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El Cazafantasmas: Caso primero

ALONSO APARICIO

CAZAFANTASMAS A DOMICILIO

¡Hago desaparecer apariciones!

Tlf: XXX-XXX-XXX

Mail: xxx@xxx.com

Eso es lo que mis clientes podían leer en mi primera tarjeta de visita. Lo sé, era muy cutre, aunque no me avergüenzo; no tenía ni un duro y lo poco que tenía me lo gastaba en drogas. Así que, aún me quedó demasiado bien.

Quisiera advertir, antes de empezar, que mi apellido no es nombre artístico ni leches de esas. Es tan casual como un dentista que tuve que se apellidaba “de la Muela”, pero no cambiemos de tema.

Os contaré mi primer caso real, que no da miedo ni espectáculo, pero es el primero y se merece todos mis respetos.

Desde que empecé a publicitarme por internet me habían llamado dos zumbadas, un grillado y un pervertido. Los tres primeros creían tener fantasmas o alguna movida chunga vagando por sus casas. No fue así: lo tenían en sus cabezas, no en sus casas. El cuarto, bueno, mejor no hablar de él. ¡Qué asco!

Llegué a casa de la pareja que había requerido mis nobles servicios (no recuerdo como se llamaban, lo puedo buscar). Era un cuchitril de piso por el que acababan de hipotecarse de por vida. Noté mal rollito en el aire nada más entrar. Les pedí sesenta eurazos por adelantado, por si las moscas.

Como en mis inicios era bastante bocazas, daba explicaciones de todo:

—¿Ha interactuado con vosotros de alguna forma, en plan, entablar algún tipo de comunicación, contacto físico, movimiento de objetos o movidas de esas?

—¿A qué tipo de movidas te refieres?—. Dijo la chica, agarrada al brazo de su novio (diría que rondaban los treinta años, como mucho; un poco más jóvenes que yo, no mucho).

—Voces, sentirse observado en la oscuridad, dibujos en las paredes… Todo eso.

—Por ahora no, joder—. Respondió ella apresurada.

—Vale, eso es bueno. Hay dos grandes tipos de entes: los neutros y los otros. Los neutros son almas que han quedado atrapadas entre dimensiones y lo que quieren es largarse. No persiguen a la gente. Solamente hay que resolver lo que tengan pendiente o vengarse del hijoputa que se los ha cargado o cosas así.

—¿Y los otros?—Preguntó la chica, agarrando todavía más fuerte a su compañero.

—Los otros son el demoño (no es una falta de ortografía, es que me da miedo escribir su nombre correctamente. A ellos les dije “demoño” bien dicho). ¿Estáis seguros de que no ha interactuado con vosotros?

—A ver—, el chaval dudó—yo creo que no. Si nos dejas, te explicamos.

—Vale, porque si no, me largo cagando leches, ya os lo digo de entrada. A no ser que me paguéis mucha pasta. En ese caso, me trago el miedo y lo que haga falta. Jeje.

—Vemos a alguien a través del cristal—Interrumpió la señora.

—Vaya, ¿os habla u os mira?

—No—. Respondió ella mientras su novio callaba.

—Uf, menos mal. Casi salgo pitando. Vamos a un espejo.

—No ocurre en espejos—, me interrumpió él —ocurre en botellas. Al principio, no sé cómo explicarlo—. Discurrió un rato. —Al principio sólo veíamos algo raro en las botellas, pero no prestábamos atención. Una botella no deja ver claramente las cosas. Entiendes, ¿no?

—Claro, es bastante típico—. Dije sin tener ni idea.

—Un día—, explicó el marido— me fijé en una botella porque algo se movía reflejado en ella, sin que en el salón hubiera nada que se estuviera moviendo.Y la vi.

—¿Puedo decirlo, cariño?—. Interrumpió su mujer.

—¿El qué?

—Lo de que te cagaste.

—Joder, cariño, ¿era necesario?

Interrumpí:

—Eso no es asunto mío, es una reacción fisiológica normal—Dije riéndome por dentro.

