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 Yo te conozco Delia, eres mi sosias, aquella con la que me tropiezo vida tras vida, y tú me conoces amor, somos el azar que nos presiente una y otra vez en este infinito reencuentro.
Hoy, te he visto en la calle y sentí que me buscabas, que eras la misma que hace siglos juró que nuestro amor sería más fuerte que el tiempo, y así venimos desde entonces, reencontrándonos, siempre arreglando la forma de burlar al destino, encadenando coincidencias e historias que nunca culminan.
Quizás una vez fui tu maestro, o ese mercader de caravanas que transportaba especias llamado Gioliano, y tú la indómita Delia, aquella princesa que compartía el lecho con él en un caravasar del desierto. O tal vez tú fuiste Jean, y yo aquella modelo que posaba en tu estudio de la Rive Gauche, muy cerca del Sena.
Sabes que he soñado mil veces con tus labios, y tú con mi sonrisa, que siempre te he buscado, y tú me reconoces, mi amor, porque descubres ese brillo en mis ojos que solo tú reflejas. Incluso entre la multitud, te delata esa impudorosa forma de mirarme, esa apasionada insistencia tuya en hacerme sentir que más allá del tiempo me buscas, y que en tus pechos todavía duermen mis manos.
Tú me conoces Delia. Con solo cerrar los ojos podrías repetir de memoria los versos que mis labios escribieron en tu piel, recordar cada rasgo de mi cuerpo, o describir hasta el último detalle de nuestros viajes a Samarcanda, a Egipto, a Venecia…
Tú me conoces amor, grabado tienes mis deseos en tus nalgas, en tu cuello… ¿Recuerdas? Fue aquella noche ebria, una de tantas, en el París nuestro de entonces, cuando nos sorprendió aquel loco amanecer en la puerta de un diabólico local de tatuajes, cerca de la Place Vosges.

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