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{Esta es una nueva versión de un texto que ya había publicado anteriormente. Concretamente he cambiado los tres últimos párrafos del relato, mejorando la historia, o al menos así me lo parece. Si alguien desea compararla con la antigua versión, puede clickar aquí.}

 

Con el paso de los años, he llegado a relacionarme mucho con las letras. Como escribiente, hemos pasado muchas noches en vela juntos, con la mente en blanco, pero al final siempre hemos sabido llegar a un acuerdo, encontrando la manera de comunicarnos. Hemos batallado contra los mismos dígrafos, tildes y diptongos. Tanto cabalgar juntos nos ha otorgado cierta confianza. Hasta el punto de que incluso han llegado a revelarme algunos de sus secretos. Os aseguro que es emocionante escuchar, de ellas mismas, cosas que otros solo pueden conocer al leer palabras que han sido previamente escritas.

Fue en una de esas conversaciones privadas, cuando me hallé en una situación un tanto inusual, en una mañana de abril en que me disponía a escribir mi relato de los miércoles. En esa ocasión, la letra A salió de su abecedario antes de que pudiera colocar mis manos en posición de ataque frente el teclado del ordenador. No venía, que digamos, con cara de buenos amigos, si es que se puede decir que las letras tienen rostro -aunque, con la costumbre, ya he aprendido a distinguir sus emociones; las letras son muy expresivas-. Así que, como digo, parecía que se había levantado con el pie izquierdo, es decir, el que comienza según el orden de lectura. Y preocupado, como estaba, de que ese hecho pudiera significar una mañana falta de creatividad, le pregunté:

— ¿Estás bien, vieja amiga? No pareces tener hoy muy buen aspecto. ¿Has dormido bien?

— ¿Y qué esperabas? —me respondió irónicamente. Me extrañó porque no recuerdo haberla visto antes así—. ¿Alguna vez has pensado en cuánto trabajo me das?

Perplejo, quise saber a qué se refería.

— Me usas demasiado. Que una cosa es tenernos confianza laboral y otra que tú quieras llevar la voz cantante todo el tiempo, cuando soy yo la que suena.

— No entiendo a qué te refieres. ¿Pretendes decir que me aprovecho de ti?

— “Amaba más la cama cada mañana, al acabar la batalla”, escribiste anoche, si no recuerdo mal… Me hiciste sudar la gota gorda. ¡Y has de tener cuidado con eso porque estoy hecha de tinta! Aunque, claro, la culpa no es tuya, sino de los académicos que echan sobre mí tanta responsabilidad.

Me daba cuenta de que había algo que a la letra le molestaba desde hacía tiempo, pero que ahora salía a la luz. Me vi, por tanto, en la obligación de dejar a un lado mi profesión de escritor para disfrazarme de psicoterapeuta de las letras…

— Cuéntame. ¿Cuál es el problema exactamente?

— ¡Intenta escribir una historia dejándome de lado y verás a lo que me refiero! ¿Has visto cuántas páginas ocupa mi sección en el diccionario? ¡Se me usa demasiado! ¡Necesito un respiro, unas vacaciones! ¡Quisiera ser como una de las letras que no tiene tanto trabajo!

— Es el precio de ser popular.

Pensé que esta respuesta le animaría, pero ella replicó atropelladamente:

— ¿Popular? ¿Y quién quiere serlo? Siempre tengo que encabezar los listines telefónicos y las enciclopedias. ¿A qué niños llaman primero al pasar lista en el colegio? ¡A los que su apellido empieza por mí! ¡Seguro que me odian! Soy la letra más codiciada en la baraja española, ¡cuando se supone que tendría que ser un número! Me pronuncian cuando bostezan, cuando les pisan un callo, cuando responden medio embobados a afirmaciones en las que nunca habían pensado…

— Ah… —respondí yo, sin saber muy bien lo que decía.

— Me gustaría ser como la Z. Ella sí que vive bien. Tan última que hasta a veces se la olvidan. Cuando leen un listado en orden alfabético, muchos se cansan antes de acabar, y ella no penca. Tengo entendido que en Latinoamérica ni siquiera la pronuncian; prefieren la S, que es más sonora. ¿Y sabes cuántos puntos vale en el Scrabble? ¡Diez puntos! ¡Como si fuera una letra exótica! Sin embargo, a mí me tienen por una letra tan vulgar… ¡Seguro que ahora, a pesar de que has venido a escribirnos, ella está durmiendo tranquilamente!