—Continúo—. Zanjó el marido.—A través de la botella, se veía cómo si delante de mí hubiera una mujer pálida con unas ojeras muy marcadas. Hacía mucho que no me fumaba ningún canuto. Lo juro.

—¿Te queda maría?

—¿Perdón?—se extrañó la chica.

—Nada, déjalo. Sigue contando. ¿Qué hacía esa mujer?

—Movía la boca sin parar.

—¡Joder, te hablaba!—Interrumpí.

—No, no me miraba a mí.

—Bueno. Sigue. ¿Por qué no prendiste fuego a la casa y saliste zumbando?

Se mostraron sorprendidos y tuve que aclararlo:

—Era coña, habéis hecho bien en no quemar la casa—No era broma en absoluto.

La chica vio que nos estábamos enrollando demasiado y habló:

—Desde entonces, la estuvimos viendo reflejada o a través de las botellas de cristal de la casa y lo peor es que también vemos a un niño de unos seis o siete años con el mismo aspecto. Y no, no nos vamos porque no conseguimos vender el piso ni por la mitad de lo que nos costó.

El marido callaba.

—Lo entiendo—, dije —además, no mola dejar el marrón al siguiente, ¿verdad?—. Eché un vistazo alrededor para hacerme el interesante—. Por suerte para vosotros, el ente en cuestión es de la casa, no vuestro—. Di una palmada y me froté las manos—Bueno, si me dais una botella para ver cómo está el tema…

—No tenemos—. Me dijeron al tiempo.

—Lo entiendo—. Me froté la barba, pensativo— ¿Podría ir uno de vosotros a por una cerveza al bar de abajo?

—Se ve mejor en las botellas sin color, como las de agua o fanta—. Me dijo, el tío.

—De cerveza, por favor—Le contesté muy serio—Muy fría, a poder ser.

Bajó el chico y me quedé a solas con la chica. Uno en frente del otro. No nos dirigimos la palabra en todo el rato. Lo primero que pensé es que la titi no estaba nada mal. Luego, como el silencio era demasiado incómodo, me puse a examinar la casa haciendo ver que buscaba posibles pistas, aunque por dentro pensaba en que, por fin, mis zapatillas Nike Jordan blancas ya no estaban tan blancas y que eso les daba un toque guay. Volví a pensar en que la tía estaba bastante buena para ir en chandal y me pregunté si iría así a la calle o si era de “ir por casa”.

Por fin llegó el novio. Llevaba la botella envuelta en un papel de periódico porque le daba miedo mirarla. Antes de mirarla yo también, le pedí un abrebotellas y me la bebí de una tacada bajo la atenta mirada de la pareja.

Puse la botella entre la lámpara de techo y mi vista y no vi nada. No vi nada hasta que bajé la botella hasta mi altura y me encontré con el fantasma justo delante de mí. Creo que me dio un microinfarto cerebral del susto que me dio. Se me puso el vello de punta. Era tal y como la habían descrito. Parecía que hablaba a alguien. Me mantuve rato observando, mucho más de lo que ellos habían aguantado y vi que la mujer se echaba los brazos a la cabeza para protegerse de algo. Luego, volvía a hablar. Busqué al niño que habían dicho que también aparecía y lo vi inmóvil entre ellos dos. Me acojoné un poco porque tuve la sensación de que me miraba, pero no fue así. Preferí no decirles nada.

Ya era bastante curioso que se manifestara a través de una botella y más curioso fue observar que según cómo se colocara la botella, se les podía ver desde diferentes perspectivas (años después utilizaría este fenómeno para explicar la multidimensionalidad de los fantasmas en una conferencia).

Volví a dar una palmada y a frotarme las manos antes de decir:

—Bueno, si me dejáis un rato solo, me comunicaré con ellos a ver qué podemos hacer.

—¿Pero no has dicho que si se comunicaban con nosotros es que eran el demoño?—El colega se hizo el listo.

—El problema viene cuando son capaces de interactuar de una dimensión a otra. Lo que yo hago es colarme en la suya y hablar cara a cara—. Contesté.

—¿Y se puede saber cómo piensas hacer eso?—Preguntó la chica, algo indignada por lo rocambolesco del asunto.

