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Ocurrió en la última era de la humanidad.

El Líder supremo nos alimenta y nada nos falta. El Líder supremo nos da cobijo y no pasamos frío. El Líder supremo sabe organizar el mundo para que todo funcione de forma correcta. El Líder supremo debe vivir por siempre. ¿Quién cuidará de nosotros si él no está? ¿Cómo puede existir carroña que quiera eliminarlo? Por suerte, pronto lograremos la inmortalidad de nuestro amado Líder. Yo, como rata traidora que soy, en absoluta posesión de mi libertad, me ofrezco voluntario sin coacción alguna, para formar parte de la expedición que encontrará y traerá a la tierra el elemento RP-55, que permitirá que la conciencia de nuestro Líder viva para siempre para cuidar de la humanidad por los siglos de los siglos. Así, mi ofensa quedará perdonada para mis descendientes, mas no para mí, que no soy digno siquiera de ser aplastado por su bota.

Me despido.

Firmado: Anciles V2525

Esa fue la carta que tuve que redactar para que mi amor y mi futura hija vivieran.

Mi gran traición fue amar a una chica que no me había sido asignada. Eriste H2882, se llamaba. En realidad no tenemos nombre. Se nos reconoce por el lugar donde nacemos, seguido de nuestro sexo y nuestro número asignado.

En un acto de grandeza y magnanimidad, nuestro Líder me permitió despedirme de Eriste H2882. Pasamos toda la noche abrazados viendo las estelas de fuego que dibujaban las naos al partir al cielo en busca de lo que yo tendría que salir a buscar al amanecer. Me preguntaba si los pilotos de aquellas embarcaciones dejaban a alguien en Tierra y me sentía desgraciado por haber amado. Yo no sabía llorar, pero Eriste H2882 lloró por los dos.

Muchas de las naos estallaban al atravesar la atmósfera por culpa da la carroña que nos bombardeaba desde lugares desconocidos. Una panda de rebeldes miserables enemigos del bien común habían logrado organizarse y armarse y estaban en contra de que nuestro Líder lograra su merecida inmortalidad. Eso hacía llorar más a Eriste H2882. Le di un collar que mi madre, Anciles H2732, me había dado en secreto. Una cadena de oro con dos extraños colgantes: uno de ellos formado por dos palos cruzados y otro, una figura de mujer sujetando un niño.

Aún no había salido el sol. Llegaron y nos separaron bruscamente. Se me dio el uniforme y se me asignó una nao.

Me recordaron que mi cuerpo, mis estudios y mi adiestramiento pertenecía al estado y que en el caso de que hallara el elemento RP-55, tenía la obligación de volver y entregar tanto el fruto de mi búsqueda como mi propio ser. Se referían a que debía entregarme para ser ejecutado.

Ya hacía más de diez años que se mandaban expediciones por aquella empresa y ninguna había regresado. Miles y miles de camaradas muertos o hibernados para siempre por un elemento teórico. Teóricamente, ese elemento podría ser capaz de sustituir al cerebro humano. Teóricamente, la mente de nuestro Líder podría transferirse a él y así burlar a la muerte y al paso del tiempo.

Entré en mi nao. Era más pequeña de lo que la recordaba en mi adiestramiento cuando era niño. Además, resultaba complicado sentarse porque la nave apuntaba al cielo y todo estaba perpendicular a mí. Comprobé diez veces que el casco estaba bien cerrado y me aseguré siete veces más de que los arneses me sujetaran correctamente. Me golpearon el casco dos veces y cerraron la puerta tras de mí. Me sentí solo. El despegue era lo más peligroso, era el momento en que más cosas podían fallar. Por otro lado, no podíamos predecir a quién iban a derribar la carroña rebelde. Oí la cuenta atrás y noté la aceleración brutal en mi cuerpo. El ruido era tremendo, todo vibraba y mi cuerpo, mi cerebro, mi estómago y mi sangre pesaban cincuenta veces más. Si lograba llegar a la exosfera dejaría de estar al alcance de los bombardeos. Ya faltaba poco. Vi un gran haz de luz a estribor y noté un impacto terrible que casi me hace perder el conocimiento. Mi nao se desvió bruscamente. Intenté enderezar la trayectoria y disminuir la velocidad excesiva, pero los mandos no respondían. Se activaron cientos de alarmas a mi alrededor. No recordaba para qué servía ninguna de ellas hasta que se activó el mensaje de voz de una:

