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Como no podía ser de otro modo, fue en el monte Olimpo donde se reunieron todas las criaturas para su encuentro anual. Quisiera que se lo imaginaran: los dragones buscaban recostarse sobre la hierba, junto al Minotauro, y, mientras las sílfides revoloteaban juguetonas en el aire, los gigantes procuraban no aplastar a los liliputienses. Tenían la costumbre, lo crean o no, de contar historias, narrar cuentos y, de esa manera, traspasar la sabiduría de los más viejos a los más jóvenes. Quién sabe si fue este el origen de los mitos y leyendas que una vez eran tan ciertos, en tiempos antiguos, cuando se narraban en forma de poemas, relatos y epopeyas. Pero ya habrá tiempo de analizar estas cuestiones en otra ocasión.

Lo que ahora deseo compartir con vosotros ocurría en las últimas horas de la fiesta, justo antes del anochecer, cuando los rojos teñían un cielo que decaía, cansado ya del esfuerzo de hacer pasar las horas ante un público que no parecía darse cuenta de ello. Hablaban unos y otros, tratando de llegar a una conclusión sobre quién era el ser más extraño, impredecible y antagónico que existía bajo la cúpula estrellada a la que llamamos Universo.

— ¡Los unicornios son los seres más extraordinarios que existen!— era Pegaso quien hablaba; he escogido aleatoriamente, para empezar, a esta criatura como podría haber elegido a la Esfinge, o a un troll cualquiera, pues todos aportaban buenas ideas en aquella tarde mágica—. Se trata de un animal sabio y fuerte sin medida, de crines blancas como la nieve y sangre plateada fluyendo en su interior —continuó diciendo el alado equino—; a los cazadores, que anhelan las maravillosas virtudes de su cuerno, les es imposible alcanzarlo y, sin embargo, la simple belleza de una virgen de corazón puro puede cautivarlo para siempre. Sin duda se trata de una bestia paradójica y única.

— ¡Sí, eso! ¡Vivan nuestros primos! —rieron desvergonzados los centauros, quienes en otra era, tiempo ha, sabían comportarse con mayor dignidad.

— Si de belleza hablamos, ¿no somos las sirenas las más admirables de las criaturas que hayan poblado, tal vez, la faz del abismo? —dijo una de ellas con el melodioso canto de su voz, tan hipnótico y sensual como su cuerpo—. Hermosas y deseadas, admiradas y buscadas; pero al mismo tiempo temidas y peligrosas, capaces de sobrecoger de espanto y atar con los lazos de la muerte a quien cae en nuestro hechizo. ¿Hallaréis acaso a alguien semejante a nuestra especie?

— ¿Quién te crees que eres para presumir de esa manera? —protestaron las hadas de los bosques, las más famosas de cuantas existen, que se arremolinaron en torno a la chica pez—. Nosotras, aunque diminutas, poseemos gran poder pues actuamos sobre las fuerzas de la naturaleza, influyendo en los tiempos y mudando las estaciones. ¡Y vuestra raza no nos da ninguna envidia en cuanto a encanto, gracia y hermosura!

— ¡Ja, ja ja! ¿Hermosura? ¡Qué futilidad! —se escuchó la áspera voz de la Medusa, cuyas palabras fueron aplaudidas por algunos orcos bulliciosos agazapados detrás de las valquirias; a pesar de que captó la atención con su estridente risa, nadie se atrevió a mirarla directamente a la cara, ya saben, por el temor a que la visión de su feo rostro pueda a uno dejarle de piedra—. Las gorgonas sabemos que ningún ser hay comparable a la Hidra, con sus cientos de cabezas, capaz de regenerar dos por cada una que le cortan. ¡El iluso que cree estar dándole muerte con tal cercenamiento, en realidad le está otorgando mayor poder y vitalidad!

— Pues ya que mencionas la inmortalidad —propuso una tímida gárgola que se hallaba escondida en un rincón, pasando tan desapercibida como si de una estatua se tratase—, pienso yo que no hay criatura más sorprendente que el Fénix, que nace de su propia muerte, y la llama que lo consume viene a ser la materia prima que necesita para renovar su propia existencia. Dudo que podáis hallar criatura más extraordinaria y paradójica que esta entre todas las que alguna vez hayan sido conocidas.

Un resplandor dorado iluminó el lugar como una antorcha que se prende en la noche, expresión que resultaría más metafórica si no fuera porque ya se había ocultado el Astro Rey. Dicho fulgor provenía de la mencionada ave de plumas de fuego, que rutilaba de orgullo tras el breve discurso del grotesco monstruo medieval. Fue ese momento en que se hizo oír un viejo fauno, muy conocido por todos por sus historias y fábulas, quien se puso en medio para captar la atención de todos los presentes.

— Existe aún una criatura que sobrepasa toda contradicción mencionada hasta ahora. Parece tierna, pacífica y adorable. Pero, ¡ten cuidado! En cualquier momento es capaz de mostrar su más feo rostro y atacar sin contemplación ni remordimiento a quien, por un instante, ha dejado de caerle bien. Es imprevisible, pues no escoge como amigo a quien se muestra cercano sino a aquel de quien pueda sacar beneficio. Se le conoce como orgullosa, holgazán y caprichosa, y mucho hay de cierto en ello pues su mirada desafiante le hace a uno pensar que se cree superior y a más de uno se le antojará que esta criatura vive con ansias de conquistar el mundo…

Se propagó un murmullo generalizado sobre a quién debía referirse tal descripción. ¿Al basilisco? ¿A un fuego fatuo? Pronto se levantó un joven elfo, marcada su faz con la sonrisa de autosuficiencia de quien cree que ha encontrado la respuesta.

—El ser humano —dijo bien alto y claro—. Solo el hombre es capaz de semejante contradicción y egoísmo. Esta es la criatura que mencionáis.

Los seres allí presentes lanzaron una exclamación de asombro, pero mayor fue la del fauno que exponía su adivinanza. Con el rostro desencajado por la sorpresa, hizo ver al joven elfo su desacertada conclusión.

— ¡No! ¡Yo me refería al gato! —y, ensombreciéndosele la cara, como si una nube ocultara el brillo de todo aquello que tenía de afable y divertido, añadió con voz tétrica y misteriosa—: El hombre es aún peor de lo descrito, pues desde el principio de los tiempos se ha mostrado presto a pisotear a sus semejantes por envidia, rencor o poder. Se inventa prejuicios contra su prójimo para otorgarse una falsa supremacía. A pesar de su fabuloso ingenio, no es capaz de evitar las guerras que provoca su más oscura ambición. Incluso los más pequeños exhiben un venenoso deseo de acaparar todo cuanto pueden. Ni su propia casa cuida, destruyendo con afán el mismo hábitat que le rodea. Engaña, oprime, esclaviza, mata… a la vez que se muestra indiferente ante la necesidad y la desgracia de los que son de su propia especie.

El sobrecogedor silencio que siguió a las palabras del fauno fue roto únicamente por un licántropo, que lanzó a la luna un aullido de espanto. Varios gnomos se ocultaron bajo las piedras y algunos espectros se desvanecieron repentinamente en la oscuridad. El pequeño grifo se aferró a las alas de su padre buscando en ellas una supuesta protección. Buscaron a la criatura más antagónica y terrible y, he aquí, la hallaron. Aquella noche, inolvidable para todos, a muchos de ellos se les hizo difícil conciliar el sueño.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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