Yo creía haber tenido una infancia feliz, o al menos, normal; el colegio, mis compañeros de clase, jugar, los veranos correteando por el monte… Soy el pequeño de dos hermanos, nos llevamos diez años y esa diferencia de edad no ayudó a facilitar el acercamiento entre dos caracteres, de por sí, muy distintos. Él, tan parecido a mi padre, serio y reservado, y yo, una reproducción del talante alegre de mi madre. Ni siquiera teníamos similitud a nivel físico, una copia de Zipi y Zape.
Un día al llegar de la escuela, encontré a mi madre con los ojos perdidos en las llamas del fuego de la chimenea del salón. El invierno había llegado temprano ese año y la nieve cubría los tejados del pueblo. Esa noche para cenar solo había tres platos en la mesa. En el lugar que ocupaba mi padre no había nada. Comprendí entonces la aflicción que mi madre mostraba a media tarde. Mi padre no volvió a sentarse nunca más a la mesa.
Desde aquel día mi hermano se encerró en sí mismo aún más, si cabe. Ese año acabó los estudios y decidió alistarse voluntario al servicio militar. Creo que quiso desaparecer. Alejarse cuanto antes del ambiente rural, de este pueblo perdido en las montañas, de sus rústicas gentes, pero, sobre todo, quería distanciarse de su familia.
El día de su marcha, le esperé en el quicio de la puerta de la entrada. A pesar de no congeniar, no quería que se fuese.
—Ahora que papá no está, mamá nos necesita más que nunca, Fede.
—Todavía eres muy joven para entender ciertas cosas, Juanito —dijo desde las escaleras del porche—. Mamá no me añorará, como tampoco añora a papá.
—¿Por qué dices eso? Mamá se quedó muy triste cuando papá se marchó.
—¿Tú, la viste llorar?
Me quedé inmóvil ante su pregunta. Ciertamente no derramó ni una lágrima, aunque sí oía que se quejaba por las noches.
—¿Y qué pasa conmigo?
Mi hermano mayor se me acercó y me rodeó con sus brazos en un fuerte abrazo.
—No dudes nunca que te quiero. Pase lo que pase, soy y seré siempre tu hermano. Me voy de esta casa, pero no te abandono— me dijo al oído.
Palabras que entendí a medias, la verdad, y en cada intento de análisis, más confusión me creaban.
Mamá no comentó su marcha ese día ni los posteriores. No sé porqué, pero yo tampoco lo hice. El tío Julio empezó a ayudarme con los animales de la cuadra. Decía que el verano era para ir al río a bañarse con los amigos, que todavía no era tiempo de asumir responsabilidades tan grandes. Lo de los amigos, lo entendía, pero lo de “asumir responsabilidades tan grandes”, no acaba de descifrarlo. A veces me parecía que los mayores hablaban otro idioma. Yo le miraba, asentía y continuaba con mis labores.
Pasaron tres años y Fede volvió una noche. Nos encontró cenando. Las risas de la conversación en la que estábamos enfrascados cesaron cuando irrumpió en la sala. Tardamos dos segundos en reaccionar. Mamá se puso seria, aunque sus ojos mostraban alegría. Yo grité su nombre por la sorpresa. El tío Julio se levantó y fue a su encuentro para estrecharle la mano.

 

 

Verónica Fabra Godó

Me gusta la idea de que el camino se hace al caminar y por ello pienso que no hay que tener miedo a lo nuevo. Los cambios nos hacen mantener la mente despierta, sana, ágil para afrontar con ilusión aquello que la vida nos tenga asignado.

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