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{Este es el primer relato que compartí en desafiosliterarios. Espero que disfrutéis de esta nueva versión.}

 

Al principio creó Dios los cielos y la tierra. Formó las nubes y los mares. Hizo los continentes con sus montañas y sus valles, recreándose en paisajes tan diversos como desiertos y  praderas, selvas tropicales, bosques y sabanas, manglares misteriosos y gélidos glaciares. No contento con eso, puso a brillar en el cielo al astro sol para que alumbrara durante el día; y concedió a la noche la belleza de la luna y el encanto de las estrellas. Todo estaba tranquilo y sereno. No había nada que alterara el orden en el que todo estaba establecido. La quietud y la calma venían a ser distintivos que caracterizaban la armonía del planeta.

Entonces decidió crear el primer organismo vivo. No era exactamente un pez, aunque sí una partícula marina; podríamos decir que era como un protozoo, un animal minúsculo, simple, unicelular, insignificante; nada comparado con la enormidad y grandeza de quien lo creaba. Aún así, lo formó con ahínco, con interés y con pasión. Lo formó con una complejidad inimaginable para algo de tan minúsculo tamaño. Delicadamente lo tomó con sus manos y lo depositó en el agua. Su sola existencia en el elemento líquido supuso ya una diferencia: siguiendo el principio de Arquímedes, este cuerpo sumergido en el agua provocó una subida del nivel del mar. Quizá fuera imperceptible; si otros ojos hubieran estado allí, seguro que no se habrían dado cuenta. Pero su escaso volumen ocupaba un espacio y las partículas de agua no tuvieron más remedio que apartarse y dejarle paso.

El cambio pareció agradar al Creador. Así que dotó a la criatura de microscópicos mecanismos que le permitieran desplazarse: unos filamentos muy finos, casi invisibles, pero suficientes para empujar su cuerpo. El ser, ante la quietud y sosiego que gobernaba en derredor suyo, sintió la tentación de acompañar la calma quedándose en un estado de inamovilidad; mas, a pesar de sus dudas, decidió moverse. Con aquellos cilios que le había otorgado el Hacedor, impulsó su pequeño cuerpo en una determinada dirección. Con su acto, empujó los átomos de hidrógeno, provocando que estos empujaran a otros átomos, y así sucesivamente. No sabría si llamarlo “efecto dominó”, pero el resultado fue que se produjo en el fondo de los mares la primera corriente submarina.

Esta corriente, en su periplo por las profundidades del océano,  empujó también las partículas de agua hacia la superficie, componiendo entre ellas lo que se convirtió en la primera ola. La ola, al moverse en la parte exterior de las aguas, apartó las partículas del aire, y de esta manera surgió el primer viento. El viento y la ola, desplazándose cada uno por su medio, chocaron con el continente, haciendo de ello la primera erosión.

Ambos volvieron atrás, rebotando con la tierra firme. Los átomos siguieron empujándose unos a otros, los vientos se hicieron más fuertes, las olas se multiplicaron, las corrientes siguieron su curso… Fue entonces que Dios vio que el mundo era apto para la creación de vida. Era el momento para dar lugar a los peces, las aves, los insectos, los reptiles, los anfibios, los crustáceos, los moluscos y los mamíferos en un planeta que fluía movimiento y vitalidad. Así se llenó el planeta de vida.

Realmente no sé si fue así como ocurrió; por supuesto, no estuve allí. Pero sí sé que cuando tú y yo llegamos se produjo una diferencia en este mundo. Se nos ha dotado, además, de cierta capacidad de movimiento. Movimiento que, estoy seguro, producirá algo; no importa lo insignificante que al principio parezca. La tentación a quedarse quieto es grande. El mundo impone. Pero vence esa tentación y crea, forma, haz, compite, escribe, compón, dibuja, cincela, canta, toca, investiga, estudia, descubre, actúa, enseña, esculpe, ayuda, corta, pega, fotografía, lidera, golpea, diseña, explora, guía, juega, corre, salta, filma, pinta, inventa, investiga, recita, pon en marcha los mecanismos intrínsecos que hay en ti. Nunca sabes hasta dónde puede llegar tu acción, cuánto puede influir tu talento, cómo puede cambiar nuestro entorno.

Por muy pequeño que te veas, no te menosprecies. Por mucho que te tiente el no hacer nada, no te quedes quieto.

Muévete.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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