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La pasión por la aventura o el placer de la conquista no son las únicas emociones que pueden llevarnos a hacer locuras. Tal fue el caso que ahora os voy a relatar.

Era la primera vez que pisaba esas montañas pero, por el paso decidido que había adquirido, cualquiera hubiera pensado que las conocía como el garaje de su propia casa. Salió sin sherpas, sin mapas y sin ningún sistema de comunicación -llámese móvil, smartphone o walkie-talkie- por si se perdiera. Estaba solo e, inconscientemente, era como quería estar. No llevaba mochila alguna porque su pesado cargamento lo escondía más adentro de sus espaldas.

Los senderos del pie eran tortuosos como los andares zigzagueantes de una culebra indecisa; por eso, cuando quería avanzar terreno, lo hacía en línea recta, sin importarle pasar entre espinos, zarzales u otra planta con complejo de puercoespín. Y a cada yak con el que se topaba, lo espantaba como quien manotea a las moscas para que dejen en paz su bocadillo; tal era la prisa que tenía el hombre por lograr su objetivo.

Comenzaron las primeras rocas y saltaba de una a otra como un mono que cambia de liana para no estamparse contra el suelo; me atrevo a decir, de paso, que no había mucha diferencia, en ese momento, de la forma de comportarse de ambos animales. Sin embargo, a veces la adherencia de las piedras no era la que en un primer momento prometían y, resbalándose en numerosas ocasiones, acabó con magulladuras y más sietes que un pasaje del Apocalipsis.

La sangre, que corría por sus brazos y rodillas, no lo detuvo. Tenía una cosa en la cabeza, de esas que se arraigan testarudas, y no se detendría hasta que la cumpliera o estallara por su propia presión. Así llegó hasta las primeras nieves. Pero no fue capaz de disfrutar de ese paisaje navideño sin  pesebre ni pastores. Lo que sí pudo notar es que el estado semisólido del agua no le permitía avanzar con tanta rapidez, lo que aumentó, si cabía, su obcecación por llegar hasta el final.

Empezó a faltarle el oxígeno, algo normal en tales alturas a las que no están acostumbrados los mortales que no son dueños de empresas dedicadas a internet. No había traído ropa ni material adecuado, por lo que su piel comenzó a tomar un aspecto peligrosamente pitufesco mientras sus labios, ya violáceos, expulsaban vaho como el humo de una locomotora enloquecida. Eso sí, ni siquiera el frío fue capaz de arrancarle una sonrisa a nuestro impetuoso viajero, pues su sentimiento, aquel que desde hace un buen rato os he dicho que lo impulsaba, se lo impedía como la mala suerte impide que tu equipo gane el partido cuando te lo juegas todo en una quiniela.

Y por fin coronó la cima. No tenía bandera que plantar ni selfie que hacerse con el que presumir en su cuenta de instagram. Todo lo que tenía eran sus pulmones, que los llenó de rabia antes de gritar con toda la fuerza que le permitían unas cuerdas vocales que ya estaban a punto del colapso:

— ¡¡¡Te odiooooo!!! ¡¡¡Te odio mucho y siempre te odiaréééée!!!

Los cielos se llenaron de estas palabras, que rebotaron en las nubes, carambolearon contra algún avión despistado y provocaron algunos aludes. Sin embargo no llegaron hasta los oídos de la persona aludida quien, ajena a toda esta aventura -inclusive de los sentimientos de su lejano interlocutor- caminaba tan campante por las ramblas de Barcelona buscando un suéter que comprarse en alguna de las tiendas pijas del lugar.

Pero él necesitaba, de alguna manera, decirlo en alto, bien alto –de ahí toda su maniática escalada-, aunque nunca lo hubiera hecho cara a cara con aquel que era el objeto de su ira. Y allí murió, rígido como el cristalino hielo y azulado como el mar –cosa que, si bien suena muy poética, os aseguro que no resulta muy agradable.

Y esta historia os la cuento para que, cada vez que el rencor y la ira se acumulen en medio de las costillas, recordéis al escalador insensato y su inestimable y oportuna parábola, que nos recuerda que son esas las emociones que nos llevan a hacer locuras; pero de las malas, las que nos dañan a nosotros mismos –pues suele ocurrir con ellas que resultamos ser nosotros la única víctima-. Mejores son las del placer de la conquista y la pasión por la aventura, que además nos dan la oportunidad de aparecer en el Libro de los Guinness.

Así que ya lo sabéis. Que nadie me guarde rencor por no haberos avisado.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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