0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Mari Pili, mujer devota, exultante y optimista, se levantó radiante aquel día con esa sensación extraña, que a veces le viene a uno, de abrazar a todo el mundo. Brillaba el sol tras su ventana cuando se arrodilló, como era su costumbre, junto a la colcha de su cama para elevar una oración al buen Dios que siempre la escuchaba. Alegre como estaba aquel día, le vino a la mente la plegaria más hermosa y oportuna que, según creía ella, podía pedirle al Padre en ese momento. Y así, juntando sus manos a la altura de su frente para tener mayor concentración, pidió en voz alta al autor de ese soleado día:

— ¡Oh, buen Dios, mi buen Dios! ¡Qué día tan maravilloso has hecho! Ofréceme hoy una gracia, te pido: la gracia del amor. Te pido hoy y te ruego que me enseñes a amar a mi prójimo. Pues es el amor la mayor de las virtudes y la que puede cambiar el mundo.

Y emprendió, al cabo de un rato, las tareas que le urgían en su bien ocupada mañana. Tras un frugal desayuno y cuatro cosas a preparar en la cocina, salió a la calle expectante de encontrar a alguien a quien amar. ¿Quién podría ser la persona indicada? ¿La vecina del tercero, aquella que siempre cargaba con pesadas bolsas y a quien ayudaría con su compra? ¿A la mendiga que se sienta en la puerta del supermercado cada jueves con la esperanza de que alguien le quiera dar su óbolo?

La verdad es que se olvidó de sus pensamientos mientras pasaba junto a los ventanales del gym, tras los cuales pudo vislumbrar unos impresionantes bíceps adheridos a un cuerpo bien esbelto y serrano, que subían y bajaban al ritmo de unas pesas  que tan pronto se alzaban por encima de los hombros como se dejaban caer al lado de la cintura. Aunque no detuvo su paso, no pudo evitar sentirse levemente hipnotizada por ese movimiento rítmico, como el del reloj de un prestidigitador.

Y fue, pasando la cristalera, que se topó de bruces con su cuñada, la Paqui. Deslenguada y marimandona, sin un ápice de delicadeza en su verborrea insoportable, se metió una vez más con su peinado desgreñado, su falda pasada de moda y esas gafas que parecían inflarle la cara, y eso sin apenas acabar de decirle “buenos días”. Lo hacía a propósito, estaba segura; desde el día en que se conocieron nunca se habían caído bien. ¿Cómo se había podido casar su hermano con semejante arpía? Y además, este le pedía que tratara de comprenderla y aceptarla. Por eso se callaba, aunque  no sin soltar, claro está, alguna ironía que le mostrara que ella no estaba por debajo de su habilidad con el cinismo. ¡Si es que no había por donde agarrarla, aparte de por el cuello para darle un buen apretón!

Y aunque breve fue el encuentro, suficiente fue también para sofocarla y hacerla un manojo de nervios. Por ese motivo entró al bar de la esquina a tomarse un café bien cargado que la tranquilizara y le permitiera retomar el optimismo con el que había comenzado la mañana. ¡Sí! ¡Aquel era un día radiante y no podía consentir que niguna nube lo ensombreciera! Así que, sobre aquella mesa ovalada, hincó los codos para hablar en voz bajita pero con los labios muy cercanos a la taza de café:

— Mi buen Dios, a ti te clamo; y te clamo por un don. Permíteme adquirir el don de la paciencia, que ayudará a mi alma a ser más dócil y diligente.

Y bien dicho esto, se levantó con ánimo resuelto y, estimulada también por la taza de café, salió del local dispuesta a comerse el mundo o, al menos, enfrentar su día con dignidad. Realizó sus compras mañaneras y regresó a casa por el mismo camino, pasando de nuevo por los ventanales del gym. Esta vez le ofrecieron la visión de unas piernas bien formadas, presurosas en correr en una cinta que daba forma a unos muslos sinuosos, impulsando el cuerpo hacia atrás con la intención de que el mismo siguiera hacia adelante. Tampoco esta vez detuvo su paso, pues no le prestó atención más allá del preguntarse el porqué de tanto afán para correr sin llegar a ningún sitio.

