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Fue hace ya muchos años y era demasiado pequeño como para recordar los detalles, pero creo que fue más o menos así.
Dudo que conociera a ninguno de mis adversarios, a pesar de que todos procedíamos del mismo lugar. Pero no estaba por la labor de reconocer a competidores sin nombre; ni siquiera los tenía como enemigos. Todo mi ser se concentraba en una sola cosa: llegar a la meta y conseguir el premio.

La batalla fue muy dura. Salimos todos a la vez, a la máxima velocidad que podía permitirnos nuestra corta existencia. Seguro que tropezábamos unos con otros, en esa carrera de multitudes, una marabunta tan grande que no me sorprendería si me dijeran que éramos miles… ¡o millones! Empujados unos por otros, actuábamos sin compasión hacia nuestro prójimo, como una manada que lucha por su supervivencia. Muchos se quedaron por el camino, cansados, exhaustos, sin fuerzas. Otros se equivocaron de ruta, quedando así condenados, no solo al fracaso, sino a la muerte. Y es que no resultaba fácil orientarse por aquellas extrañas grutas, cavidades sin señalización, lugar solitario y hostil en el cual nunca había estado… ¡Y sin luz! ¿Qué fue lo que me guió? Pienso que fue el instinto, algo más fuerte que yo que me hacía poner en movimiento todo mi cuerpo, ayudado por mi única extremidad.

Finalmente llegué al destino. Pero no fui el único. Ni siquiera sé si fui el primero. Como locos comenzamos a buscar desesperadamente la entrada de aquel lugar. Cada segundo que pasábamos palpando la pared era un tiempo precioso que jugaba en nuestra contra. Pero finalmente lo conseguí. Hallé el angosto acceso por el cual me deslicé hasta el interior. La entrada quedó bloqueada tras de mí. Nadie más pudo entrar. Quienes quedaron fuera estaban destinados a extinguirse. De todos ellos, solo yo continuaría esta carrera de ahora en adelante. Pagué un precio por mi hazaña: perdí mi cola. Pero obtuve a cambio la salvación, la victoria, el premio, la vida. En aquel momento, mi unión con aquel organismo, en el útero materno, engendró algo. Fue engendrado algo que, tristemente, tardé muchos, muchísimos años en descubrir: iba a nacer un ganador.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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