«ACTIVACIÓN DEL PROCESO DE CRIOGENIZACIÓN EN DIEZ, NUEVE, OCHO…»

No podía creer que mi misión fracasara tan pronto. Me iban a congelar sin saber cuántos años tardarían en recuperarme. No volvería a ver a Eriste H2882. No dejé de pensar en ella mientras mi traje y toda la cabina se llenaban de agua. Era un proceso traumático porque para que empezara la congelación, el agua debía invadir los pulmones. Era lo mismo que ahogarse, con el mismo sufrimiento y la misma agonía. Retuve el rostro de mi amor en mi pensamiento y dejé que el agua entrara en mí. Sentí millones de pinchazos por todo el cuerpo y cerré los ojos sin perder de vista a Eriste H2882. Cuando volví a abrirlos tuve la sensación de que la veía a ella delante de mí, mirándome. Pero era de color azul y no era ella, claro. Era un ser diferente, como una mujer humana, pero de color azul pálido y pelo largo y amarillo. Mi nave estaba posada en un planeta extraño y alguien había levantado la cabina de mi nao. Aquel ser estaba suspendido en el aire ofreciéndome una especie de cilindro. De pronto noté que me ahogaba. Todo me resultaba confuso. Me estaba desmayando cuando la criatura me extrajo bruscamente de mi nave y me arrancó el casco. Mientras me sujetaba como si fuera un bebé de metro ochenta, alzó una mano y creó una burbuja a nuestro alrededor. Noté que volvía a respirar. Me sentí arropado y tranquilo en sus brazos. De pronto caí en la cuenta de que estaba siendo sujetado por un alienígena y me separé de ella bruscamente. Vi que estábamos en el interior de una burbuja suspendidos en el aire, pero que también estábamos, ambos, suspendidos en el interior de la burbuja. Mi nave estaba posada en el suelo de ese planeta desconocido sin evidencias de impacto. Vi que la alienígena volvía a ofrecerme un cilindro metálico. Lo miré con algo más de atención y reconocí lo que era. Era una baliza de de búsqueda de vida extraterrestre. Hacía años que ya no las mandábamos al espacio. Son cilindros con mensajes en su interior que además indican en lenguaje binario, el tiempo transcurrido desde que se lanzan hasta que se abren. Se hacía para que si el extraterrestre lograba entender nuestros números, supiera la distancia a la que nos encontrábamos. Lo cogí con cierta desconfianza y calculé las cifras binarias que indicaba el contador: 142.857. Debía de haber un error porque evidentemente hace 142.857 años no mandamos ninguna baliza al espacio. Es más, ni siquiera existía civilización. La abrí. Extraje un papel muy envejecido escrito a mano que se me quebraba en los dedos. Me extrañó porque estos cilindros se diseñaron para que su interior se conservara en perfectas condiciones. No pude creer lo que leí:

Amado Anciles V2525,

Ésta es la última carta que te escribo, pues mañana moriré al amanecer. Hace ya treinta años que te fuiste y he perdido la esperanza de volver a verte. Espero que me perdones por haberme unido a la resistencia, pero descubrí que las personas necesitamos ser libres. Hemos perdido. Cada vez somos menos y el Líder supremo cada vez es más poderoso. Encontraron el elemento RP-55. Lanzamos estas balizas en busca de ayuda. ¿Puedes creerlo? Nuestra única esperanza es que una civilización extraterrestre, que no sabemos si existe, nos ayude. Pronto no existirá humanidad. El Líder ya no necesita fuerza de trabajo humana para mantener al Estado.

Si te preguntas por tu hija, te diré que nació fuerte y preciosa en libertad. La llamé Luz. Fue valiente. La más valiente. Murió hace siete años encabezando la mayor ofensiva que ha padecido el Líder jamás. Me dijeron que no sufrió, que una esquirla atravesó su corazón. Esa batalla nos permitió seguir luchando siete años más. Mis compañeros me han apoyado mucho. Me ayudaron a lanzar estas balizas en la dirección exacta hacia la que saliste despedido. Cada día sostengo con fuerza las figuras del collar que me regalaste y pido que volvamos a vernos. Un viejo de por aquí dice que esas figuras son de una antigua religión prohibida. Está demenciado. Como todos nosotros, supongo.

