Era invierno. Me debió sentar mal algo, o quizás tenía remordimientos, porque aquella noche dormí fatal. Vivía en un edificio inmenso en un pueblo de veraneo. En su momento me pareció buena idea asentarme en el lugar donde me gustaba pasar las vacaciones, no caí en que cuando se acabara el verano me iba a quedar sólo en un edificio de ciento treinta viviendas. Bueno, estaba el portero, pero vivía en la otra punta del bloque y no resultaba mejor acompañante que la soledad.
Como ya he dicho, había pasado mala noche; tenía las piernas inquietas, como si necesitaran salir corriendo—jeje, tiene gracia— y tenía calor donde me tapaba y frío donde me destapaba. Así que me harté y me levanté aunque era de noche. Noche profunda, oscura y fría. —Ya me vendrá el sueño— pensé. No quise encender la luz para no despejarme, palpé mi querido batín de cuadros y me lo puse. Me lo estaba atando cuando un pitido tremendo me dio un susto terrible, busqué su procedencia con el corazón a mil y resultó ser —tonto de mi— mi propio despertador. Eran las siete y media. Me decepcionó un poco porque me gustaba eso de volver a acostarme cuando aún quedan unas horas para ir al trabajo. Fui a encender la luz de mi habitación y no se encendió, por suerte, la de la mesilla, aunque era un poco flojeras, sí lo hizo. Levanté la persiana—como alargan las noches, coño— y aún no había salido el sol. La luz del baño tampoco funcionaba, me aseé como pude, me vestí, comprobé otro reloj que tenía en la mesilla para asegurarme de que era la hora que era, porque todavía no estaba ni amaneciendo. Vi que la hora era correcta y fui al salón para coger mi maletín e irme. La luz del salón tampoco iba —se habrá fundido el diferencial de las luces de techo, qué putada— y encendí una lamparita.

El salón daba a un pasillo largo y oscuro. —¡Que recuerdos me trae ese pasillo!

Cuando me agaché para coger mi maletín vi, por el rabillo del ojo, algo que se movía al final del pasillo.

Empecé a temblar, me quedé paralizado, aterrorizado. Era una figura humana que emitía una tenue luz pero no iluminaba, su rostro era… No pude seguir mirando y bajé la vista. Justo en ese instante empezó a gritar como mil niños ardiendo y noté que se acercaba a mi. Fui incapaz de huir y, supongo que por instinto, alcé la vista. Y en el mismo momento que miraba el terrible rostro de ese espantajo, se detuvo. Era una mujer anciana con las cuencas de los ojos…—¡Dios mío, que sea una pesadilla!— Cerré los ojos y de nuevo ese terrible grito acercándose. Volví a abrirlos y se detuvo como antes; estaba, a penas, a diez metros. Las cuencas sin ojos de su cara escondían algo en su interior, algo más terrible que ella… —Me quiero rendir— me dije. Me tapé los oídos e intenté hacerme un ovillo para dejarme atrapar. Esperé a que esas manos huesudas me agarraran por el pescuezo o arañaran mi espalda, pero… —¡Esos gritos cada vez más fuertes!—. No tuve el valor necesario y levanté la vista para que se detuviera y así hizo: a un palmo de mi cara. ¿Cuánto tiempo aguantaría? Cada vez que parpadeaba parecía estar un poco más cerca. Por un momento tuve la esperanza de que si salía el sol me libraría, pero estuve contemplando el rostro de ese demonio una eternidad. Vi el interior de sus ojos, vi dentro de ella otro rostro sin ojos con otro rostro sin ojos en su interior. Contemplé el infinito en sus cuencas y, finalmente, me rendí.

Cerré los ojos, me acurruqué y esperé. Empezaron los gritos. Y cuando creía que me iban a estallar los tímpanos, se calló. Todo quedó en silencio. Pero no se había ido. La notaba muy cerca de mi, cada vez mas cerca. Se me erizó el pelo de la nuca y unos segundos después noté como esas manos heladas empezaban a agarrarme lentamente por el cuello y, bruscamente se me clavaban en la piel y me levantaban por el aire y yo gritaba como un cerdo en la matanza.

Fui consciente en todo momento de todo lo que me hizo, de lo que hizo con mis ojos, con mis pulmones y con mis vísceras. Aún hoy, sumido en las tinieblas que estoy, siento esa tortura. Sólo encuentro alivio acudiendo al mundo de los vivos y encontrando, a través de este texto, una víctima, como ella hizo, para hacerle lo mismo.

Nos vemos pronto.

Juanjo Ferrer

Juanjo Ferrer

Soy el padre de Lucía y de Miguel. Estoy casado con Ana. Lo que más me gusta del mundo es dibujar y ahora que puedo dibujar con mi hija, me gusta mucho más. Soy realizador de TV y montador. Estudié cine en Barcelona y en La Havana. Aprendí animación 3D en Madrid y Publicidad & Relaciones Públicas en la Universidad de Tarragona. Escribo porque me siento libre y poderoso haciéndolo.
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