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Remedios la bella, abrió su cajita y guardó con cariño las fotografías de sus amigos, porque ella era así de primorosa, y aunque siempre supo que volaría muy alto, muy lejos, no quería perderlos de vista ni olvidarse de sus nombres y sus caras.

Sabía que allí donde iba no existía la memoria, porque ¿para qué?,  si todos eran tan importantes que tener predilecciones era innecesario.

No obstante, minuciosa y obstinada, por si acaso, atesoró en su bolsillo el estuche con los recuerdos que habían hecho su vida tan feliz. Porque Remedios la bella estaba segura de que sin ellos no habría llegado a desplegar las alas, ni habría aprendido a volar como una hermosa libélula.

Conocía el motivo de por qué le habían crecido las alas, por eso, este extraño suceso no le sorprendió, y enseguida lo aceptó con naturalidad, porque siendo como era, y sabiendo que siempre todos la esperaban, sintió que pronto podría levantar el vuelo y dominar  su técnica. Para ello había ensayado en secreto durante mucho tiempo entre las flores del jardín.

Porque no había nada que Remedios la bella no fuera capaz de hacer por sus amigos.

Y así, con su selecto tesoro escondido, majestuosa, un día se elevó por los aires, sorprendiendo a unos, admirando a otros y desconcertando a todos, que contemplaron con desconsolada nostalgia como se extraviaba libremente entre las nubes…

Remedios la bella, se vistió de magia, de ángel, de luz… y desde entonces, a veces, a media noche, entra por las chimeneas aleteando en silencio para inspirar los más altos sueños de algunos poetas solitarios.

(Para Mercedes Estévez)

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