Desde niño se había dedicado a plasmar historias sobre el papel. Sus invenciones las vertía ora escribiendo, ora dibujando, pero siempre hallaban un medio por donde salir. Este hobby lo acompañó en su crecimiento durante sus ratos libres. ¡Incluso pudo trabajar de lo que tanto le gustaba dentro del admirable arte que es narrar aventuras a través de las viñetas! Sin embargo, la vida no suele presentarse fácil a la mayoría de las criaturas, por lo que hubo de trabajar en otros campos si deseaba alimentar a su familia.

Pero no por ello dejó de crear mundos y visitarlos de tanto en tanto. Muchas veces se sentaba frente al ordenador, dispuesto a escribir regularmente cada noche; o por lo menos cuatro veces por semana, o tal vez dos. Pero si en algo fue constante fue en su inconstancia. Tomó por costumbre el desanimarse y dejarlo, urgido por las urgencias y las distracciones, que estiraban ambas en direcciones diferentes al mismo tiempo hasta casi descuartizarlo. Las historias quedaban, pues, encerradas en ese cubículo con forma de nuez al que llamamos cerebro. Imaginación no le faltaba pero, seguramente, sí motivación.

Hasta que llegó ella. Se conocían desde hace muchos años pero, salvo un par de ocasiones en que coincidieron sin apenas tiempo de saludarse, por lo menos una década les separaba de su última conversación. Por eso se sorprendió cuando recibió su misterioso mensaje: “Estoy colaborando en una página para escritores noveles donde buscan gente que se atreva a escribir un relato semanal. ¿Te apuntas?” Le pareció extraño; ¿cómo se acordaba, después de tanto tiempo, de que él era un inventor de historias, un cuentista empedernido?

Su respuesta fue negativa. Conocía la dificultad de bregar con los tentáculos del tiempo, que cual kraken hundiendo barcos también parecía poner todas las dificultades para mantener a flote su vida. El tiempo es oro, así que prefería mantener a salvo algunos lingotes, que no sabía cuándo necesitaría utilizarlos.

Aquella noche apenas pudo dormir. Y durante las siguientes, tampoco le permitió Morfeo entrar a gusto en sus dominios. Por su mente comenzaron a sucederse historias de médicos y mendigos, fábulas de tortugas y de castaños, relatos sobre personajes subiendo por escaleras infinitas, guerreros que juegan con hobbits, planetas en etapa escolar, escritores que hablan con sus letras, animales disfrazados de animales, apps que conceden deseos…

Sus pensamientos vinieron acompañados por recuerdos de ocasiones perdidas y se acordó de por qué la pintan calva a esa señora. ¡Porque si no la agarras por los pelos tiende a esfumarse y desaparecer! Las oraciones negativas del tipo “no puedo” comenzaron a transformarse en oraciones interrogativas: “¿y si…?” “¿Y si le digo que sí y les gusta a otros lo que hago?” “¿Y si pruebo a intentarlo y forjo por fin la costumbre de no detenerme escribiendo?” “¿Y si le digo que no y me arrepiento mil y una veces de someterme a una rutina que no me deja vivir mis sueños?”

Tomó el teléfono móvil para rectificar su respuesta. Y le comentó la idea que se le había ocurrido: de alguna manera emularía a los clásicos, como los hermanos Grimm, Perrault o Samaniego, escribiendo cuentos con moraleja, relatos breves e historias que tuvieran un fin didáctico, un pensamiento sobre el que reflexionar. Algo de interés docente siempre había corrido por sus venas… Así se embarcaba en una aventura de proporciones literarias para la que ya tenía título del que sería su relato de presentación: La primera corriente submarina.

Algunos que me conocen se habrán dado cuenta de que esta no es una historia de ficción. Más bien es una carta de agradecimiento. Este mes se cumplirá un año de aquella conversación y el comienzo de mi participación en desafiosliterarios.com. Por eso quiero agradecer a Enrique Brossa por la confianza que ha tenido al permitir inmiscuirme en su página con una sección entre sus columnas. También a Mati, ya mencionada, pues se trata de quien me metió en este lío; quienes la conocéis sabéis de su capacidad natural de involucrar a personas con proyectos. A todo el equipo de colaboradores y columnistas, de quienes he sentido todo su apoyo y cariño desde el principio de esta aventura; sin ellos tampoco sé si habría continuado o me habría dejado llevar una vez más por las mareas de la dejadez. Y a cada lector que alguna vez haya leído un relato mío y haya pensado algo así como: “me gusta lo que escribe”. A todos vosotros, muchas gracias.

Espero que sigamos encontrándonos en estas páginas y quién sabe si mucho más allá. Pues las oportunidades que nos presenta el destino son siempre misteriosas e impredecibles. Preparemos nuestros dedos sobre el teclado, que no se sabe cuándo puede comenzar una nueva aventura.

Un abrazo.

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

Comments

  1. Estoy muy feliz de formar parte de esta historia, pero estoy más feliz porque tu talento tiene la forma de salir al exterior. Estoy feliz porque has vencido algunos gigantes, porque vas sembrando semillas de esperanza y porque vas embelleciendo el camino dejando a la par enseñanzas útiles. Enhorabuena y vamos a por más… Un gran abrazo, Juan!!

     

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