"La Creación de Eva" por Miguel Angel, Capilla Sixtina
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Acontecimiento como este no había ocurrido nunca antes en la historia, si bien tal vez se debía a que la Historia recién acababa de comenzar. La primera operación estaba en marcha y tenía la peculiaridad de que el paciente ni siquiera estaba enfermo o accidentado.

Adán yacía recostado sobre una cama hecha de hojas y briznas de hierba, completamente anestesiado, si es que se me permite usar un término médico tan moderno en los albores de los tiempos. Alrededor, cientos de animales, venidos de todos los rincones del Paraíso, observaban curiosos el peculiar momento.

Dios, inclinado junto a la criatura, ultimaba los detalles de una nueva figura que perfeccionaba juntando el barro con la punta de sus dedos. Acto seguido, se lavó las manos en una pequeña cascada del arroyuelo y se aproximó al hombre dormido quien, inconsciente y ajeno, ignoraba las intenciones del Creador.

Un ángel le asistía, más simbólicamente que en la práctica, ya que el Todopoderoso se bastaba y sobraba para llevar a cabo la labor que se proponía. Mas la presencia del querube nos servirá para conocer mejor los pensamientos de la divinidad, ya que, al no entender nuestro alado compañero el porqué del extraño episodio que alteraba la rutina de la eternidad, se servía de preguntas para disipar sus interrogantes, que pudieran, tal vez, ser similares a los nuestros.

– Y dígame, Señor, ¿cuál es en sí el propósito de esta actividad extraordinaria?

– El hombre me hizo saber que está solo. Ha estudiado a cuantas criaturas vivientes hay en el planeta, e incluso les ha puesto nombre, pero no ha hallado a ninguna semejante a él. Voy a prepararle una compañera idónea que supla su necesidad.

– ¿Se refiere a esta otra figura que descansa a nuestro lado, tan parecida al él y, a la vez, tan diferente?

– En efecto. Como a Adán, la construí del polvo. Mas no deseo otorgarle la vida únicamente con mi soplo; pretendo, más bien, que sean uno parte del otro y puedan identificarse como carne de su carne y hueso de sus huesos.

El ángel observó el rostro de la mujer que, aunque inerte e inmóvil, poseía ya su belleza natural expresada en sus rasgos finos y delicados. Señalando al nuevo humano, hizo saber al Creador:

– Le ha salido mejor que el primero.

– Eso es porque ya tengo más práctica.

De pronto, extendió la mano, con su palma abierta, hacia donde estaba el ángel y le dijo, muy serio:

– Está bien; comencemos. Bisturí, por favor.

Ante la perplejidad del espíritu celeste, que no supo cómo reaccionar a la demanda del Creador, no pudo este sino esbozar una sonrisa:

– Tranquilo; era broma.

Entonces, con sus artes mágicas, el Todopoderoso abrió el costado de Adán sin ni siquiera tocarle, dejando al descubierto la parte interna de su pecho. La sangre se retuvo en su lugar y siguió fluyendo por sus venas. La primera cirugía torácica resultaba limpia y sin necesidad de delantal.

– Parece peligroso –expuso el ángel–. ¿No sería mejor extraer un hueso del pie para esta situación?

– Verás… No quisiera que el hombre piense que la mujer es inferior y sienta que tiene excusa para poder pisotearla.

– Entonces, ¿por qué no de la cabeza, tal vez?

– Puede que ella crea entonces que es superior a él. O que el hombre opine que es debido a su inteligencia que la mujer tiene la capacidad de pensar. No; yo busco algo que sea simbólico, y el mejor lugar donde encontrarlo es justo en medio: voy a extraerle una costilla.

El ángel tragó saliva y, señalando las veinticuatro posibilidades que se ofrecían en el pecho descubierto de Adán, preguntó:

– ¿Y cuál es la costilla que hemos de tomar?

– Aquí, la número tres. ¿La ves? Es la que está más cerca del corazón. Porque así deseo que la ame, como a una igual.

Y procedió, sin necesidad de serrucho, a extraer el hueso delicadamente para, acto seguido, cerrar la herida de Adán de la misma manera milagrosa con que la abrió. Y mientras colocaba la costilla en el cuerpo abierto de Eva, su omnisciencia le hizo visualizar la vida de sus predecesoras a lo largo de la historia, supervisando siglos y siglos de humillaciones, abusos y maltratos. Terminó su labor con los ojos humedecidos y, mientras esperaba a que ambas criaturas despertaran y se descubriesen la una a la otra cambiando así el hasta ahora breve curso de la humanidad, musitaba para sí:

– No lo entendiste, Adán; no lo entendiste.

 

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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