Apenas recuerdo tu voz y tu rostro. No sé muy bien lo que siento por ti. Recuerdo recordar quererte y esa sensación me vale para no olvidarte.

Estamos sitiados. Esas máquinas nos han dado plazo hasta el amanecer para entregarnos. Por supuesto, no lo vamos a hacer. No me da miedo la muerte. Sujetaré con fuerza tu collar y moriré con la cabeza bien alta.

Me despido.

Firmado: Eriste H2882

Cuando acabé de leer el papel se convirtió en polvo y cayó entre mis dedos. Lo mismo que mi corazón.

—¿En qué año estamos?—. Me pregunté.

—¿Quién eres?—Le grité a aquel ser—. ¿De dónde has sacado esto?

En vez de asustarse por mis gritos, me pareció que le gustaba oír mi voz. Acercó su oído a mi boca. Como me callé, me indicó con la mano que hablara.

—¿Quién eres?— Volví a preguntarle, esta vez, sin gritar.

Sonrió y repitió:

—¿Quién eres?—. Con voz suave y femenina.

Imaginé que no me iba a responder.

Volví a mirarla. Su cuerpo desnudo de color azul estaba tatuado de arriba a abajo con marcas circulares y símbolos que no reconocía. Su pelo era de un amarillo muy intenso, casi artificial. Tenía forma y tamaño humanos, pero no era humana.

—Yo soy—. Me dijo con aquella voz

Me sorprendió porque creía que no sabía hablar.

—¿Quién eres?— le volví a preguntar para que acabara la frase.

—Yo soy—. Me respondió extrañada.

Desistí y le pregunté otra cosa.

—¿Dónde has encontrado esta baliza?

Movió los labios como si le costara sacar las palabras a través de ellos.

—No me acuerdo—. Dijo algo sorprendida.

—¿Conoces el planeta Tierra?—. Le pregunté aparentando paciencia.

Dudó como si estuviera recuperando viejos recuerdos.

—Sí—. Me dijo alegremente por haberse acordado.

—Cómo sabrías mi idioma si no—. Murmuré—Necesito arreglar mi nao para volver. Tiene el combustible y las placas solares sin estrenar. ¿Me puedes acercar?

Dirigía la esfera en la que estábamos a voluntad. La llevó hasta mi vehículo, haciendo que la parte de la cabina de éste entrara en nuestra burbuja como si se tratara de una pompa de jabón.

Me puse a revisar el cuadro de mandos. Todo estaba intacto, pero viejo. Los vértices y los salientes del fuselaje estaban pulidos como cantos rodados y sin color. Saqué un rudimentario reloj de la caja de herramientas que solíamos utilizar para calcular desfases debidos a la relatividad. Funcionaba con energía solar. En cuanto recibió la radiación lumínica de la estrella que orbitábamos, se encendió. La fecha era incongruente. Tenía un límite de años para mostrar, así que no me servía para ver en qué año estaba porque podría haber dado la vuelta al contador varias veces. Además, el segundero ni siquiera avanzaba. Puede que la fecha de la baliza fuera cierta. No podía pensar en ello porque sentía que me iba a volver loco. Intenté entablar una conversación con la criatura:

—¿Cómo te llamas?— Pensé que debí haber empezado por ahí.

Dudó un rato. Con la expresión de su rostro entendí que no lo sabía.

—¿No lo sabes?—Le pregunté con la intención de que me diera algo más de información

Balbuceó un poco como si estuviera a punto de decirlo:

—He tenido nombre—dijo extrañada—pero no me acuerdo.

—¿Llevas mucho tiempo sola en este planeta?—sentí lástima

Por su gesto entendí que se extrañaba por mi pregunta y me respondió:

—No conozco este planeta.

Dejé lo que estaba haciendo.

—¿No vives aquí?—Le pregunté extrañado.

—No. He venido contigo.

—No necesito bromas ahora mismo. En la cabina sólo cabe uno.

