El pueblo que estaba en tinieblas vio gran luz. (Is.9:2)

 

Han pasado centurias desde que acabaran los Días de la Ruina. Desde entonces, los supervivientes de aquella guerra que puso fin a la Confederación de los Doce Reinos hemos transmitido nuestra historia de forma oral, como lo hicieran los Ancestros en tiempos remotos. Así hemos salvaguardado nuestra tradición, al haber desaparecido otros medios de comunicación para preservar nuestra cultura. Ahora me toca a mí, Hiiri, príncipe errante de Tumma, relatarte a ti, Lintu, hijo mío, la historia de nuestro pueblo y de cómo todo cambió a partir de un acontecimiento en el que estuvo involucrado un humilde minero de las grutas llamado Mooli: tu abuelo; mi padre.

 

Golpeaba la roca con parsimonia resignada, fruto de años de acostumbrado trabajo. La temblorosa luz de la lámpara de gas proyectaba fluctuantes sombras sobre la pared. Una carretilla oxidada esperaba para ser cargada del preciado mineral que había venido a buscar: el carbón. Desde niño siempre supo que sería minero; su padre lo fue, así como su abuelo. Y sabía también que esa era la única herencia que podría dejarle a su hijo.

Llevaba bien avanzada la jornada cuando notó un sonido extraño, acompañado de una vibración igualmente inusual, causado por su pico. El eco repitió el sonido metálico por toda la cueva. Había golpeado algo que no era el habitual mineral fósil. Se agachó para observar, con curiosidad, un punto claro y brillante que se entreveía entre la negrura de la veta. Intrigado, escarbó con su mano para apartar los restos de piedrecillas que tenía alrededor y desincrustó aquello que fuera lo que estaba viendo. Alzó el objeto con las dos manos y sopló para quitar el polvo grisáceo que se había acumulado. Se trataba de una piedra cristalina, cuya coloración variaba entre verde, azul y violeta, según la iba girando. Le sorprendió que, a pesar de su evidente dureza, era extraordinariamente ligera. La volteó una y otra vez, observando sus ángulos perfectamente geométricos. Nunca había visto nada igual.

De pronto tuvo un presentimiento. Se acercó a la lámpara de gas y giró la ruedecilla para apagarla. Por unos instantes todo quedó completamente a oscuras y a punto estuvo de pensar que lo que se le había pasado por la cabeza era una somera tontería. Pero enseguida la piedra que sostenía en sus manos comenzó a brillar. Al principio fue un destello leve que iluminó suavemente la estancia. El techo y las paredes de la gruta reflejaron aquella luz azulada en cada arista y cada saliente de la veta de carbón. La descripción que me dio de aquel momento es maravillosa: daba la sensación de que se encontrara bajo la bóveda celeste, en miniatura, rodeado de cientos de estrellas que podía tocar apenas extendiendo la palma de su mano. Algo realmente asombroso para alguien que nunca ha podido contemplar las constelaciones en todo su esplendor. Y, de repente, todo el lugar se iluminó con un fulgor tan intenso que tuvo que dejar caer, asustado, el objeto pensando que podría quemarse. Temió por un momento que la caída pudiera partir en dos el extraño mineral, pero pronto comprendió que aquello era indestructible. Lo recogió de nuevo y comprobó que estaba frío. Sin embargo podía percibir que, de alguna manera, emanaba cierto calor que otorgaba al lugar una temperatura agradable.

Volvió a encender la lámpara. La piedra pareció apagarse, aunque no por completo. Miró nerviosamente a un lado y a otro, deseando que nadie hubiera visto ni oído nada. Estaba solo en esa galería, pero sabía que podría haber dos o tres trabajadores en el túnel contiguo. Cada habitante de Tumma recogía carbón en diferentes grutas, según las tenían asignadas, pues cada cual proveía para su propia casa. Mooli guardó el objeto en su mochila para ocultarlo de ojos curiosos. Para su exasperación, parecía que la oscuridad de la bolsa incitaba a la piedra a brillar, pues se escapaban pequeños haces de luz por entre los agujeros del ya muy gastado cuero. Abrazó la mochila apretándola contra su pecho y corrió en dirección a la salida. Subió a la rudimentaria plataforma de madera que hacía la función de ascensor y accionó los botones del mando que hacían arrancar un estrepitoso y humeante motor que la elevaría hasta la superficie. El lento ascenso por el pozo le pareció eterno. Las cadenas chirriantes a su paso por las oxidadas poleas aceleraban su corazón, temiendo que llamaran la atención de alguien que se acercara a preguntarle por qué abandonaba la mina tan temprano. Pero ni siquiera el vigilante de la entrada le dijo nada. Supuso que habría tenido un accidente y corría al dispensario para recibir algún tipo de cura, algo habitual este trabajo.

La luz del exterior no difería mucho de la de la mina, por lo que sus ojos no tuvieron que hacer mucho esfuerzo para adaptarse. Arriba aguardaba el carro de la familia, un gastado vehículo de madera adaptado para ser tirado por un viejo harka, animal descendiente de lo que una vez fueron los bueyes. Y junto a él, un joven de cabello oscuro y enredado que se sorprendió de verle aparecer tan pronto y sin ningún cargamento de carbón, el cual iban a transportar a casa sobre el carromato.

— ¡Padre! ¿Ocurre algo? ¿Estás herido? —fue mi reacción al observar su mirada nerviosa y desconfiada.

— ¡Estoy bien, no hagas preguntas! —respondió con severidad—. ¡Vámonos a casa! Debo ocuparme de un asunto importante.

Con un leve toque de una caña sobre el lomo del animal puse el vehículo en marcha en dirección al pueblo, con un cargamento mucho más ligero que el previsto. Hicimos el viaje en silencio, con las únicas voces de mi cabeza, que forjaban conjeturas acerca de lo que podría estar sobreviniendo a mi familia, y sobre Tumma entera.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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