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Eleuterio Gonzalo Hernández tenía un propósito en la vida. O al menos eso quería creer. Y para alcanzar tan noble, aunque enrevesado, objetivo, se había adentrado en la religión, involucrado en la política y participado como voluntario en el cuerpo de bomberos de su ciudad. Pero, después de salir chamuscado de todas estas experiencias, estaba a punto ya de darse por vencido en su búsqueda trascendental.

Fue entonces, mientras estaba viviendo su última aventura explorando los Arrecifes de Coral con el mando del televisor en la mano, que recordó aquella máxima que tantas veces había oído. Un refrán que su padre siempre le repetía cuando sus aspiraciones apenas consistían en verse crecer el bigote y poder presumir de ello entre sus compañeros de instituto:

“Hijo mío, en esta vida hay tres cosas que debes hacer: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.

¡Cuánta razón tenía su progenitor! En verdad no hacía falta complicarse con ideologías abrumadoras, misteriosas doctrinas y filosofías varias. Lo más sencillo resultaba ser lo más trascendente. A partir de ese momento, su vida estaría enfocada a lograr cada uno de esos puntos que algún sabio, quién sabe si oriental u occipital, había dejado plasmados en el pensamiento popular.

Comenzó con mudarse al pueblo, donde había heredado de su abuelo una pequeña finca. No era gran cosa pero disponía de un pedazo de terreno que le serviría para cumplir el primero de sus intereses. Dicho y hecho, compró unas semillas, cavó un agujerito en el huerto y, en no demasiado tiempo, obtuvo el beneficio de su esfuerzo: un jovencito manzano asomaba sus tallos en busca de la brillante y sonriente luz del sol.

No dejemos las semillas pues pasaremos al tema de cómo consiguió tener un hijo. La cosa, en realidad, vino por sí sola cuando conoció a la amiga de la sobrina del hermano de su prima Mari Pili, un día, durante las fiestas patronales. Y no sé si fueron las hormonas o los cubatas que se tomaron de más; la cuestión es que el simple saludo formal pasó a ser idilio, luego noviazgo y, finalmente, boda apresurada cuando se enteró de que ella había quedado embarazada.

Por último, una vez establecido como jefe de familia, se encerró en su despacho para conseguir, con tranquilidad, alcanzar su tercer objetivo. Puesto que no sabía mecanografía, se dedicó a aporrear las teclas hasta que le salieron ampollas en el dedo índice. Tardó varios días, por no decir semanas o puede que incluso años. Pero al fin lo consiguió: guardado en un documento de Word, una impoluta biografía en la que explicaba cómo había conseguido los tres puntos esenciales para lograr el propósito en la vida.

Satisfecho, se tumbó en el sofá, encendiendo el televisor para celebrarlo. Con un poco de suerte, hasta emitirían el programa de los Arrecifes de Coral que se vio interrumpido aquella tarde, cuando la inspiración de su cabeza le dio la solución para hallar una existencia trascendente.

Ya ha pasado algún tiempo desde aquello. Eleuterio sigue complacido, con la conciencia tranquila de quien tiene los deberes hechos. Y, mientras tanto, en un pedazo de su jardín, un pequeño árbol moribundo espera anhelante a que alguien le riegue un poco para poder dar, cuanto menos, su primer fruto. En la habitación, una madre lucha por sacar adelante a su hijo, cuya tarea educativa ha caído absolutamente en sus manos debido a la dejadez de un ausente marido. Y en cuanto al libro, ¿qué quieren que les diga? Ahí sigue, en su ordenador, esperando a que su autor se anime, por lo menos, a intentarlo publicar.

 

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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