Empecé a enfadarme. Estaba claro que no quería contarme nada y que me las tendría que apañar yo solo. Fui a ver la parte donde la nao había recibido el impacto y al saltar del asiento reventé la burbuja con la suela de mi bota. Noté un intenso escozor repentino en ojos y garganta, como si estuviera respirando amoníaco. Empecé a asfixiarme. Hacía muchísimo calor. Ella se asustó y flotó rápidamente hasta mi lado, alzó los brazos y apareció otra esfera como la de antes que me envolvió y me hizo recuperar el aliento. Tuve que reconocer que estaba indefenso sin ella y agradecí que hubiera aparecido.

—Perdona por haberte hablado mal. Te debo la vida. Estoy desorientado. Todavía no entiendo qué ha pasado.

—Yo tampoco—. Dijo un poco triste.

—Parece que vamos a tener que ayudarnos mutuamente a entender.

—Parece—. Contestó sonriendo.

—Yo recuerdo que me interceptaron al salir de mi planeta. Nada más.— Le expliqué con la esperanza de que entablando un diálogo llegáramos a alguna conclusión. —¿Tú qué recuerdas?

—A ti.

—A lo mejor mi nao te arrolló al entrar en este planeta y perdiste la memoria—. Mientras lo decía me estaba dando cuenta de lo estúpido e improbable que estaba sonando.

—No. Lo último que recuerdo es estar contigo. Tu rostro triste en el hielo. Sabía que quería darte aquello, pero no recuerdo por qué.

—¿Pero estabas conmigo en la cabina?

—Yo estaba fuera.

—¿Cuánto tiempo has estado?—. Le pregunté temiendo la respuesta.

—¡No lo sé!—le estaba costando mucho esfuerzo responderme—. Creo que he estado siempre ahí.

—¡Pero tienes que venir de algún lugar! Hablas mi idioma, conoces la Tierra, haces estas esferas,…— Empezaba a desesperarme.

—Sí, sí—parecía que iba a empezar a llorar—sé que había algo antes, pero no lo recuerdo. Te recuerdo a ti y lo que vi estando contigo. Las galaxias. Vi morir estrellas. Vi rocas. Vi la nada. Vi colores. Pero no vi un planeta en el que pudiera posar tu nave hasta ahora. Sé que quería darte eso, pero no recuerdo por qué.

—Si has pasado conmigo todo el tiempo que indica la baliza, has tenido mucho tiempo para olvidar.— Me invadió una profunda tristeza—. Siento que hayas pasado por eso por mi culpa. Eres un ser inexplicable.

Había empezado a aceptar la hipótesis de que la fecha de la baliza fuera correcta. En tal caso, era imposible regresar a la tierra. Estaba demasiado lejos. Aunque a lo mejor estaba soñando. Al fin y al cabo hacía a penas unos minutos que estaba en la Tierra. —Debo de estar aturdido por el impacto, supongo que ya despertaré en algún momento—, creo que dije en voz alta.

Me metí en la cabina, me puse el casco—sólo tengo que esperar un poco— y me acomodé. Aquel ser me miraba desde fuera sorprendida.

—¡Pronto despertaré!— Grité a través del casco— ¡Encantado de haberte imaginado!

Se me empañó la visera y me moría de calor. No tardé mucho en aceptar la realidad. Me quité el casco y salí del compartimento.

—Me llamo Anciles V2525

—Anciles, Me gusta—contestó sonriendo

—Anciles V2525—Le corregí,—“Anciles” a secas hay muchos.

—Ya no—. Aclaró.

—Es verdad— reconocí.—Necesito un poco de tiempo para aceptarlo.

Asintió suavemente.

—¿Y ahora qué hacemos?—Dije un poco derrotado.

Ella no respondió. Me miró esperando que yo respondiera a mi propia pregunta.

—Yo no puedo volver a la Tierra. Moriría de viejo antes de haber recorrido una millonésima parte de la distancia. O de sed a los tres días. Lo que me recuerda que tengo que buscar agua antes de que se me acabe la de la nave. Los humanos aguantamos tres días sin agua y tres semanas sin comida.

Vi que me escuchaba con atención.

—Pero no tienes ni idea de lo que es un día porque no eres de la Tierra.

