La nota salió impulsada suavemente, nacida de la caricia del arco con las cuerdas del violín. No importaba que fuera un Fa, un Mi, un Re o todas ellas juntas. Flotó sintiendo el aire en el corchete, y el cosquilleo con las partículas de oxígeno le produjeron una agradable sensación de libertad. Se elevó hasta lo más alto, casi tocando el techo, para admirar el anfiteatro repleto de gente, almas sedientas del deleite místico que solo puede provocar una melodía. Era consciente de que tenía una misión que llevar a cabo. Observó cada rostro, poniendo especial atención en las orejas y se lanzó en picado cuando seleccionó a quien había de ser su objetivo.

Aterrizó en el pabellón auditivo con suma destreza. Trepó por el lóbulo, blandito y redondeado, hasta alcanzar la entrada del orificio. La inmensa gruta que se alzaba ante ella no ofrecía un aspecto muy acogedor. Pero se adentró en la oscura cavidad con la decisión de un soldado que lo consagra todo en la batalla. Sin embargo, no encontró un camino fácil. Su primer obstáculo resultó ser una ciénaga de cerumen, extendida para proteger al oído de bacterias y cualquier agente indeseado. A cada paso corría el riesgo de quedarse atascada hasta la plica. Con gran esfuerzo y agarrándose a los filamentos que brotaban de las paredes, pudo llegar hasta el tímpano. El gran portal con forma de embudo le daría paso al oído medio.

Abrir la puerta no constituyó un gran problema, pero sí atravesarla. Las paredes se estrechaban tanto que temió que su cabeza no pasara por la hendidura. Una vez al otro lado, se halló en una cámara angosta donde unos huesecillos de formas reconocibles estaban ubicados de tal manera que era imposible cruzar sin empujarlos. Apenas tocó el primero de ellos, cuya apariencia era la de un martillo, se movió violentamente golpeando al que asemejaba un yunque y este, a su vez, chocó contra el estribo, produciendo entre los tres unas ensordecedoras vibraciones. La nota se vio atrapada, con la misma sensación de estar en el interior de una campana cuando la tañen con fuerza. Corrió hacia la salida justo en el momento en que se abrió una compuerta que daba a la trompa de Eustaquio; era el momento en que se accionaba el mecanismo que regulaba la presión del aire. A punto estuvo de ser absorbida por la succión. Pero con un movimiento certero consiguió deslizarse hasta la entrada del laberinto.

Los intrincados pasadizos hicieron que regresara sobre sus pasos en más de una ocasión. Ya se sentía confundida y desorientada cuando cayó, de repente, por una especie de tobogán en espiral que formaba el caracol. Trató de frenar su descenso pero el líquido que impregnaba todo el suelo no cejaba en impedírselo. Al final del recorrido se topó con unos cilios que, aparentemente, suavizaron su caída. Sin embargo, poco duró su consuelo, ya que provocaron unos impulsos eléctricos que la envolvieron con dolor. Y entonces fue impulsada, a través de los nervios, hasta el cerebro a una velocidad tal que pareciera que se hubiera teletransportado.

Algo aturdida, pero se encontraba, por fin, en el centro de control, el lugar a donde quería llegar. Tan solo debía vencer a la neurona para que accionara los mandos que provocarían la emoción. Pero no le fue suficiente con dar muestras precisas de su musicalidad. Al parecer, el sujeto que había escogido era exigente, avezado y poco impresionable. Hubo, pues, de esforzarse al máximo, dando en la lucha lo mejor de sí. A pesar de su resistencia, la neurona tuvo que reconocer sus méritos, quedando finalmente convencida de que destacaba por encima de la media. Accionó la palanca y el proceso se puso en marcha: el individuo, entonces, sintió un nudo en la garganta, de alguna manera percibió que su corazón latía más deprisa y hubo de contener las lágrimas que amenazaban con humedecer la piel de sus mejillas.

El hombre puso todos sus sentidos en la pieza que escuchaba, dispuesto para aplaudir junto con una merecida ovación cuando finalizara. ¡La misión había concluido con éxito! El objetivo fue alcanzado gracias a la labor de una nota, una nota valiente… O quizás porque el violinista estudió diez años en el conservatorio, aprendió solfeo y probó todo tipo de instrumentos antes de decantarse por el violín, escuchó atentamente a sus profesores y acudió a conciertos para aprender de los profesionales, dedicó muchas horas a practicar, no se desanimó ante las dificultades ni tiró la toalla por causa de sus errores, no dejó escapar las oportunidades que se le presentaron y aquella noche tocó con la misma entrega, pasión y dedicación que había puesto en cada acorde desde el día en que comenzó a cumplir su sueño hasta ahora.

No sé, tal vez sea por eso; me queda esa duda…

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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