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La primera era gorda y fogosa. De verdad; nadie se atrevía a acercarse a ella a menos de cien metros… O cientos de kilómetros. Y es que estaba siempre rebosante de energía hasta tal punto que sería capaz de quemar a cualquiera que estuviera a su alcance. Además, su cuerpo enorme y orondo no era, que digamos, lo que más adornaba su imagen. Quizá por eso solía esconderse de la luz del día. Nadie, por tanto la conocía de cerca. Y los que la hubieran visto o hubieran oído hablar de ella, ni siquiera sabían su nombre. Tan solo era una más entre tantas otras que cuelgan en la bóveda celeste. Una bola de gas en llamas. Un puntito ínfimo en el universo al que no se le suele dar mucha importancia, y menos en las grandes ciudades donde los excesos de las luces de neón apagaban su brillo casi por completo para aquellos que están distraídos en otras cosas. Tan solo se hacía visible en las noches de cielo claro, cuando las nubes no estorbaban lo que ella podía ofrecer, lejos de la contaminación lumínica. En esos momentos brillaba con toda su fuerza y su capacidad natural. Obviamente eran muchos los que no se percataban de su presencia, pues siempre hay quienes duermen en los momentos en que otros vienen a iluminar al mundo. Pero a los astrónomos les resultaba fascinante, a los marineros les servía de referencia, a los enamorados estimulaba su romance, los filósofos se cuestionaban preguntas trascendentes y a las gentes comunes y corrientes  les devolvía la fe y la esperanza.

 

La segunda vivía tranquila en las profundidades marinas, lejos del mundanal ruido que  producían los barcos, las gaviotas y, sobre todo, los animales de dos y cuatro patas que habitaban en tierra firme. Ella nunca tuvo intención de involucrarse en algo que fuera más allá de su entorno, un sitio donde encajaba a la perfección; pues aún los arrecifes de coral parecían mimetizarse con ella, compartiendo la misma viveza de colores, lo que le confirmaba cuál era su lugar. Su belleza y su gracia natural eran tan solo detectadas por algunos submarinistas que exploraban el fondo marino con sus cámaras. Así que su fama y admiración no consistían en algo especial que hubiera hecho sino por lo que otros publicaban sobre ella. Eso no la alejó, sin embargo, de las críticas: muchos decían que tras esa apariencia de ser frágil y tranquilo se escondía una voraz depredadora; como si no se dieran cuenta de que una debe luchar para comer. Su lentitud de movimientos venía a ser otro de sus defectos para quienes siempre andan con prisas. Y esa capacidad extraña de regenerarse de sus heridas cuando alguien le arrancaba un brazo, algo tan fuera de lo común, le habían valido el calificativo de “rara”; pues lo que para ella consistía en simple supervivencia, otros lo veían como algo antinatural. No, ella nunca dejó de ser ella misma, y tampoco pretendió traspasar fronteras más allá de su hábitat. Y a pesar de ello, alentó a los científicos a estudiar maneras de proteger el medio ambiente, y a activistas a protestar contra la contaminación, contribuyendo así en la lucha por mantener a salvo un mundo donde nuestros hijos y nuestros nietos puedan vivir mejor.

 

La tercera era más bien tímida, no se dejaba ver con facilidad. Más bien, aún si hubiera pretendido que se alguien se fijara en ella, seguramente no lo hubiera conseguido. Era realmente minúscula; y a pesar de poseer una perfecta simetría que podía dejar boquiabierto al más pintado, difícilmente podía demostrarla si no fuera con la ayuda de un microscopio.  Además de eso, se ocultaba en el interior de densas nubes que la hacían aún más invisible, si cabe. Sola no tenía mucha fuerza. Podía ser arrastrada por el viento de un lugar a otro y dudo que tuviera la capacidad de resistir su potencia. Pero era justo en lugares fríos donde ella quería estar, en condiciones extremas, con temperaturas inferiores a los cero grados. Su fragilidad no era un impedimento para su osadía. Las bajas temperaturas la mantenían despierta y activa, de tal manera que sentía que podía cumplir con su cometido. Se abrazaba a otras tantas que eran como ella, formando una piña; o mejor dicho, un copo. Esperaban el momento adecuado y entonces se dejaban caer. A veces se lanzaban en picado, como paracaidistas en caída libre con la intención de llegar al suelo lo antes posible. Otras veces eran mecidas por el viento, con suavidad y sutileza, aterrizando de forma silenciosa y apacible. Entonces nieva. Y ellas tienen el poder de transformar el paisaje, de dejar estampas navideñas, de embellecer la tierra donde pisan. Inspiran en los adultos una añoranza sutil, los niños son felices y juegan en los parques y las plazas. El mundo vuelve a sonreír ante su presencia recordando que aún puede haber algo bello en el frío invierno.

 

Yo las he visto. Tal vez a muchas de ellas no las llamen con ese nombre. Quizás otros se fijarán solamente en sus defectos pero también tienen sus virtudes. Y a pesar de sus limitaciones, observo sus motivaciones y el resultado de sus actos. Para mí no cabe duda; en el fondo son estrellas.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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