Metí la mano en el bolsillo para sacar el reloj y explicarle cómo mediamos el tiempo y noté que no lo tenía. Se me debió caer al suelo cuando intentaba bajarme de la nao. Me acerqué para alcanzarlo y vi que el segundero ya funcionaba. Atravesé la burbuja con la mano y lo cogí.

—Ves, —le acerqué el reloj para que lo viera de cerca— el número que avanza es un segundo. Un día son 86.400 segundos, ¿entiendes? Un año son…

—No se mueve—me interrumpió

Lo miré extrañado. Efectivamente, no se movía. Le di unos golpes y lo puse para que le diera la luz, pero no avanzaba. Lo saqué fuera de la esfera para comprobar una idea absurda que se me había ocurrido. El segundero anduvo de nuevo. Volví a meterlo en la esfera y se paró. Ella me miraba alegre.

—Conclusión:— le dije con la sonrisa del que se está volviendo loco— puedo volver a la Tierra. Sólo necesito una eternidad. Si evito salir de esta esfera más de 259.200 segundos, no moriré de sed en los miles de años que nos va costar llegar. Qué locura.

Ya podíamos llevarnos bien.

Despegamos sin mirar atrás.

¿Quién era aquel ser? ¿Por qué cuidaba de mí? ¿Por qué estaba dispuesta a pasar otra eternidad conmigo para llevarme a la Tierra? Es lo que me pregunté los primeros cien años que pasé a su lado. Tuvimos mucho tiempo para hablar. Ella recuperó fluidez en sus palabras y yo acepté mi realidad. La verdad es que no fue el infierno que creía que iba a ser. Quizás, el hecho de que el tiempo no avanzara dentro de esa burbuja hacía que no nos cansáramos el uno del otro. Cada cierto tiempo nos obligábamos a recordar por qué hacíamos lo que hacíamos. Yo, como no quería olvidar a Eriste H2882, intentaba recordar su rostro periódicamente, sus detalles.

Durante trescientos años tuvimos una galaxia preciosa a la vista. Rotando y cambiando de forma y color a miles de años luz de nosotros. Durante trescientos años iluminó el rostro de aquel ser al que llamé Edelweiss. —Recuerdo haber encontrado una flor entre la nieve durante un adiestramiento—Le expliqué—Nunca había visto una y nunca volví a verla. Pensé que ya había estado cien veces más con Edelweiss que con Eriste H. Me sentí culpable porque la estaba olvidando y no me importaba porque estaba con quien quería estar. Ya no recordaba el número de Eriste. No tardé en olvidar el nombre de aquella persona que lloró por mí. Pero me sentía afortunado estando con Edelweiss. La eternidad se me antojaba corta si en algún momento tenía que separarme de ella. Me hacía mucha gracia que ella no se viera a sí misma de color azul y ella se reía de mí porque lo que más me preocupaba era que llevaba los mismos calzoncillos desde hacía mil años.

Vi como una roca entraba en la esfera y atravesaba el pecho de Edelweiss sin poder evitarlo. La burbuja desapareció y quedamos flotando en la inmensidad del espacio. Quedé expuesto al tiempo y al vacío. Me picaba todo el cuerpo, sobretodo los ojos, y empecé a congelarme. Me daba igual, no quería vivir sin ella. Flotaba inerte a cientos de metros de mí. Me despedí de ella y empecé a morir sin miedo. Recuperé una pequeña chispa de vida al ver que se movía y se acercaba a mí extendiendo su mano. Con mucho esfuerzo extendí también la mía todo lo que pude. —Te necesito para vivir—. Le dije en mi mente. Nuestros dedos estaban a punto de tocarse cuando vi algo en la palma de su mano. Nos tocamos y una esfera nos rodeó de nuevo. Me abrazó para hacerme entrar en calor. Me costó mucho recuperarme, pero cuando lo hice tomé su mano y la abrí con delicadeza.—¿Por qué no lo había visto hasta ahora?— Por primera vez en mi larga vida lágrimas rebosaron mis párpados. Empecé a recordar su nombre, su voz, su rostro, su hija, nuestra despedida y la última carta que me escribió, dónde decía que iba a morir sujetando las figuras del collar que le regalé al irme. La suave palma de la mano de Edelweiss tenía tatuadas a fuego las formas del collar: una cruz y la mujer sosteniendo un bebé.

Ella también empezó a recordar.

