarios.

Alegría comenzó a presionar botones y mover palancas de la consola de mandos, pero los demás no parecían tan dispuestos, empezando por su más asustadizo compañero.

— ¡Quieta, insensata! ¿No te das cuenta de lo peligroso que es? ¡Podríamos intoxicarnos con las galletas si las tocan primero los otros invitados! ¡A saber la cantidad de gérmenes que cada uno puede traer de su casa!

— Sí, Alegría —se acercó Asco—. No queremos ponernos como una foca ahora que se acerca el verano.

Alegría se apoyó sobre la consola mostrando la mejor de sus sonrisas.

— ¡Está bien! Acepto sugerencias. ¿Qué queréis que le propongamos?

— ¿Y para qué proponerle nada? —protestó Ira enfurruñado mientras leía sentado un periódico, cuyo titular rezaba: “Riley a punto de despertarse”—. ¡Últimamente nos ignora, como si no existiéramos! Me pregunto qué se le estará pasando por la cabeza que sea más interesante que nosotros.

— Es verdad —añadió Tristeza—. Cuando quiso estudiar en la universidad y debía trasladarse a otro estado, Miedo trató de impedirlo, haciéndole cambiar de idea, pero no lo consiguió. Qué triste… Por Miedo, quiero decir.

— ¡Aún no teníamos suficiente información sobre primeros auxilios, no conocíamos la coordinación de los semáforos en la nueva ciudad… y no estaba seguro del tamaño de los castores de Oregón! —expuso Miedo con total claridad.

— ¡Riley ya tenía superado el asunto de las mudanzas! —informó Alegría—. Además, si no hubiéramos viajado hasta allí, nunca hubiéramos conocido a Tony.

— ¡Ni lo menciones! —se interpuso Asco—. Siempre iba despeinado, tenía una oreja más grande que la otra y para colmo era alérgico. ¡Le salían granos en la punta de la nariz en los momentos más inoportunos!

— ¡Pero si era supersimpático! —rió Alegría—. Cuando estornudaba, se tapaba la nariz con la manga de su jersey y tenía una pinta muy divertida…

— ¡No había manera de agarrarle del brazo sin acabar toda pringada! —Asco sacó la lengua mostrando una de sus más feas muecas—. Solo de pensarlo, todavía me dan ganas de potar. Por eso le hice saber que ese chico no le convenía.

— ¡Pero no te hizo caso y acabó saliendo con él! —se levantó de su asiento Ira, que se acercó para añadirse a la conversación—. ¡Como a mí, cuando le dije que le arrojara un libro a la cara a su jefe, ese día en que vino hecho un manojo de nervios y la tomó con el primero que se encontró por el camino! ¡Como si tuviéramos la culpa de que la secretaria se pusiera enferma el día en que venía el inversor! Yo le dije a Riley que lo dejara plantado, como a un limonero en invierno, o por lo menos que usara alguna de la lista de palabrotas que había preparado para un momento como ese. ¡Pero no, ella mantuvo el tipo y continuó con su trabajo! ¡La de años que hemos tenido que aguantar la frente arrugada de ese hombrecillo enfadado!

— Eso no es nada —Tristeza miraba al suelo mientras daba su aportación—. ¿Os acordáis cuando cogió aquella enfermedad que la dejaba tan cansada y apenas podía levantarse de la cama? Coincidió con la semana en que se discutió con su mejor amiga y en la que se rompió su coche y tuvo que vender algunas de sus pertenencias porque no les llegaba para pagar la reparación; y hacía muy poco que su hijo se había marchado a la universidad y notaba la casa tan vacía… Yo le insistí en que no comiera, que no hablara con nadie y que, si se movía, no fuera más que de la cama al sofá y del sofá a la cama… Pero ella se levantaba, hacía las tareas que le permitían sus fuerzas y conversaba con su marido y sus vecinos como siempre había hecho… — unos sollozos de autoconmiseración surgieron en la última parte de su discurso—. ¡Con el trabajo que me dio buscar todos esos recuerdos tristes que tenía pensado proyectar en su cabeza…!

Alegría, que no había perdido la sonrisa durante toda la conversación, apoyó sus brazos sobre Tristeza y les dijo a todos:

— ¡Eh, eh! Ya hemos pasado muchas veces por estas situaciones. Riley es nuestra amiga… o nosotras somos amigas de Riley… ¡qué más da! Lo que quiero decir es que ella nunca nos ignoraría deliberadamente. Es más, en todo momento le hemos hecho saber que existimos y ella lo ha percibido con claridad.

— Para ti es fácil decirlo —comentó Asco—. Desde niña siempre te ha escuchado, ya que eres su emoción principal.

— Eso no es cierto —respondió—. Y precisamente, desde el principio, yo quise algo diferente para ella. ¡Nos lo pasábamos tan bien durante la adolescencia! Yo deseaba que se divirtiera, que jugara y participara de fiesta en fiesta… ¡Que se olvidara de responsabilidades! En verdad yo me opuse al esfuerzo porque no quería que se arruinara la diversión.

Mientras hablaba, sostenía entre sus manos una esfera de recuerdos que acariciaba con cariño.

— Pero si siempre nos hiciera caso a todas nosotras, no hubiera estudiado una carrera, aunque fuera en otro estado; ni se hubiera casado con Tony, con quien ha formado una hermosa familia; ni tampoco hubiera mantenido ese trabajo con el que pudieron vivir bien durante tantos años; y, por supuesto, no sería la mujer fuerte de hoy, que es conocida y admirada por todos en el vecindario, que le tienen mucho cariño y confianza.

Y, ante el silencio expectante de las demás emociones, la risueña emoción creyó oportuno ofrecer una conclusión final a su discurso:

— En el pasado, Riley aprendió acerca de la importancia de las emociones y fue una gran lección; pero ahora ha aprendido a que no siempre hay que dejarse llevar por ellas, que muchas veces tendrá que tomar decisiones por encima de lo que nosotras le transmitamos.

De pronto, sonó la alarma de un despertador en forma de una suave melodía. Una luz intermitente situada en un extremo de la mesa advertía a las emociones que Riley estaba a punto de despertarse.

— ¡Rápido! ¡A vuestros puestos! —gritó Alegría emocionada—¡Nos toca entrar en acción! ¡Hagamos de este un día inolvidable, sintamos lo que sintamos!

Todas las emociones ocuparon su lugar tras el tablero de mandos, atentas a la pantalla que les permitía vislumbrar aquello que los ojos de Riley enfocaban desde el mismo momento en que los abría. Así, observaron el camino que tomó Riley para ir desde su habitación al cuarto de baño y, después de lavarse la cara, pudieron ver su reflejo en el espejo: el de una anciana de pelo cano y arrugas en la piel que revelaban muchos años ya vividos. Alegría apoyó sus codos sobre la consola mientras la miraba fijamente a los ojos; unos ojos que denotaban felicidad, comprensión, fortaleza y madurez. Y sumida en la profundidad de aquella mirada, le dedicó con un susurro las palabras que llevaba ya un largo rato pensando:

— Bien hecho, Riley. Has escogido bien.

 

Dibujo realizado por Juan Sauce.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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