Aquella ciudad fundada por Pedro I El Grande en 1703 con la intención de convertirla en “la ventana de Rusia hacia el mundo occidental” y que sucesivamente se llamó Petrogrado y Leningrado antes de su denominación actual, siempre me había atraído y me había interesado la historia y la cultura de esa, para mí idealizada ciudad Patrimonio de la Humanidad. Ver un ballet en el Teatro Mariinsky o visitar el Hermitaje era una ilusión que había acariciado desde hacía tiempo y, por casualidad, me propusieron unirme a un viaje que organizaba la Universidad y en el que sólo quedaba una plaza. No lo pensé, dejé atrás todo, familia, trabajo y compromisos y me concentré en el evento que iba a descubrirme otro mundo. Destino: Rusia.

Esa noche que no lo era, una en la que no se encendían las farolas y en la que dentro de aquel tren de una decoración recargada era imposible dormir, me sentí tan excitada que, al igual que los otros pasajeros, salí a los pasillos del tren para reír y beber la botellita de vodka con que te obsequiaban, dándote a elegir entre ésta y una de agua del mismo tamaño. Era curioso encontrar los vecinos de todos los compartimentos en ropa de dormir charlando amigablemente, no había manera ni siquiera de dormitar en las camas litera de los compartimentos.

Desde Moscú nos dirigíamos a San Petersburgo durante una noche-día en la que se veían por la ventanilla las cúpulas con forma de cebolla de las iglesias al estilo de las que ya habíamos conocido en días anteriores. Para nosotros, gente de todas las edades, era una novedad que no se pusiera el sol y que una colorida luz de ocaso iluminara los campos. Las noches blancas ¿qué maravilla!, noches en las que en la ciudad situada más al norte del mundo están abiertos los restaurantes y los 21 puentes levadizos que se abren dando paso a los grandes barcos. Impresionada al ver las cúpulas doradas de sus iglesias rasgando un cielo multicolor, bajé del tren con los compañeros de viaje, decididos a explorar nada menos que uno de los más importantes museos del mundo: El Hermitage, y a escuchar por voz de un profesor ruso que daba clases de arquitectura en España, la historia de sus edificios y sus antiguos moradores. Fue tan interesante y tan gratificante que convencí a mi marido y amigos y, al año siguiente volvimos. Entonces fui yo quien relaté las curiosidades que había conocido y que el guía del viaje no supo o no pudo transmitirnos y con las que nuestro querido Yuri nos había premiado en esa ocasión en que, por azar, pude vivir unos días en lugares no visitados por los turistas y entrar en El Hermitage, nada menos que con entrada preferente mientras nos miraban quienes guardaban turno en una inmensa cola que yo conocí el año posterior.

Es curioso que cuando vuelves con los ojos grandes y brillantes después de ver esas cúpulas doradas y esos grandes monumentos, no puedas explicar sino las anécdotas divertidas como aquella en la que un extraño monje, con barba de decenios, me persiguiera por el jardín de un monasterio hasta que alcancé la puerta. Todo por haberme pillado fumando un cigarrillo en sus parterres. La verdad es que hay cosas que se pueden explicar y otras, francamente, no. Ah! Cumplí también el deseo de emocionarme con ese Lago de Los Cisnes, representado en el Teatro Mariinsky, según me dijeron, con uno de los mejores cisnes del mundo como protagonista en esos momentos.

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Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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