— Zzzzzzzz —se escuchó al fondo del abecedario.

— Todos podemos ser quien nosotros queramos —dije, creyéndome todo un profesional, repitiendo el slogan de cierta película Disney—. Pero, ¿la Z? ¡Tendrías que partirte en trocitos y reconstruirte para poder adoptar esa forma! ¿No sería mejor la V? Solo tendrías que darte la vuelta.

— ¿Y que se me suba la tinta a la cabeza? Me marearía…

— Bueno; te duplicas y formas una M. O te separas y te conviertes en H.

— Déjate de tonterías, que quiero que me lean menos, pero no quedarme muda. Estoy pensando en ponerme una peineta, como hizo la N para convertirse en Ñ. No le queda mal, y es una letra muy española.

— En tu caso, parecerías más bien eslovaca, o algo así. Oye, está muy bien que quieras ser otra letra, pero no deberías perder tu sonoridad. ¿Qué haríamos nosotros con tantas consonantes, con lo difícil que es mezclarlas? Mejor cámbiate por otra vocal. La I, por ejemplo, creo que estaría bien. Siempre sonreímos al pronunciarla.

— ¿Esa estirada? ¡Por favor! Si es una repipi… Vale, conviérteme en una O, que siempre es igual, sea mayúscula o minúscula; así dará menos trabajo. Creo que es una letra redonda…

— ¿Que yo te convierta? ¿Qué he de hacer?

— Pues borrarme un poco. Y después me ensanchas, como si inflaras un globo. ¡Vamos!

Y ahí estaba yo, haciendo una operación de cirugía estética, cambiando el bisturí por un tintero y una pluma; bueno, como no tenía ninguna a mano, usé el Rotring del colegio de mi hijo…

La cuestión es que la A se convirtió en O, y yo me sentí satisfecho por haber ayudado a una de mis amigas a sentirse realizada. Resuelto, pues, este problema, me dispuse a escribir mi relato, pero empecé a notar que las cosas no iban bien. Miré al protagonista de mi historia y descubrí, con horror, que ya no era un hombre cuyo cabello peinara canas como yo lo había descrito; en su lugar tenía conos, ¡y se veía muy extraño con esa especie de pirámides sobre la cabeza! ¡También le había cambiado el vestuario y ahora, en lugar de bambas, llevaba bombos en los pies, haciendo un ruido enorme al caminar! Me lo había imaginado empuñando un arco con sus manos pero ahora, en su lugar, veía monos agarrando a un orco. ¡Y cuando quise que saliera por la puerta, casi se cae al agua en un lugar lleno de barcos! En resumen, que la historia que yo estaba contando tan alegre, se había ido al garete en menos que canta un gallo.

¡No pude seguir escribiendo más! Tenía previsto llenar al protagonista de una gran cantidad de dólares, pero ya me lo imaginaba retorciéndose angustiado por el suelo si me atrevía a seguir presionando las teclas del ordenador. Tuve que suplicarle a la A que volviera a ser la misma de siempre. Que no se imaginaba hasta qué punto su cambio podía afectar el curso de toda una historia y que sería terrible si todas las As del mundo no quisieran ser como ellas son. ¡Las necesitamos! ¡Compararse con otras letras no debe de ser motivo para tratar de imitarlas! Cada una es única y particular. Creo que tendría que haber empezado por ahí mi sesión de terapia…

La A entendió perfectamente lo que le pedía –creo que las extravagantes cornamentas de mi personaje le ayudaron a comprenderlo-. Aunque tuve dificultades para conseguir que adoptara su puntiaguda forma, debido a que estaba hecho un manojo de nervios. El resultado fue que quedó hecha un garabato, con una pata torcida y el puente a medio caer. Pero no me importa; es mi amiga y la quiero tal como es. Y creo que ella también ha aprendido a apreciarse, con los pros y los contras que conlleva ser uno mismo. ¡Oh, qué grandes son las letras, que una vez más nos enseñan tanto! Por mi parte yo también he aprendido algo: a no presumir de psicólogo ante ninguna vocal y meditar mejor los consejos que pueda ofrecer. Sí; y a amarme a mí mismo y no pretender ser otro que quien soy. Así que dejaré mi empeño de escribir como Dostoyevski y trataré de ser yo mismo. Quizá en alguna parte del mundo necesiten de mí…

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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