Transcurría una tarde de abril poco inspirada. Mientras escribía, era consciente de la pugna que tenía con las palabras, que parecían no querer salir de mi cabeza. Pero me había empeñado en terminar mi nuevo relato para la columna “Con moraleja”, ya saben, mi sección en desafiosliterarios, donde pretendo escribir historias con una enseñanza final, algo sobre lo que reflexionar, a modo de los cuentos clásicos de antaño.

Y a un clásico recurrí para resolver mi problema de inspiración. De esa manera hice vestirse, ceñirse su armadura y salir al galope a lomos de un blanco corcel, al caballero San Jorge, con destino al lugar donde se hallara su hermosa y amada princesa en apuros.

Ya lo conocen: fuerte, valiente, impetuoso; no existía peñasco demasiado alto ni valle  suficientemente tenebroso como para hacerle desistir de su empeño. Atravesó bosques plagados de bandidos y desiertos colmados de fieras, hasta llegar a la ciudad, que se erguía sobre la colina como un bastión que en tiempos remotos debió tener mejor aspecto.

La tarde decaía cansada sobre sus habitantes, que recogían sus enseres a toda prisa. El alfarero tiraba de un carretón sin importarle que algunas jarras cayeran despedazándose en el suelo. El panadero hacía caso omiso de la harina que perdían los sacos que transportaba. Las madres apuraban a sus criaturas para que se refugiaran de inmediato en el amparo de su hogar.

Un anciano caminaba presuroso, ayudado por su fiel y gastado bastón. Pareció ser el único en distinguir al recién llegado, a quien hizo señas para que se acercase. Su rostro arrugado evidenciaba los largos años vividos y sus ojos apagados reflejaban el miedo de quien ya ha visto mucho sufrimiento. Sus labios temblaban cuando dejó salir unas palabras que conmocionaron al caballero:

— ¡Papá, ven a jugar conmigo!

Después de la sorpresa, me giré para observar el rostro sonriente de un chiquillo de nueve años.

— Ahora no puedo, Josué —respondí—. ¿Por qué no juegas tú solo?

— ¡Jo! ¡Es muy aburrido!

— Anda, ve. Que te divertirás.

Lamento la interrupción; como pueden ver, mi hijo ha entrado en el despacho y quiere que vaya… Bueno, no importa.

Como iba diciendo, el anciano habló con el caballero para darle cuenta de la situación:

— ¿Eres extranjero aquí? ¡Ven conmigo, muchacho! No es conveniente que te quedes aquí fuera esta noche, a no ser que desees encontrarte cara a cara con el mismo demonio.

El anciano lo hizo entrar en su casa, cerca de las murallas de la ciudad. Después de asegurar la puerta con una sonora vuelta al cerrojo, procedió a darle la pertinente explicación:

— Cada tres lunas aparece por esta ciudad una bestia enorme, temible, capaz de destruir todo a su paso sin dejar escombro bajo el cual refugiarse. Su apetito voraz nos dejó sin ganado y amenazaba nuestras cosechas, de tal manera que diezmaba peligrosamente a la población. Pero hallamos una forma de aplacar su ira: la bestia parecía contentarse si tan solo le ofrecíamos un sacrificio. Por tanto, al acercarse la fecha aciaga, una doncella es seleccionada por azar para ser devorada por el monstruo y salvar así al resto de los habitantes.

Indicó al caballero que se asomara por la ventana. En lo alto de la muralla, una joven de cabello claro como el sol y vestido blanco como la nieve, esperaba con aire solemne oteando el horizonte.

— La mala suerte ha querido que esta vez la escogida sea nuestra princesa —continuó diciendo—. Es muy amada por su pueblo, tanto que incluso ha recibido ofertas para ocupar su lugar frente a la bestia; pero ella ha aceptado su sino con valentía y determinación.

El caballero contempló la escena mientras se le encogía el corazón. Había vivido demasiadas batallas y visto correr demasiada sangre. Conocía la angustia del desamparado y el clamor de quienes han sufrido en su carne las injusticias. Por muy tentado que se sintiera a no hacer nada, siempre tendría en su cabeza una voz que despertaba su conciencia, como un eco lejano que le gritaba una y otra vez:

— ¡Papiiiiii!  ¡Sal afuera a jugaaaar!

— ¡Que ahora no puedo, Josué! —fue la respuesta; la mía, no la de San Jorge—. ¡Estoy ocupado con algo importante!

Lo que quiero decir es que el caballero no podía permanecer de brazos cruzados ante tal situación y salió corriendo de la casa en dirección a la muralla. Las tinieblas ya se habían esparcido como un manto que cubría los tejados. La oscuridad de la noche no podía sino presagiar el mal que se aproximaba…

— ¡Pero si hace un sol tremendo! ¡Siempre dices que, cuando hace sol, es bueno que salgamos a la calle!

No pude evitar que mis dedos golpearan mi frente, apretándola con fuerza, como si tratara de impedir que las ideas saltaran de la cabeza.

— No, Josué. Ahora es de noche. Necesito que sea de noche para dar énfasis a la historia. Es un símbolo usado como metáfora para representar el concepto de la amenaza subyacente. ¿Entiendes?

Me miró con el ceño fruncido por el hueco de la ventana.

— ¡Pero si el sol brilla una barbaridad! ¡En serio!