—Nos exterminaron como a una plaga—dijo llorando—Estaba a punto de mandar la baliza. Primero las balas nos atravesaron el cuerpo y luego nos quemaron como a nido de avispas. Se me fundió tu collar en la mano. Pero no fue el fin.

La abracé fuerte. Siguió contando y llorando en mi pecho:

—Oí un ruido terrible que venía de todas partes, como de trompetas y gritos. El mundo entero gritó y yo no pude gritar porque era sólo cenizas. Y resurgí y Él me dijo que fuera a buscarte—dejó de llorar— y te encontré en tu nave congelado y no pude hacer nada para liberarte.

—Y estuviste a mi lado siempre.

Nos besamos después de miles y miles de años y sentí que estaba el cochambroso sofá de su casa perpetrando el terrible delito de amarnos sin servir al bien común.

Nos hubiéramos quedado así para siempre, pero teníamos la sensación de que yo debía volver a la Tierra. No sé si tardamos miles o cientos de años, se me hizo corto a su lado. Llegamos y nuestro planeta ya no era azul. El color del hierro oxidado lo cubría absolutamente todo, incluso los océanos. Entramos en la atmósfera. Se oía un ruido extraño que no conseguíamos reconocer. Llegamos al suelo. Todo era metal. Metal oxidado y sucio. Salimos de la burbuja, pero el reloj seguía sin avanzar. ¡Y aquel ruido constante que parecía venir de todo el planeta! Era escalofriante, era un lamento de dolor continuo. El planeta entero gritaba de dolor. —No tendríamos que haber vuelto— le dije a Edelweiss.

Tras mis palabras los lamentos cesaron.

Bajo nuestros pies, cientos de elementos metálicos y plásticos empezaron a ensamblarse y a unirse entre sí. En pocos segundos, una cámara y un altavoz grotescos se habían autocreado delante de nosotros. La cámara nos enfocó y tras unos segundos el altavoz empezó a emitir un sonido parecido a una voz:

—Camaradas.—Dijo una voz lamentosa y llena de sufrimiento.—Os ordeno que busquéis la forma de matarme.

Sentí miedo y nos dimos la mano. Aunque nos movíamos, la cámara no dejaba de enfocarnos.

—Camaradas, responded.

—¡Has extinguido la vida en el planeta!—le grité con desprecio.

—No—dijo entre lamentos—se levantaron y se fueron con Él.

—¿De qué estás hablando?— le grité

—Dice la verdad—me interrumpió Edelweiss

—¡Me dejó aquí!—Lloró el Líder Supremo—¡Me dejó aquí!—Al tiempo que gritaba se autoensambló en una garra gigante amenazante.—¡No puedo dejar de crecer!—Aparecieron más garras metálicas a nuestro alrededor—¡Siento dolor en cada milímetro de mi cuerpo!—Lloraba desconsolado—¡Yo que cuidé de la humanidad tanto tiempo! ¡Yo que eduqué y discipliné a sus hijos!—Parecía que el altavoz iba a romperse con sus gritos.—¡Yo también soy su hijo! ¡Soy el más grande de sus hijos y me abandona!

—Quizás no se te lleva por lo grande que eres.

Esas fueron mis últimas palabras como vivo. Me destrozó con una de esas garras. Al poco tiempo resurgí de mis restos en carne y hueso y Él se me llevó, junto a Edelweiss, con los demás a un lugar mejor que no puede ser explicado con palabras.

Desde allí vemos como el ciclo de la humanidad surge una y otra vez, desde la primera molécula orgánica hasta que alguien demasiado grande la destruye.

Supongo que debo ser de color azul, aunque yo no me veo azul.

Me despido.

 

 

Juanjo Ferrer

 

Juanjo Ferrer

Juanjo Ferrer

Soy el padre de Lucía y de Miguel. Estoy casado con Ana. Lo que más me gusta del mundo es dibujar y ahora que puedo dibujar con mi hija, me gusta mucho más. Soy realizador de TV y montador. Estudié cine en Barcelona y en La Havana. Aprendí animación 3D en Madrid y Publicidad & Relaciones Públicas en la Universidad de Tarragona. Escribo porque me siento libre y poderoso haciéndolo.
Juanjo Ferrer

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