Heme aquí, olvidado hasta de mí mismo, entre añosos vasos de té y brillantes mesas de mármol.

Heme aquí, contemplando la vida pasar como un sueño gastado, reticente, incrustado de penurias, rodeado de todos estos viejos parroquianos que, como yo, inventan sus recuerdos entre narguilés de humeantes aromas a carbón y manzana.

Heme aquí, que es lo más cerca que puedo sentirme hoy de estar en algún sitio que no sea ninguna parte. Efímero, alejado de toda presencia, queriendo olvidar lo que la vida me arrebató sin darme explicaciones.

Heme aquí, engastado en este sillón, anónimo, viendo el mundo pasar desde un rincón del Mouseion Café, en la misma decadente Alejandría de Kavafis, demonizado escenario de sus más atropelladas ilusiones.

Heme aquí, acosado por la inalcanzable insolencia de mi personaje, vestido con el gesto ritual de ese fugaz cansancio que lo rinde a mis pies, rehén de una juventud perdida y demacrada en manoseadas ausencias, vetusto, como los desvaídos reflejos que encierran los espejos de este cafetín ignoto.

Heme aquí, desmemoriado, en plena huida, burlado por los recuerdos de tantas horas entregadas al placer y el deseo.

Heme aquí, varado en el tiempo, imaginando cómo habría cambiado mi vida si hubiera conversado con Kavafis, si hubiera podido compartir al menos, en una tarde tan nefasta como esta, la sabiduría e inmortalidad de un poeta cuando le hablan los dioses.

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