Escogí esta residencia porque me pareció que la que vivía en ella era una familia tranquila. El padre de familia pasaba las horas leyendo el periódico sin moverse del sofá; a su lado, su esposa se dedicaba a sus labores entre hilos y agujas de costura; y en su habitación, la hija de ambos practicaba con el violín, pues toda buena dama que se precie debe aprender a tocar, por lo menos, un instrumento de música.

Pero finalmente sucedió lo que me temía: nada más verme pasar cambiaron su semblante, haciéndome muecas de asco, dándoles el soponcio o profiriendo gritos de histeria; eran capaces de corretear por toda la casa con tal de no verme. ¡Incluso una vez me lanzaron una manzana del frutero con objetivos muy poco dignos! Como si verme aplastada en el suelo resultara una visión mucho más agradable y placentera…

La verdad, no entiendo el porqué de tanto menosprecio. Nunca les he hecho nada. Tan solo busco algo de cobijo para no estar a la intemperie, y me pareció que esta vivienda era lo suficientemente grande para que todos pudiéramos compartirla. No ocupo mucho espacio. Es más, ni siquiera les robo la comida, ya que me conformo con sobras y restos de basura. Pero la criada tampoco me quiere y, en cuanto me ve aparecer por la cocina, la emprende a pisotones conmigo, así que siempre suelo estar hambrienta y asustada.

Se me ocurrió, pues, que encontraría un buen refugio en la habitación del hijo mayor, quien pocas veces se encontraba en casa. Trabajaba viajando muchas horas, a veces días, como comerciante y, cuando llegaba después de una larga jornada, estaba demasiado cansado como para que se fijara en mí. O al menos eso pensaba porque, una vez se percataba de mi presencia, agarraba los folletines de trenes y trataba de estamparlos sobre mi cabeza, como si pensara que era tiempo de que me marchara y tuviera para ello que memorizarme los horarios y las estaciones indicadas en el libreto.

El canapé de su habitación me ha servido como escondite durante mucho tiempo. Allí debajo he pasado horas lamentando mi desgracia con los muelles como testigos de mi desgracia. Hasta que un día ocurrió algo totalmente inesperado.

Apareció de repente y confieso que no le reconocí; ¿cómo iba a hacerlo si se veía tan cambiado? Esas antenas tan bien puestas; el caparazón en su sitio, cubriéndole perfectamente el abdomen; y esas patitas diminutas tan graciosas y que tan torpemente movía, como si fuera la primera vez que las usaba. Si algún defecto tenía era su enorme tamaño, tan grande que apenas cabía debajo del diván donde vino a refugiarse aquella mañana.

Estaba asustado y parecía que huía de alguien. Creo que tardó bastante en darse cuenta de que también me encontraba allí. Ese primer día no me dijo nada ni hizo ninguna señal, ni de aprobación ni de rechazo. Tan solo me miró durante un rato, entre jadeos y miradas de confusión, hasta que se quedó dormido.

A partir de ahí, pude ver lo que se convirtió en su rutina diaria. Pasaba la mayor parte del tiempo solo, sin salir de la habitación; ya que cada vez que lo intentaba, se armaba un vocerío tremendo y le obligaban, a empujones, a regresar de nuevo al refugio del sillón. Una vez hasta le atacaron lanzándole, como a mí, una manzana del frutero, la cual se le quedó incrustada cruelmente en el caparazón.

De tanto en tanto le traían algo de comer. Lo hacía la hija de la casa, pues la criada se despidió en cuanto apareció mi nuevo compañero; supongo que se veía incapaz de matarlo de un pisotón, de tan grande que era. Pero da igual, el desprecio es el mismo. La chica le dejaba en el suelo restos de basura y sobras que eran barridos con una escoba desde la puerta, si algo sobraba, pues le daba asco si quiera entrar en la habitación donde se encontraba.

Al cabo de un tiempo retiraron todos los muebles de la habitación, excepto el canapé donde nos escondíamos. Esta nueva situación le puso muy triste; parecía que le arrebataban algo que era suyo. Traté de comunicarme con él pero hablaba un idioma a medio camino del mío y el de aquellos que una vez fueron de su especie. Fue durante ese tiempo que lo comprendí; él era uno de ellos, concretamente el hijo mayor, el mismo que había tratado de golpearme con los panfletos de la estación.

Por alguna extraña razón se había transformado, mejorando mucho con el cambio, por cierto. ¡Ahora se parecía tanto a mí! Llegamos, pues, a hacer muy buenas migas. Decidió compartir conmigo parte de sus desperdicios y me hacía sitio bajo el diván para que no me sintiera sola. Fue el comienzo de una gran amistad. Pero tristemente se vio truncada por su prematura muerte; no sé si debido a la herida que tenía en la espalda o de tristeza y añoranza.

No he conocido a nadie que comprendiera mi desgracia como él. Parece mentira que a veces alguien tenga que pasar por una situación desagradable para entender lo que sufrimos los demás. ¡Ojalá hubiera en este mundo mayor empatía! Y aún es triste que, tras su partida, su familia respiró aliviada; pero yo lo recordaré con aprecio. ¿Cómo se llamaba? Ahora no me acuerdo de su nombre… Era Samsa, o Kafka, o algo así…

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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