—¡Yo no desvelo mis secretos!—Dije—Preguntadle a un cerrajero cómo hace para abrir las puertas, a ver a dónde os manda—. Me senté en su sofá para ver si era cómodo—. Id al cine a merendar palomitas y volved dentro de cuatro horas como mínimo.

Me hicieron caso. La verdad es que yo no confiaría mi casa a una persona como yo, pero supongo que el miedo y la necesidad te obliga a aceptar cualquier estupidez que se te proponga.

Cuando se fueron saqué de mi mochila algo que no pienso decir qué era porque ni desvelo mis secretos ni pretendo crear nuevos yonkis. Hice que aquella sustancia llegara a mi cerebro y me coloqué dulcemente…

…en plena oscuridad sin apagar las luces te transformas en cosa. Tus músculos se independizan y sus células hacen lo mismo. Te desfiguras, pero te expandes y estás allí y aquí, tumbado, pero de pie…

La vi sin necesidad de botella. Era todo tristeza sin rencor.

—¿Sabes que has muerto?—Le pregunté.

—Sé que mi cuerpo ha muerto—. Contestó.

—¿Quién os ha matado?

—Me mató aquel que juró amarme.

—¿Cómo os mató?

—Me mató golpeando cuarenta y tres veces mi cabeza con una botella de cristal.

—¿Por qué seguís aquí?

—Sigo aquí porque tengo miedo.

—¿A qué temes?

—Temo al que juró amarme. Temo que haga sufrir a mi hijo. Me iré cuando él se vaya.

—¿Quieres que tu marido muera?

—Morirá.

—¿Deseas que muera pronto?

No contestó a esa pregunta porque los fantasmas tienen una percepción del tiempo muy diferente a la de los vivos. Antes de formularle una última pregunta miré hacia mi propio cuerpo, que yacía en el sofá de mis clientes, para comprobar si había preparado en mi mano derecha la sustancia antagónica a la que me había metido.

—¿Tu hijo está vivo?—Miré con detenimiento a mi alrededor y el niño no estaba.

—Sí.

Volví a mi cuerpo, recuperé mis extremidades y me inyecté la sustancia para volver. Salí de la casa dando tumbos y me alejé todo lo que pude de allí. El tío no me lo había contado todo. Aquel niño que veían por la casa había interactuado con él de alguna manera, estaba seguro. No era un neutro, además, les estaba siguiendo y ahora sabía de mi existencia. —¡Puto mentiroso!—Me subí en la moto medio drogado y me largué de allí pitando.

Pasado un tiempo, me apiadé de la mujer fantasma. Dos semanas después fui a pillar aquella sustancia a un sucio edificio abandonado lleno de yonkis apestosos y me la metí allí mismo, tumbado en un colchón que vete tú a saber para qué lo habían estado usando. Abandoné mi cuerpo y en un instante llegué a la celda de una prisión a más de quinientos kilómetros de mí, donde estaba el  asesino de aquella pobre mujer. Estaba cagando sin ningún resentimiento. Vi el interior de su alma y tuve claro lo que debía hacer. Agarré su corazón y lo detuve. Volví a mi cuerpo y disfruté de mi colocón.

Durante mucho tiempo me he preguntado si no sería, yo, el demoño, puesto que, en forma de fantasma, puedo interactuar con las personas y sus vidas. Contesté a esa pregunta en mi último caso.

El asunto de aquel extraño niño que seguía a la pareja me estuvo jodiendo la vida hasta que se resolvió en mi caso número treinta y tres.

Continuará.

Juanjo Ferrer.

Juanjo Ferrer

Juanjo Ferrer

Soy el padre de Lucía y de Miguel. Estoy casado con Ana. Lo que más me gusta del mundo es dibujar y ahora que puedo dibujar con mi hija, me gusta mucho más. Soy realizador de TV y montador. Estudié cine en Barcelona y en La Havana. Aprendí animación 3D en Madrid y Publicidad & Relaciones Públicas en la Universidad de Tarragona. Escribo porque me siento libre y poderoso haciéndolo.
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