Hola amigos lectores. Con este relato comenzamos una nueva columna en la que, con fantasía o realidad, hablaremos de arte en general, de una forma ligera y agradable, sin comprometernos a retener fechas, simplemente para recordar momentos o meternos en la camisa de algún personaje artístico. Por favor, comentad, dad vuestra opinión y ayudadme a seguir. Con vuestro permiso, hoy va de

SINDROMES
Hay muchos síndromes por ahí, es una palabra que está de moda y no me voy a poner a enumerarlos porque son por todos conocidos, pero hay uno del que sí quisiera hablar.
En 1817 Sthendhal viajaba por Italia recogiendo información para su próximo libro. Durante su estancia en Florencia, se interesó por visitar las maravillas del arte que abundan por toda la ciudad.
Extasiado ante tanta belleza, y estando en la Iglesia de la Santa Croce, su corazón se aceleró y los sudores fríos y los vértigos le obligaron a sentarse de forma inmediata.
Acababa de vivir lo que posteriormente se llamaría Síndrome de Sthendhal.
Yo sé que eso es cierto, que ocurre. Que la belleza te puede abrumar y provocarte una reacción inesperada.
La primera vez que viajé a París fue con mi hijo adolescente. Yo lo acompañaba. Se iba a quedar en la casa de un muchacho francés con el fin de hacer un intercambio cultural. Fuimos en tren. En aquel momento resultaba más barato y no pensé en las horas de viaje, solo en la ilusión que teníamos.
Yo había viajado. Me había movido. Compartía la afición con mi marido y habíamos recorrido gran parte de Europa, pero siempre dejábamos París para “otro viaje con más tiempo”.
Salimos de la estación de Austerlitch y, en el metro, nos dirigimos a la Plaza de la Concordia. Quería conocerla.
Salimos por el negro agujero a un día maravilloso y claro, como los que hacen allí antes de la llegada del verano, un poco fresco. Ya fuera, miré, vi y noté que me faltaba el aire.
Era mucho de golpe. Era todo.
Solamente la plaza me pareció espectacular pero, volviendo la cabeza a derecha e izquierda, yo, imaginación pura como he sido siempre, sentí tanto que comencé a llorar. No tenía consuelo. Mi hijo, un adolescente, no entendía. El preguntaba pero no obtenía respuestas.
Había ante mí mucho más que una plaza, era una meta, la realización de mis sueños.
Allí se mezclaban los revolucionarios frente a la Asamblea Nacional. Los hombres con puro y etiqueta en el Hotel Crillon, uno de los más importantes y lujosos del mundo; los Nenúfares de Monet, justo detrás de mí, en el Museo de L’Orangerie; la Rue Royal, con Maxim’s y sus famosos festines; las Tullerias, con sus damas encorsetadas, comentando las locuras de la Corte…
Y, enfrente, la Torre Eiffel.
También vi a Maria Antonieta, que la traían en un carromato para cortarle su linda cabecita en la guillotina instalada al efecto. Ahora, en su lugar, hay un gran obelisco, uno de los dos erigidos en el Templo de Luxor y que en 1830 el Vali de Egipto, instigado por Champolion, ofreció a Francia y que tardó más de un año en poder llegar a Paris, a causa de las dificultades que imponían sus dimensiones.
Fueron ellos, Zola, Colette, Balzac, Flauvert y tantos otros los que me lo habían contado, por eso yo lo sabía.
¡Paris! Había llegado al ombligo del mundo, l la cultura en todas sus manifestaciones.
¡Que cosa tan incierta es cuando afirmamos que conocemos un lugar cuando hemos estado allí dos o tres días y hemos visitado los monumentos más emblemáticos, e incluso también sus museos.
Se hace todo corriendo “hay que visitar. …” “no vamos a tener tiempo si no nos damos prisa…”
A los sitios que nos gustan hay que volver. No ver otros y otros sin haber saboreado los que han despertado un sentimiento en nosotros.
Hay quien dice “conozco China” y estuvo quince días ¡en China!.
Hay un “Circuito Europeo” que promete hacer un recorrido completo durante 10 días. De este viaje hay quien vuelve no sabiendo si la torre de Pisa la vió en Londres.
A mi me preguntan ¿porqué vuelves a…si ya has estado? Y yo contesto: precisamente, porque ya he estado. Me sentí bien y ahora quiero conocerlo.
De la mano de grandes amistades que hice a raiz de los intercambios de mis hijos, he conocido la verdadera ciudad, no la de la magnifica Catedral, los Campos Eliseos y toda esa impresionante colección de monumentos, que ya conocía por las postales, y visité la primera vez.
Existen en su interior pequeños barrios encantadores que quedaron ahí porque los boulevares que construyó Haussmann por orden de Napoleón III “no pasaban por allí” y no hubo necesidad de derribarlos cuando se construyeron.
También hay otros en los que, al salir del metro, ya te sientes transportado a otras culturas. Sus olores a especias, a perfumes orientales, sus vestimentas y algo que me encanta: las magnificas mujeres color miel con sus telas de fuertes colores que envuelven a ellas mismas, y a los niños que llevan grácilmente sobre su espalda ¡Qué belleza!
Hay mercados en los que he sido la única persona blanca que pululaba por allí y a nadie le ha importado, y que me han permitido conocer extrañas variedades de frutas y pescados que nunca había visto y que provienen de las provincias del continente americano o del sur de África, como la Guadalupe o La Reunión.
¿Y los sábados en el Barrio Judío? Es curioso el traje de los Rabinos, tan puestos ellos para su Día del Señor. Oh! El Marais, con su Plaza des Vosgues donde se batían en duelo los caballeros en épocas pasadas y en la que hoy, bajo sus soportales y junto al museo Victor Hugo, puedes comer manjares típicos de rechupete.
Bueno, esto no acaba aquí. Hoy no es posible seguir y seguir contando las cosas que tengo grabadas en mis retinas, porque seria demasiado para una vez. La próxima, si gustáis, con todo placer continuaré.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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