Dos sombras avanzaban por entre las brumas de las callejuelas de Londres. Una de ellas, alta y enjuta, llevaba puesto un gabán a cuadros y gorra de parejo estampado; se trataba, cómo no, del afamado Sherlock Holmes. Su acompañante, el doctor Watson, de aspecto más redondeado y menudo, trataba de parapetarse de las bajas temperaturas ocultándose bajo la ropa gruesa y apretando su sombrero con forma de hongo sobre su cabeza.

-¿Y no le parece, Sr. Holmes, que llevamos dando vueltas ya muchas horas y aún no hemos progresado nada con respecto a este extraño caso que nos ha tocado en suerte?

-No descorazonemos, doctor Watson; solo bastan unos pocos segundos para que nuestro oponente cometa un paso en falso y podamos dar con el desenlace de esta epopeya tan poco común –contestó a la par que observaba escrupulosamente cada palmo del cochambroso empedrado que hollaban sus zapatos.

-No sé qué pensará usted, pero yo detesto no saber, cuanto menos, qué es lo que estamos buscando.

-Elemental, Watson. Aquello que desaparece ha de ser hallado por alguno. No desespere, que poco a poco, cada fragmento encajará en su lugar y en su momento oportuno. En breve tendremos nuestro problema resuelto.

El renombrado sabueso soltaba humo a bocanadas por el agujero del artefacto de madera que portaba en la boca. Con gesto apresurado, sacó su lupa para buscar un rastro o conjunto de huellas en el suelo. Se agachó para observar una pequeña hoja de papel enrollada que encerraba restos de tabaco. Se levantó y avanzó unos metros para otear unas marcas que quedaron grabadas en el agua helada que cae de las nubes en forma de copos blancos. Esbozó en su rostro el gesto de curvar suavemente la boca como señal de contento o placer. El caso estaba resuelto. Mas para Watson, su ayudante, las preguntas aún volaban alrededor de su cabeza.

-Alégrese, Watson. No hace falta andar más lejos –expuso el caballero con orgullo-. El responsable lo tenemos justo delante de nosotros y apenas nos percatamos de ello.

-¡Pero estamos solos en el callejón! ¿Cómo propone usted que tenemos al culpable?

-¡Porque el culpable no es otro que el autor de este relato! –exclamó.

-¿El autor? Pero… ¿qué es lo que ha hecho este hombre?

-Se trata de un secuestro; el secuestro de una letra. Una vocal, para ser más exactos. Este señor ha robado la letra i. Cuáles fueren sus razones, es algo que solo él sabe. Puede ser que deseara demandar un rescate o tratárese, tal vez, de una venganza personal.

El pobre doctor Watson no lograba entender cómo hubo llegado a tal conjetura.

-Elemental, Watson. Durante su relato, el narrador ha sorteado palabras tan fundamentales como frío, abrigo, bombín, pipa, pistas, cigarrillo, nieve o sonrisa; todas ellas portantes de la letra retenida, la cual, por razones obvias, no podía mencionar. Y es bien sabido que cualquiera que oculta algo, debe dar muchas vueltas en sus explicaciones, haciéndolas cada vez más enrevesadas y difíciles de sostener, para tratar de justificar su engaño. Ya dice bien el refrán: “Es más fácil atrapar a alguien que miente que a quien camina sin la ayuda de una pierna”. ¿Entiende usted, mi apreciada persona que se dedica a la medicina?

-Me parece que ahora es usted el que trata de ocultarme una letra…

-¡No se le escapa una, querido doctor! -contestó el del gabán con una sonora carcajada.

Watson notó la mano de su compañero posándose sobre su hombro derecho.

-Estimado Watson, ahora que podemos pronunciar con libertad y sin censura todas nuestras vocales, le invito a escuchar una sonata de violín en el estudio.

-No sé si me alegra mucho oír esas palabras… Tal vez estuviera bien mantener retenida un poco más de tiempo a la letra i.

Y regresando de nuevo a su hogar en el 22 de Baker Street, concluye nuestra aventura, deseando este autor encontrarse de nuevo con el lector en una nueva; entretanto que espera el… el… proceso para  que un jurado decrete que pueda ser o no culpable, acusado por el cargo de secuestro de una vocal. Del cual me declaro… ejem… No encuentro las palabras adecuadas, les ruego que me perdonen ustedes.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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