Cuando te veo preparando el desayuno con tu pequeña camiseta y esas espléndidas nalgas al aire, no puedo evitar atraparte entre mis brazos, y contra la pared, sobre cualquier mueble, arrinconada, sentir el morbo y la desvergüenza de tu cara, que con una mirada ansiosa de desfachatez y lujuria alaba mi osadía. Es la puesta en escena de este amor fresco, rebosante de vaivenes sin fin y guiños de gozo cotidiano, es la insolencia de mis manos escudriñando tus muslos, de pie, abriéndose camino hacia la húmeda apretura de tu sexo, es mi boca erizando tu piel, conquistando tus labios, tu boca atrapando mi lengua, sorbiéndola con fuerza, como siempre te ha gustado, dejando después un reguero de chupones en mi cuello. Allí, en la cocina, como una flor perversa y hermosa dispuesta a ser olida, comida, disfrutada, untados de mantequilla y mermelada, amamantándonos de placer sobre la mesa, lamiéndonos sin piedad, fundiendo nuestros cuerpos con los aromas a tostadas y café recién hecho, el uno contra el otro, sin resquicios, desistiendo de todo, abandonados, exclusivos, dispuestos a convertirnos en el único y secreto alimento de nuestros deseos. Porque conocemos al dedillo nuestros cuerpos, desafiantes, animales, siempre dispuestos a disfrutarnos, como dioses que se adoran incondicionales a este lado del paraíso.

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