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Brasil, 2016.

Respiró profundamente. Sostenía en sus manos la pértiga fabricada con fibra de carbono y se mantenía en posición, listo para echar a correr y ofrecer un espectacular salto. Miraba fijamente la barra transversal, situada a una altura de, aproximadamente, cuatro metros por encima del suelo, la cual debía superar. Su pensamiento, siempre inquieto, empezó a plantearse las diferentes posibilidades.

Se imaginó corriendo por la pista. La pértiga se clavó en el punto exacto, introduciéndose dentro del cajetín con relojera precisión. La flexibilidad del material formó una curva perfecta y lanzó al atleta por los aires al regresar a su forma original. Rápidamente rebasó el listón que marcaba los cuatro metros. Pero seguía subiendo. Cinco metros. Siete. Doce. ¡Era un nuevo record mundial! Una paloma despistada casi chocó con él. Otros pájaros migrantes también hubieron de esquivarle. Atravesó nubes que parecían campos de algodón. A su derecha volaba un jet 747, seguramente con destino a Canarias. Superó la troposfera, la estratosfera y la mesosfera. Se encontró flotando en el espacio. Por su lado pasó George Clooney vestido con su traje espacial, todavía dando vueltas al planeta. Entonces empezó a descender. Primero lentamente, pero enseguida la fuerza de la gravedad lo atrajo dándole la velocidad de un caza F-16. Los montes, valles y ríos que se veían tan pequeñitos desde ahí arriba, parecían acercarse rápidamente. Se imaginó que le esperaba un final típico del Coyote y el Correcaminos, y como no disponía de ningún letrero a mano que le permitiera expresar sus emociones y, además, se le antojaba que iba a ser un desenlace bastante doloroso, decidió pasar a la alternativa siguiente.

Se vio a sí mismo corriendo, totalmente concentrado. Sus ojos no podían ver nada más que los saltómetros que sostenían aquella barra enemiga, a la que no estaba dispuesto a dejarle ganar la batalla. Sostenía la pértiga horizontalmente, preparado para bajarla solo en el momento preciso, el que le llevaría al salto triunfador, con el cual recibiría una corona de laureles digna del mismísimo Julio César, cuando regresaba triunfante de la guerra de las Galias. Pero antes de que llegara ese instante, un inoportuno vendedor de palomitas atravesó la pista anunciando sus productos al público que seguía embobado la carrera desde las gradas. El corredor no pudo frenar. Le atravesó con la pértiga, entrando esta por el agujero de una oreja y saliendo por la otra. El vendedor lanzó un grito de dolor junto con los comestibles de su negocio y, enfurecido, comenzó a atacar al desconcertado atleta moviendo salvajemente la cabeza, tratando así de golpearle con su misma pértiga, como si de un animal con cuernos se tratara. Pronto superaban, corriendo uno tras otro, el record del propio Carl Lewis en la pista de los cien metros lisos. Finalmente obtendría su medalla, aunque no fuera en la disciplina que había pensado, y tuviera que compartirla, además, con el enojado vendedor. Parecía una historia divertida, con esas locas carreras que le transportaban a su niñez, leyendo incontables tebeos de Mortadelo y Filemón. Pero seguramente, al pobrecito comerciante no le haría ninguna gracia. Resolvió, pues, pensar en otra posibilidad.

Lo de los cuernos le dio otra sugerencia. Echó a correr, pértiga en mano. Pero esta vez, en lugar de saltar una barra, su misión era estocar a un toro bravo en el lomo, clavándole la pértiga como si fuese un banderillero. Lo capearía tres veces antes de inclinar la garrocha contra su astado oponente, aunque todavía no sabía cómo lo haría para aguantar pértiga y capote al mismo tiempo. Y entonces, el espléndido salto que daría por encima del animal, gracias a la flexibilidad de la pértiga, dejaría en ridículo al famoso “salto de la rana” de El Cordobés. El público enloquecería entre “¡Olés!” y otros vítores. Le lanzarían flores, lo alzarían en hombros y le darían de comer orejas y rabo, algo que no había probado nunca pero que debía de saber, seguramente, como un combinado de papaya y coco mientras uno está tumbado en una hamaca, en una isla tropical; por la fama que tenía el guisado, debía tener un sabor más o menos así. La cuestión es que sería un gran deporte. Ya estaba a punto de sugerirlo como disciplina olímpica. Saltoreo con pértiga, podría llamarse. Sonaba raro, sí; pero, ¿desde cuándo lo raro no resultaba interesante? Aunque tenía dos problemas con este asunto: el primero era que estaba en contra de la crueldad de las corridas de toros. ¡Cuántas veces se había manifestado, aunque siempre en privado, en contra de esta cruel forma de tratar a un animal! (a su jefe era una cosa, pero a un indefenso bicho con cuernos era otra). Y el segundo era que le daba vergüenza que un deporte que sonaba tan español fuera sugerido por un catalán del Vallés. Desistió, pues, de este pensamiento y trazó otra nueva, pero no menos estrafalaria, idea.

