— Notará algo frío en el abdomen.

— Sí; ya lo sé de otras veces.

— Muy bien; ahora vamos a buscar…

— ¡Qué ganas tengo de que nazca!

— No me extraña, con semejante barriga.

— Me hace mucha ilusión. Siempre he querido ser madre.

— Es nuestro derecho: poder decidir.

— ¡Cuántas veces me habré imaginado ese momento! Tomando a mi niño en brazos, acunándolo y dándole el biberón, limpiando sus ropitas, cambiándole los pañales, cosiendo sus vestidos… Toda la vida he deseado tener una familia y dedicarme a cuidar de los niños.

— ¡Menuda manera de perpetuar los estereotipos…!

— ¿Cómo dice?

— No, nada. Gírese un poco a la derecha para observar por este lado.

— ¿Y cómo está el bebé?

— ¿Cuál bebé?

— ¿Cuál va a ser? ¡El que tengo en el vientre!

— No, señora; creo que se confunde. Lo que usted tiene es un feto. Si todo marcha correctamente tendrá un bebé en unas pocas semanas.

— ¡Ah, bueno! Pero, ¿está bien?

— Si está bien, ¿el qué?

— El bebé… Quiero decir, el feto.

— Discúlpeme si no le comprendo. El feto no puede encontrarse bien. No es un ser vivo, es parte de su organismo, como una célula más. En este caso le puedo indicar que se está desarrollando correctamente.

— ¡De acuerdo, perdone! Es que estoy nerviosa. Llevo tanto tiempo esperando este momento… ¡Me encantaría que fuera niña! Ya me la estoy imaginando con sus vestiditos, su habitación de color de rosa y jugando con sus muñecas…

— ¡Por favor, señora! ¿No le parece que eso es fomentar el sexismo? ¿Y si ella prefiere jugar con camiones? ¡No sometamos a nuestros hijos e hijas a la decadencia de un pensamiento retrógrado y conservadurista, por favor!

— No hace falta que se ponga así. Al fin y al cabo creo que, como su madre, tengo derecho a educar a mi hijo como me parezca.

— Querrá usted decir su “hija”, ¿no? Por lo menos, me pareció entender que hablábamos en femenino.

— He dicho la palabra “hijo” de forma genérica.

— ¡Y además apoya un lenguaje machista! ¿Hasta dónde vamos a llegar? Diga usted “hijo” o “hija”, “doctor” o “doctora”, “concejal” o “concejala”. ¡No use ese tipo de vocabulario arcaico, incongruente con la sociedad del siglo en que vivimos!

— ¡Bueno, ya está bien! ¿Me puede decir si el bebé… si el feto… si es niño o niña?

— ¡Por supuesto que no! Eso está por encima de mis posibilidades.

— ¿Pero que acaso no lo puede ver en la ecografía? ¡Ya estoy de dieciocho semanas y aún no sé nada al respecto!

— Yo puedo ver en la ecografía que el feto tiene formado un pene, pero no puedo determinar si será niño o niña. Cuando la criatura comience a conocerse a sí misma y pueda identificar sus instintos sexuales, él o ella misma podrá expresarlo con naturalidad y usted tendrá la información que necesita a ese respecto. No esté deseando adelantar acontecimientos.

— ¡Ay, Dios mío! ¡Es niño! ¿Y ahora qué hago con la ropita rosa que le he comprado ya? ¡Y yo que siempre pensaba que cuando tuviera a mi primer “hijo” quería llamarle Elisabet! Todavía me hacía ilusiones, mientras el bebé estaba en la barriga, que le enseñaría a jugar a cocinitas y a planchar las ropitas de sus muñecas…

— ¡Con usted es que no hay manera! La visita ha terminado. Tome esta toalla para limpiarse y vístase. ¡La siguiente!

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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