Mas llegando a su casa sucedió que, tras subir el último escalón del tercer piso, se quebró el mango del carrito, que ya estaba por decir sus últimas palabras, y cayó la compra que tanto se había esmerado en almacenar, remolineando escalinata abajo, quebrando huevos, aplastando uvas y deshojando coliflores. No solo hubo de recoger y volver a subir el piso perdido, sino que, una vez tras la supuesta seguridad que le debían ofrecer sus cuatro paredes, el destino, aparentemente malintencionado, quiso que los estantes de la puerta de la nevera cayeran estrepitosamente al suelo al momento de su apertura. ¿Qué más podía pasar? ¿Qué se le quemara el cocido? ¡Pues sí! Porque descubrió, con desoladora pesadumbre que se había olvidado de apagar el fuego antes de salir. Ni agua ni olla servían ya para nada. Llena de rabia y de congoja, tuvo la tentación de arremeter a patadas contra todo lo que yacía en el suelo en la alborotada cocina, pero no lo hizo, quizá sabiamente, por miedo a que también se hiciera daño en un pie.

Pero respiró hondo, contó hasta diez y se dijo que no podía dejarse dominar por la ira. Devota como era, acudió de nuevo al buen Dios, que le daba motivación para afrontar el nuevo día, e insistió en mantener la apropiada actitud que ante él había mostrado hasta el momento. Inclinó, pues, su rostro y, ojos cerrados pero mente abierta, susurró para sus adentros:

— Señor, mi buen Dios, a ti alzo mi voz de nuevo. Te pido que me otorgues el regalo de la fe. La fe que mueve las montañas y que mantiene intacta la esperanza de que tendremos un día mejor, al fin y al cabo, bajo tu cuidado.

Y ahí se estuvo sentada, tranquila, mientras le venían a la mente nuevas imágenes del gym, esta vez acompañadas de un torso musculado a cuadritos, como si fuera una tableta de chocolate, cuyo dueño hacía ejercicios usando unas poleas, estirando brazo izquierdo y brazo derecho alternativamente. No sabía muy bien el porqué de esas lucubraciones, pero su estupefacción fue interrumpida por unos sobres que reposaban sobre la mesa con el mal augurio de portar el logotipo del banco. Los abrió y descubrió que su comprometida entidad iba a subirle el precio de la hipoteca, del seguro y de los gastos de mantenimiento de la tarjeta de crédito. Desolada, se puso a llorar. ¿Cómo iba a pagar tales cantidades? ¿No estaba la vida ya difícil entre la compra, la luz, la gasolina y el teléfono? ¿Cómo lo podrían hacer, con el precario sueldo de su marido, para afrontar lo que se les venía encima?

Fue entonces que se acordó de su buen Dios y de las oraciones que durante la mañana le había levantado. Entonces, con un sentimiento entremezclado con el desconsuelo y la desilusión, elevó de nuevo una plegaria al Padre que hasta ahora, según había creído, siempre la había escuchado. Y le dijo:

— Mi buen Dios, yo siempre he creído en ti y me has visto continuamente hablándote. ¡Pero no has respondido tú a mis oraciones! Pues te pedí yo amor y solo permitiste que me encontrara con una mujer insoportable. Te pedí paciencia y encontré que la desgracia me importunaba en el camino. Y te rogué fe, y ahora nos viene una deuda que nos arroja al abismo de la incertidumbre. ¿Cómo esperas que reaccione? ¿Acaso no es todo ello señal de que mi oración es en balde?

Y el buen Dios hizo una cosa que no suele hacer. Le respondió. Con voz audible y susurrante se dirigió a ella por su nombre, Mari Pili. Y sus palabras, que ella oyó sin distinguir si eran de un sueño o realidad, fueron las siguientes:

— Hija mía, yo siempre te he escuchado. Y he respondido a tu oración. Me pediste amor y te envié a quien amar. Me suplicaste paciencia y te di la oportunidad para practicarla. Clamaste a mí por fe y te di la razón para ponerla en marcha. Pues las virtudes de las que me hablas, esas que no se ven, son como el músculo que sí se ve, el que te he mostrado a tu paso por el gym. Pues el músculo, cuanto más presión le das y mayor es la resistencia, tanto más se ejercita y fuerte se hace y vuelve.

Y el silencio que siguió le dio la ocasión para reflexionar. Que por muy mal que le pese, Dios, su buen Dios, sí había respondido a la oración. Es que hay oraciones que son peligrosas, pues puede ser que Dios las conteste. Y a ella, a Mari Pili, le estaba dando la oportunidad de desarrollar esas virtudes que había pedido, cual musculatura espiritual, sintiendo que el mismo Dios le estaba dando la bienvenida al gimnasio de la vida.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

Últimos post porJuan Sauce (Ver todos)

Comments

Deja un comentario