Se lanzó de nuevo, en su imaginación, y clavó la pértiga contra el suelo, con tanta fuerza, que la tierra se resquebrajó y se formó un inmenso agujero por el que cayó sin poder evitarlo. Rocas y arena le acompañaban en el descenso por un profundo pozo vertical. Por suerte, no se golpeó con las paredes del hoyo, pero seguía bajando, recorriendo metros, decámetros y kilómetros. ¿Hasta dónde iría a parar aquello? Observó una extraña luz rojiza al fondo del agujero. De pronto, el estrecho orificio se transformó en una enorme bóveda rocosa y el atleta percibió que estaba próximo a caer en el agua de lo que parecía ser un lago subterráneo. Pero se dio de bruces sobre la madera de la barca de Caronte, haciéndole perder el equilibrio y zambulléndolo involuntariamente en el río Aquerón. Mientras este profería gritos e insultos, con su desgreñada barba en remojo, el infortunado deportista remó hacia la orilla bajo la sorprendida mirada de cuatro almas agazapadas en el otro extremo de la embarcación. Tomó tierra con la misma alegría que debió embargar a Cristobal Colón y a su tripulación al momento de llegar a las Américas. Pero cuál fue su sorpresa cuando vio los horrores del inframundo y los espeluznantes seres que corrían por allí. Lo atravesó a toda prisa, tratando de escapar de harpías y centauros. Conoció a personajes tan dispares como Aquiles o Tristán, con quienes hizo buenas migas pero no prometió venir a visitarles muy a menudo. Por fin, descubrió un pasadizo por donde pensó que podría escapar de aquel infierno. Caminó por una estrecha cueva durante horas, dejando atrás impresionantes osamentas de dinosaurios y bosques de setas gigantes. Se encontró con un explorador al que llamaban profesor Lidenbrock, junto con su porteador Axel, quienes le indicaron cómo salir de allí a través del volcán Estrómboli. Una vez en Italia, disfrutó de un merecido descanso en las preciosas playas de Sicilia, deleitándose entre suaves arenas y encantadoras bañistas.

¡Ah! Esa historia sí le gustó. Es que él estaba hecho para la aventura. ¿A quién se le ocurrió la idea de que se dedicase al atletismo? ¡Si su padre había sido vendedor de enciclopedias y su madre bibliotecaria! Lo de dar saltos seguro que no le venía de familia. Sí que había tenido un tatarabuelo que fue salteador de caminos en los tiempos de Curro Jiménez, pero eso era otra cosa.

De pronto, escuchó el silbato del árbitro. Pensó que era la señal y empezó a correr. Pero no era la señal, sino el aviso de que había sido descalificado por tardar tanto en comenzar la prueba. ¡No podía ser! ¡Otra vez le pasaba lo mismo! Ya le había ocurrido con el lanzamiento de disco, el salto de longitud y el lanzamiento de martillo (con este último objeto en la mano, había sido divertido imaginarse que era dentista).

Desolado y cabizbajo, abandonó la pista y se fue a los vestuarios. Tomó su diario y empezó a escribir sus frustraciones sobre el papel, porque dice su psicólogo que es bueno desahogar las penas en un cuaderno de notas. No omitió detalle de cuanto se le había pasado por la cabeza mientras esperaba su momento para participar. Y dio la casualidad de que se le cayó la libreta mientras tomaba un par de Gatorades en la cafetería, la cual recogió un periodista que pasaba por allí, quien se la enseñó a su jefe en la editorial, al cual le gustó tanto que la publicó en forma de libro. Pronto se convirtió en un pequeño bestseller, dando una inesperada fama al frustrado deportista convertido ahora en escritor.

Quizá sí sea verdad eso de que cuando se te cierra una puerta en las narices, otra se te abre de par en par. O aquello de que los fracasos de la vida, no solo mostrarán la madera de que estás hecho, sino que también sacarán a relucir lo que puedes hacer. Lo que es seguro es que aún no hemos descubierto todos nuestros talentos hasta que los ponemos en práctica. Y que a veces no sabemos de lo que somos capaces hasta que otro nos lo señala. Que se lo digan al protagonista de nuestra historia, a quien continuamente le llueven ofertas de diversas editoriales y él sigue escribiendo, afanado como un poseso, pero contento como una perdiz. Eso sí; de tanto en tanto, coge la pértiga que tiene guardada en el armario y se coloca en posición, como si fuera a echar a correr, en el patio de su casa, mirando fijamente al horizonte. Para inspirarse, dice; que a cada uno le vienen las ideas a la cabeza de manera diferente.

 

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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