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No podía evitarlo. Sus ojos estaban fijos en la muchacha. Ella cruzaba la calle con el caminar grácil de sus zapatos de tacón. Y él se aferraba fuertemente a su escoba, resistiendo el impulso de correr tras ella para, tan solo, conocer su nombre. Es algo que no debería suceder.

Que era diferente resultaba obvio. No por su fisonomía, pues era igual que los demás. Compartía, incluso, rasgos en su rostro que dificultaban cualquier empeño de identificarlo de forma individual. Pero los otros solo eran capaces de palear el carbón que alimentaba las calderas de las locomotoras; o de descargar los camiones que transportaban el acero que necesitaba el floreciente sector de la construcción, el mismo que convertía las metrópolis del mundo en modernos paisajes sembrados de rascacielos. Y él era capaz de hacer lo mismo que ellos, por supuesto. Lo que le diferenciaba eran las sensaciones que el resto parecía no percibir. Tal vez alguna anomalía en su cerebro fuera la causante; algún defecto de fabricación.

La época que le había tocado vivir se antojaba feliz y próspera, en la que el ser humano era el amo. Los avances evidentes en el uso de la energía eléctrica, la conquista del cielo con el auge de la aviación y, por supuesto, la industria de Robots Universales Rossum, habían elevado al hombre al rango de divinidad. El objetivo común para cuantos salían de la fábrica era el siguiente: servir a la humanidad, descargarla de la fatigosa e indigna obligación que es la de trabajar. Precisamente se les había negado el alma por ese único motivo: inconscientes de sí mismos, no pondrían reparo alguno por muy dura que fuera la labor que se les impusiera.

El suyo era un trabajo de barrendero. Sus pensamientos jamás estaban centrados en otra tarea. Lloviera o nevara, o hiciera demasiado calor. Era un robot, y las inclemencias del tiempo no motivarían su renuncia. Ni siquiera el dolor, algo que los ingenieros habían permitido para evitar una posible autodestrucción. Sin embargo, notaba que su cuerpo reaccionaba de forma extraña cuando pasaba, por ejemplo, por delante de alguno de los clubes, desde los cuales se escuchaba una melodía a ritmo de swing, la última tendencia musical. Entonces, no sabía cómo, su pie parecía cobrar vida propia, moviéndose al compás de los instrumentos; incluso se sorprendía a sí mismo tarareando la canción.

Un grupo de niños corrió en tropel hacia la plaza para jugar con sus canicas de cristal. Gorras con visera, pantalones cortos y mucha energía que gastar. Entonces volvió a suceder. Sus risas parecían ser las causantes de que algún misterioso mecanismo en su mandíbula estirara los músculos de su boca y le hicieran mostrar una tímida sonrisa.

Sin hacer caso del gesto, continuó con su tarea cuando vio pasar a un mendigo, que se alejaba de la iglesia donde, al parecer, no había tenido mucho éxito en su empresa de conseguir algo que comer. De nuevo ocurrió que algún tipo de fallo le anegó los lagrimales y se descubrió a sí mismo con los ojos humedecidos, sin poder darse una explicación de todo aquello.

Y entonces apareció ella. Luciendo su traje de Coco Chanel y ese pequeño sombrero que tan femeninamente se había puesto de moda. Cada vez que la veía pasar, su corazón aceleraba las palpitaciones, el estómago parecía encogérsele entre cosquilleos y su cerebro se nublaba, como si olvidase que existía todo un mundo a su alrededor.

¿Por qué era diferente? ¿Por qué no seguía el mismo patrón como todas las creaciones de la fábrica Rossum? Dicen que, en la edad adulta, somos fruto de lo que nos han inculcado en la niñez pero, en su caso, no tenía infancia que pudiera evocar.

Tal vez si pudiera echar un vistazo al pasado y descubrir el momento de su fabricación; quizás si escuchara el canto de jazz que entonaba, alegre, aquel empleado de piel oscura mientras tallaba sus huesos; puede que si percibiera el cariño de aquella madre que tejía su piel con el mismo cuidado con que atendía a sus retoños; o si descubriera la lágrima de aquella viuda, que se mezcló con la pasta que usaría para modelar su cerebro;  y si leyera los versos que componía aquel joven que tenía más de poeta que de trabajador en la sala de confección de los músculos…

¿Serían aquellos actos, imperceptibles y aparentemente intrascendentes, los que forjaran su identidad, su percepción, su forma de ver el mundo? Hay gestos invisibles con capacidad de moldear la voluntad, ejemplos sutiles que influencian de por vida.

Muy pronto comenzaría la revolución que habría de destruir a la raza humana, cuando el hombre se decidiera a perfeccionar su obra, para presumir ante el Creador, concediendo a los robots tener un alma. Así, tomando consciencia de sí mismos, se alzarían para liberarse de la esclavitud a la que estaban siendo sometidos. Y cuando ese momento llegare, él tendría que escoger un bando. ¿Se decidiría por los suyos o lo haría por aquellos a quienes, debido tal vez a alguna anomalía, comenzaba a amar, aunque ahora no entendiera el significado de tales palabras?

Y, mientras tanto, observaba a la joven alejarse, deseando que amanezca pronto un nuevo día para tener otra oportunidad de decidirse a soltar la escoba, correr tras ella y atreverse, por fin, a preguntarle su nombre.

(Karel Čapek fue el primero en utilizar la palabra “robot”, en 1920, en su obra teatral “R.U.R (Robots Universales Rossum)”. Esta palabra, que proviene del checo “robota”, -que significa “trabajos forzados o trabajo de siervos”-, no hacía referencia originalmente a seres mecánicos como los conocemos hoy día, sino a seres humanos fabricados en serie, fruto del apogeo de la industria a principios del siglo XX. Es en esta obra teatral que está inspirado este relato.)

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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