Un poema navideño.

 

Luces adornaban el árbol de Navidad, otorgándole un centelleo especial, cuyas bolas reflejaban mil destellos y un fulgor. Y ahí me encontraba yo, con la mirada perdida en ellas, pareciéndome estar rodeado de un millón de mil estrellas; viajando por el espacio y el tiempo, y encontrándome, en un momento, en algún lugar del universo, en la patria celestial, la morada del Eterno. Y esto no me pareció extraño, si bien raro lo parece puesto que me dicen los años que algo así nunca acontece; pero yo me hallaba allí, o al menos así me lo parecía, por la visión que me envolvía.  Además, como creyente, me sentía muy feliz de ver allá al Maestro, refulgente, admirable y regio, con aura de misterio cierto.

Quedar absorto ante su grandeza imposible me resultaba, dado que su mirada podía con mi entereza; por eso busqué qué decir, no sin cierta desazón, y entablar conversación con el hombre de Belén.

— ¿Estás contento, mi Señor? —apenas balbuceé.

— ¿Y por qué habría de estarlo? —fue lo que me respondió él.

— Pues por tu cumpleaños, que es lo que celebra hoy el mundo. Pues de diciembre, cada veinticinco, te festejan con honores y te cantan villancicos, recordando con deleite que naciste en un pesebre para enseñar humildad al rico y dar esperanza a los pobres; haciendo de la Navidad ese día que hacemos celebración de la vida, de la amistad y la familia, la generosidad y la alegría.

— ¿De verdad así lo crees? —fue su contestación. Y como no supe qué responder, fue él el que prosiguió—. No te engañes, hijo mío, que mía no es la Navidad y por si te cabe alguna duda te lo voy a demostrar: Un hombre que vuela en trineo o tres reyes que montan camellos tienen más protagonismo que una pequeña figura colocada en el escenario de un Belén en miniatura. Y todos reciben regalos, mas a mí nada me dan. ¿En qué clase de aniversario al homenajeado no invitan, por más que en fiestas participan, aunque sí esperan que les dé prosperidad?

>> Pero veamos si es cierto cuando hablas de humildad, pues ostentosos me parecen los ornamentados banquetes con los que tratan los ricos de presumir en Navidad. ¿Y qué esperanza tiene el pobre en estos días más allá de la que ofrece un cupón de lotería? Resignado, el indigente ha de contemplar la mesa de su vecino, quien la adorna con champán, turrón, pavo, marisco y vino. Ya que pocas son las gentes que contemplan al mendigo teniendo cuenta de sus trabajos, pues en estas señaladas fechas, cuantiosas son las prisas, y mucho más los gastos. Y si alguien posee espíritu solidario,  esto es de aplaudir, pero me gustaría añadir: ¡que durara todo el año, que no es el comer solo de la época de diciembre; se tiene esa costumbre sea marzo, otoño o viernes!

>> Y me gusta, de verdad, que sea tiempo de alegría. Pero no la impuesta, la obligada, la que fuerza a tener en la cara una sonrisa todo el día, tratando de excéntrica y rara a la persona que se sumerge en profunda melancolía. Pues sé que muchos viven este tiempo con añoranza, con sus familiares lejos, o se hallan solos al llegar a viejos, privándoles la Navidad de un recuerdo de esperanza. De estos huyen o los ignoran porque resulta fácil reír con los que ríen pero no tanto llorar con los que lloran. Sin hablar de aquellas familias que viven enemistadas, pero llegándose estos días se juntan como si nada, no sin cierta hipocresía, para volver el resto del año a revolcarse en sus rencillas. ¿No fue acaso mi mensaje que, sin esperar nada a cambio, amáramos a nuestros semejantes y no solo una vez al año? Y aún fui más allá al incluir en ello a nuestros enemigos, por eso ciertamente digo, como lo dije antes: ¿no podemos perdonar al que es de nuestra sangre?

>> Disfruta, hijo mío, el champán, el turrón y el mazapán en este tiempo de fiesta, mas recuerda que no es esta vida tan solo para la barriga, que el alma también se alimenta; la comprensión y la empatía vienen a ser gran comida al que la obtiene y a quien la entrega. Esconde bajo el árbol regalos que arranquen mil y una sonrisas, mas no amontones juguetes que alimentan la codicia; más bien regala tu tiempo, más precioso para un niño que balones y muñecas, ropa de marca y tabletas que no pueden comprar el cariño. Y recuerda que el amor y la paz no solo han de ser cantados la noche de Navidad; vivir el resto del año sin hacer estos dones presentes es como pensar mirando que las luces que cuelgan del árbol compararse pueden con la bóveda celeste.

Dicho esto, volví en mí sin poder discernir si lo que había vivido era sueño o realidad. Pero al mirar por la ventana y ver a la gente que celebraba sin saber muy bien qué celebrar, exclamé:

— Es verdad, Señor. Es verdad.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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