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Hacía mucho tiempo que no me encontraba tan bien como me siento hoy. No sé qué ocurrió la noche pasada, una pesada amnesia recae sobre mí haciendo que haya pasado por alto varias horas de mi vida, en las que, según parece, algo maravilloso debió ocurrir para que hoy me sienta con esta absoluta calma interior que recorre cada uno de los rincones de mi mente.
Recuerdo que salí a tomar algo con mis amigas, las de siempre, y que lo estábamos pasando fenomenal mientras picábamos unas raciones en un bar no demasiado concurrido. El pobre camarero no era de los más avispados que habíamos conocido y la diversión fue notable a su costa. En un momento dado, antes de pedir los cafés, salí a la calle a fumar. Ninguna más de mis amigas lo hace, así que me dirigí sola al exterior del local.
Hacía frío y de mi boca exhalaba, junto a las bocanadas de humo del cigarrillo, un vapor más denso que pulsaba contra aquellas para imponerse. Una de aquellas volutas de humo, vapor o lo que quiera que fuese, regresó hacia mí y se adentró en mi cuerpo aprovechando un momento en el que mantenía mi boca abierta, mientras intentaba aportar a mis manos un poco de calor. Es a partir de aquel momento cuando no recuerdo nada. Y cuando digo nada, quiero decir nada de nada.
Esta mañana me he despertado en mi cama con esta agradable sensación en el cuerpo. Mi mente, siempre voluble, se encuentra serena a un nivel desconocido para mí. Parezco gravitar por mi habitación. Me guío por impulsos. Provienen de mi interior, como si mi cuerpo fuese una simple marioneta entre sus manos. Ellos son los que me guían hasta el armario y deciden que elija el vestido blanco, ese que jamás me pongo porque me recuerda a una niña ñoña. A saber quién me lo regalaría, pero desde luego que yo no lo compré. Por impulso también me coloco unos pantis también blancos, creo recordar que pertenecientes a algún disfraz de enfermera que he utilizado en alguna ocasión.
Siempre llevo el pelo recogido en una coleta alta porque me encuentro más cómoda, sobre todo los fines de semana, como es el caso. Pero hoy estos impulsos me llevan a dejar mi negra melena suelta y a cepillármela con calma cientos de veces. Parece como si estuviera preparándome para una cita especial, pero no tengo ni idea de para qué. Lejos de alterarme, con el cuerpo y la mente totalmente relajados, solo me dejo guiar.
Mis pasos se dirigen sin necesidad de indicarles el rumbo hacia las afueras de la cuidad. Poco a poco van dejando el asfalto para internarse por caminos poco transitados de tierra. Conozco el camino que han tomado, sé exactamente hacia dónde voy, pero ¿por qué? Una vez más, ante mi impotencia para encontrar una respuesta, me dejo llevar. Siento como si mis zapatos caminasen solos, alejándose más y más de la cuidad y de la gente. Ya no hay nadie en mi rededor, solo la callada naturaleza sin apenas vida de los alrededores cercanos a la gran ciudad.
Llego a mi destino sin apenas darme cuenta. Frente a mí se alza, misteriosa, la construcción en ladrillo de aquella iglesia abandonada, sin resto de símbolo cristiano alguno. Varios escalones conducen a su entrada y mis pasos los suben con ligero cuidado, como si tratasen de realizar el mínimo ruido posible. Una vez arriba, mi cuerpo se gira, contemplando el infinito que se extiende ante mí. Mis brazos se alzan solos a ambos lados de mi cuerpo, como si quisieran formar una cruz pero sin llegar a hacerlo. Mis ojos se cierran con cuidado.
Es entonces cuando comienzo a notar en mi tranquilo cuerpo, que poco a poco parece ir volviéndose de porcelana, cómo mis pies comienzan a separarse del suelo. Mi corporeidad inicia una ascensión ligera, pausada, agradable. Me siento tan bien que solo dejo fluir el momento. Y continúo ascendiendo. Abro los ojos en el último momento, justo a tiempo para ver el titular de un periódico abandonado sobre el suelo que juraría que no estaba allí cuando llegué al lugar. El titular reza: «Joven hallada muerta en las afueras de un conocido bar de la capital». Junto a aquellas letras, mi rostro.
Y continúo ascendiendo, ascendiendo… Siento tanta paz…

Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...

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