La luz en las tinieblas resplandece (Jn.1:5)

 

— Evita los caminos por donde puedan verte —fue la única indicación que me dio mi padre durante toda aquella travesía. Para ello me señaló la ruta del río, que rodeaba la calzada principal. El cielo cobrizo se reflejaba en las mansas aguas del Lempea Joki, transformado en un espejo natural que repetía la imagen de una carreta que avanzaba cansina hacia su hogar. Visto de lejos, el paisaje presentaba dos siluetas negras contrapuestas a la luz de un atardecer.

Yo no comprendía la razón por la que debíamos pasar desapercibidos pero la orden no era difícil de cumplir. Hacía tiempo que el planeta había dejado de rotar, dejando nuestra parte del continente bañada en un ocaso perpetuo, teñida a menudo de rojos y anaranjados. La escasa iluminación, por tanto, no permitiría distinguir los rostros de quienes se nos cruzaran por el camino, a no ser que fuera desde una distancia muy corta. Si no recuerdo mal, tan solo un par de sombras anónimas pasaron junto a nosotros sin que llamáramos en absoluto su atención.

El misterioso cargamento que llevaba Mooli en el interior de su mochila me intrigaba cada vez más, pero no hice ninguna pregunta. Conocía bien a mi padre, reservado y terco; si de algo no quería hablar, no abriría la boca ni con el pisotón de un harka.

En poco tiempo llegamos a las primeras casas. Allí, la luz del Pináculo amenazaba con robarnos la seguridad de la penumbra eterna. Esta inmensa columna piramidal se erguía desde la plaza central, alzándose orgullosa varios metros por encima de las casas más altas. Símbolo y estandarte de Tumma, sobre su cúspide ardía una enorme y perenne llama alimentada, según decían, por un gas en combustión que subía por el centro hueco del imponente monumento artificial. ¿Quién la construyó? Nadie lo sabe. Todo lo que se dice es que los primeros habitantes de Tumma edificaron sus viviendas a su alrededor. Ya estaba allí antes de la fundación del pueblo.

Atravesamos varias calles enrevesadas que rodeaban las edificaciones, de paredes blancas y tejados cónicos. Todas ellas rodeadas por mustios jardines que permitían brotar varias especies de tubérculos y, con suerte, algunas hortalizas. Junto a cada vivienda, se alzaba un viejo almacén que permitía guardar el carbón recogido en las cuevas, dispuesto para arder en la chimenea, que ocupaba el centro de la estructura circular de la residencia.

Llegados a nuestra casa, Mooli hizo venir a todos nuestros parientes: primos, hermanos y cuñados, para mostrarles el inusitado hallazgo. Se aseguró de que las puertas y ventanas estuvieran bien cerradas antes de sacar el objeto de su mochila. La piedra todavía conservaba una tenue aura luminiscente. El estupor fue general, incluyendo el mío, pues ninguno habíamos visto nunca nada tan extraño. Pero el asombro fue mayor, casi entrando en pánico por parte de mi tío Kani, que cayó de espaldas, cuando Mooli hizo una demostración mandando apagar el fuego de la chimenea y las lámparas de gas que iluminaban la habitación. El resultado fue el mismo que en la mina: la piedra brilló con tal fuerza que se hacía difícil mantener los ojos fijos en ella por mucho rato.

Ninguno de los presentes pudo dilucidar el origen del extraordinario mineral. Debatieron entre ellos sobre diferentes teorías, casi todas asociadas con leyendas e historias que remitían a los Tiempos Antiguos, cuando los Ancestros habrían forjado cierto misterioso objeto que traería la paz y la esperanza en tiempos venideros. En el pensamiento popular se asentaba la idea de que el mito se refería a un arma, con la que podríamos dominar a las tribus del sur y defendernos de los pueblos del oeste, mucho más poderosos que Tumma, aunque no se sabía de ninguna generación que los hubiera conocido. La cuestión es que nadie podía asegurar que el peculiar objeto que ahora teníamos delante estuviera relacionado con alguna de aquellas historias.

Pero lo más difícil era saber qué hacer en ese momento. No deseábamos extender la noticia del descubrimiento, por lo que decidimos ocultarlo en casa. Sin embargo, resultaba difícil esconder algo que brilla tanto. Es más, parecía que la roca se empeñaba en relumbrar con mayor intensidad cuanto más oscuro era el lugar donde se la depositaba. Por ese motivo tuvimos que descartar la idea de encerrarla en un baúl o un armario, pues la luz se hacía notar entre las rendijas de la madera, e incluso parecía atravesarla al cabo de un tiempo, como si no la ocultara más que una fina cortina. Tampoco pudimos enterrarla en el jardín; misteriosamente volvía a aparecer en la superficie, como si ella misma se negara a permanecer sepultada, refulgiendo nuevamente rodeada de briznas de hierba verde que parecían impropias del lugar donde crecían.

Decidimos, pues, que descansaría sobre la repisa de la chimenea, situada en el centro de la estancia, pensando que con la luz del fuego y las lámparas de gas, la piedra no emitiría brillo alguno y así pasaría inadvertida. Pero resulta que el mineral no solo emitía luz, sino también calor, envolviendo, no solo la sala de estar, sino toda la vivienda en un confortable ambiente, por lo que se hizo necesario apagar la chimenea. Con el tiempo, apagamos también las lámparas, ya que el fulgor que emitía rebotaba en las paredes blancas y redondeadas de la casa, haciéndose cada vez más intenso, llegando incluso a iluminar las estancias superiores, donde se hallaban los dormitorios. Muchas noches tuvimos que cubrirla con una gruesa manta de lana áspera para poder dormir. Y, como si comprendiera, la roca disminuía su intensidad durante esos momentos, para nuestro alivio.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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