¡Olvidémoslo! La cuestión es que trepó por la muralla y llegó hasta donde estaba la princesa. ¡Dios mío! ¡Era más hermosa de lo que había imaginado! Su rostro, puro e inocente, reflejaba la belleza del nacimiento de una flor; sus cabellos ondulantes jugaban mecidos por el viento, como las olas del mar, reflejando la luz de las estrellas. Los ojos del caballero apenas podían contener un río de lágrimas de emoción. Cuanto más se acercaba a ella, mayor era el esfuerzo que debía realizar para que su corazón no saliera de su pecho.

“¡Boum!”

Se escuchaba un latido como un golpe seco en la pared.

“¡Boum!”

De nuevo; parecía que todo retumbaba con cada golpe. Me asomé otra vez por la ventana y grité:

— Josué, ¿qué haces?

— Estoy jugando con el balón. ¿Vienes a jugar a fútbol?

— ¡No, Josué, ya te lo he dicho! ¡Y no chutes contra la pared, que se mueve todo!

Volviendo a nuestra historia, de repente el ambiente se volvió siniestro y amenazador. Una espesa nube gris envolvió la noche dejando olor a azufre en cada rincón. Un ruido ensordecedor resonaba como insistente trueno que anuncia una tormenta. De entre la negrura aparecieron dos ojos fulgurantes como antorchas, dando paso a unas alas tan grandes como las aspas de un molino y unas garras afiladas como las espadas del mejor forjador. Su boca parecía alimentada por las brasas del infierno y sus escamas parecían tan duras como la roca de las montañas. Desde el poblado se oyó un estremecedor grito:

— ¡Una lagartijaaaa!

— ¿Qué dices?

— ¡Que he visto una lagartija! ¡Corre, ven!

Esta vez sí; con la ventana abierta, hice valer mi, hasta ahora, cuestionada autoridad y estipulé claramente los límites de mi paciencia.

— ¡Por favor, Josué! ¡Basta de interrupciones! ¡Lo que estoy haciendo es muy importante! ¡Así que deja ya de llamarme y no me molestes más!

Y entonces, por fin, desde el poblado se oyó un estremecedor grito:

— ¡El dragón! ¡Ha venido el dragón!

San Jorge se plantó frente a la bestia, mirándola fijamente a los ojos. El monstruo le devolvió la mirada, posándose junto a él en tono amenazador. Acercó su enorme hocico al rostro del caballero para observar quién era el insensato que osaba plantarle cara de aquella manera. Cada colmillo, afilado como un cuchillo, parecía capaz de desgajar las piedras como si fueran hogazas de pan. Entonces, para sorpresa de todos, el guerrero se quitó su yelmo, dejó caer su espada y se desvistió de su coraza. Levantó una mano extendida para acariciar la cabeza de la bestia. Con voz suave pero suficientemente audible para que le escuchara todo el pueblo, habló con el animal:

— No tenemos por qué hacerlo. No hace falta luchar. Ya hemos vivido egoístamente cada uno de nosotros, pensando tan solo en nosotros mismos. Es tiempo ya de que dejemos de ser enemigos. Podemos vivir en paz. No insistamos en aislarnos los unos de los otros, enfocados en nuestros propios intereses. No ignoremos la necesidad que todos tenemos de aceptación, comprensión y compañía…

— ¿Por qué no?

El caballero balbuceó, sorprendido de que el monstruo poseyera la capacidad de hablar.

— ¿Por qué no… qué?

— ¿Por qué no puedes salir a jugar conmigo?

Me volví y me di cuenta que Josué me observaba a través de la ventana con esos ojos manipuladores que solo los niños saben poner. Más cansado que enfadado, traté de contestarle con la mayor suavidad que era capaz de ofrecer:

— Ya te lo he dicho, Josué. Tengo algo importante que hacer. Estoy tratando de escribir una historia que nos hable de la importancia de las relaciones, que es mejor disfrutar de la compañía los unos de los otros y cuán fundamental resulta estar cerca de las personas que amamos; porque al fin y al cabo ese será el mejor recuerdo que conservemos cuando lleguemos a viejos. El aislamiento y la soledad solo trae desconfianza; pero en cambio, pasar tiempo juntos nos ayuda a conocernos y ser amigos. Es por eso no puedo salir a jugar contigo. ¿Lo entiendes de una vez?

Mi hijo asintió, asegurándome que no volvería a interrumpirme, y acudió de nuevo a sus juegos en el jardín. ¡Por fin parece que podré terminar la historia!

Veamos, ¿por dónde iba…? ¡Ah, sí, el dragón! El terrible animal notaba el calor de la mano apoyada sobre su hocico. Examinaba atentamente al caballero al tiempo que se hacía más lenta su respiración…

¡Míralo! Puedo ver por la ventana cómo se distrae persiguiendo una mariposa.

…La princesa, que observaba la escena con las manos apretadas contra el pecho, elevaba al cielo los versos de una inaudible plegaria…

¡Parece que ha visto un nido de hormigas! Está jugando con ellas con un palo.

…El caballero extendió la otra mano para… Bueno, para tocar… No; para saludar…

Una sensación inconsciente hizo que me removiera incómodo en el asiento. Tenía la impresión de que las musas habían chocado unas con otras, distraídas por las interrupciones de los últimos minutos.

Quisiera pedirles perdón por no poder terminar esta historia. Pero afuera tengo un niño cuyo padre tiene que aprender una lección sobre las relaciones. Lo lamento mucho y espero verles la próxima semana con un relato totalmente acabado. Muchas gracias por su comprensión.

 

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

Comments

Deja un comentario